Los cerezos de Central Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

No pudo seguir explicando las bondades de su negocio, pues una voz se alzó sobre el barullo y el nombre que gritó los obligó a girar la cabeza.

—¡Victoria!

Cuando esta reconoció a su dueño, sonrió.

—¡John!

Él esquivó a los pasajeros hasta llegar a ellas y apenas se había quitado el sombrero cuando Victoria se lanzó a él. Su abrazo aplazado desde hacía años se deshizo de cualquier protocolo y se prolongó hasta que estuvieron saciados del otro.

—Sigues siendo mi prima favorita —le dijo él.

Ella sonrió. Hacía años que habían descubierto que no existía ningún parentesco de sangre entre ellos, por más que hubieran crecido pensando que eran primos.

Owen dedujo que estaba de más en aquella bienvenida y procedió a despedirse de la familia.

—Yo ya me marcho. Espero que nos volvamos a ver.

—Espere —lo retuvo Victoria, mientras mantenía a John agarrado del brazo—, quiero presentarle al hermano de Elisabeth, John Lowell, el dueño de los almacenes Lowell de Boston y de los futuros mejores almacenes de Nueva York.

Él es Phoenix Owen —dijo, dirigiéndose a John—, un amable neoyorquino, dueño de un restaurante, que nos ha hecho compañía en el viaje.

—No es cierto del todo: aunque llevo aquí media vida, también soy inglés —contestó este, tendiendo la mano a John—. Encantado, señor Lowell. Me han hablado de usted.

—Espero que bien.

—No se preocupe por eso, estas damas tan encantadoras lo han hecho. Debería contratarlas como relaciones públicas para su negocio, serían las mejores. Si me disculpan…

Hizo un ademán con el sombrero y comenzó a caminar, seguido por la silenciosa Louise. Cuando Owen se perdió entre el gentío, John se volvió hacia su hermana. Solo se atrevió a agarrarle las manos, entre ellos no existía la misma confianza que tenía con Victoria.

—Me alegro mucho de que decidieras venir. ¿Cómo estás?

Elisabeth le sonrió con dulzura. La franqueza y transparencia que transmitían sus ojos hizo que se sintiera cómoda de inmediato. Notó que en el tiempo que hacía que no se veían se había asentado en él el atractivo físico de la madurez y que se parecía de manera asombrosa a su padre.

—Cada día mejor, aunque confieso que aturdida por tantas novedades. Gracias por tu hospitalidad.

—No tienes que dármelas.

John entregó algunas monedas más a dos chicos para que trasladasen el equipaje hasta los dos coches que esperaban al otro lado de la calle. Apenas había terminado de darles instrucciones, cuando sintió que alguien tiraba de su chaqueta.

—¡Dios mío, Evan! ¡Cómo has crecido! No te hubiera reconocido de no haber venido con tu madre.

Abrazó al niño, que tardó casi más que su madre en soltarse de los brazos de John.

Victoria había alentado el contacto entre ellos, no quería que Evan se olvidase jamás del hombre al que debía su vida.

Por eso ambos se escribían cartas desde que Evan aprendió a hacerlo y el niño lo tenía idolatrado.

Cuando se separaron, John volteó la cabeza varias veces.

—¿Y mi sobrina?

Todos miraron a su alrededor. Lo que hasta ese momento había sido un feliz reencuentro se tornó distinto, pues no había rastro de la niña.

Parecía que a Catherine se la había tragado el gentío del puerto de Nueva York.

Sábado, 19 de noviembre de 1921

Nueva York

Veinte minutos después de que se percataran de que Cath no estaba, seguían sin localizarla.

Victoria y John se h abían marchado a inspeccionar el muelle, cada uno en una dirección, y a Elisabeth le pidieron que no se moviera del punto donde la habían visto por última vez por si regresaba.

En la angustiosa espera, la sola idea de perder a su hija se convirtió en una aguda aflicción en el pecho de Elisabeth, un nudo que a duras penas dejaba pasar el aire a sus pulmones.

Las sensaciones que habían sepultado su ánimo tras la pérdida de su hijo regresaron, desandando el escaso camino que había recorrido hacia su recuperación.

Como aquel día en el que Richard se fue, le temblaba cada fragmento de su ser, pero había una angustiosa novedad de la que acababa de ser consciente.

El sufrimiento por la pérdida de un hijo no era la peor experiencia del mundo, en eso estaba equivocada.

Había algo más terrible que acababa de comprender: perderlos a los dos era infinitamente más insoportable.

Cada uno de aquellos eternos minutos, se maldijo en silencio por haber abandonado la humilde casa de Chignall, donde su pequeña vivía a salvo de multitudes que la engulleran.

—No llores —le dijo Evan, al que mantenía aferrado de la mano—. La encontrarán, ya lo verás.

Ni siquiera se había dado cuenta de que tenía el rostro inundado por las lágrimas. Apretó con fuerza la mano del niño buscando asirse a él para no desfallecer del todo.

Ian Brennan llevaba varias horas en el puerto de Nueva York.

Había llegado con tiempo para tomar unas imágenes de la compañía de teatro e ilusionismo de Henry Howard, que viajaba en el Aurore, pero aquellos malditos trámites aduaneros parecía que se estaban eternizando.

Los artistas, a los que podría reconocer porque en el periódico le habían mostrado fotografías de la compañía, no aparecían por la puerta del muelle y él empezaba a impacientarse.

Por matar el tiempo, encendió el cuarto cigarro de la mañana, se recostó contra la pared y siguió observando a la gente cargada de maletas que llegaba a la ciudad.

No sentía envidia por ellos. Pensaba que tantos días encerrado en un barco en medio del mar tenía que ser un completo aburrimiento y se alegraba por no tener ninguna razón para embarcarse en un viaje de aquellas dimensiones.

El alegre parloteo de un gran número de personas que parecían llegar juntas le hizo tirar el cigarro, pues reconoció sus rostros.

Se aproximó a ellos y se presentó como el fotógrafo de The New York Times .

Al terminar, emitió un suspiro de alivio: tenía una cita con una espectacular pelirroja con la que había quedado para tomar un café y quería proponerle que lo acompañara con algo más delicioso en la intimidad de su apartamento.

Quizá, si se daba prisa, aún siguiera esperándolo.

Recogía la cámara para marcharse, cuando a su lado pasó un hombre de mediana edad. Lo reconoció como uno de esos nuevos ricos que acudían a grandes fiestas a las que el periódico lo enviaba para dejar constancia gráfica de ellas, aunque no recordaba su nombre ni dónde lo había visto.

—Te alojarás en un apartamento con una amiga mía y me esperarás allí. Antes, tengo que hablar con alguien para conseguirte un trabajo —le decía a la muchacha que caminaba a su lado.

La joven asintió sin entusiasmo y a Ian se le quedaron grabados sus ojos tristes, que por un instante tropezaron con los suyos.

No parecía muy contenta por la oferta de empleo de aquel tipo elegante.

Ambos, la muchacha y el caballero, se dirigieron a un coche de alquiler de los que esperaban en aquella zona de la calle y el fotógrafo dejó de mirarlos.

Al girar la cabeza, vio a una niña que caminaba a unos pasos de ellos.

Cuando los vio subirse en el coche de alquiler y partir, la pequeña comenzó a llorar desconsolada.

Ian miró en todas direcciones, buscando algún otro adulto que pudiera acompañar a la niña, pero no había nadie preocupado por ella.

Enseguida se percató de que estaba perdida.

Se acercó a ella.

—Eh, pequeña —le dijo con suavidad para no asustarla—, ¿dónde están tus padres?

La niña no acertó a contestar; sollozaba y se deshacía en lágrimas.

Ian se agachó a su lado y recogió una de ellas de su mejilla con el pulgar, mientras le susurraba con cariño que se tranquilizase.

Después, se puso en pie, la agarró de la mano y miró a su alrededor.

Tenía que haber alguien buscándola; iba bien vestida, no era una criatura harapienta de las que muchas veces pululaban por el puerto solas.

Habría unos padres desesperados en alguna parte.

Se imaginó, por un instante, que su sobrino Luke se perdiera y un escalofrío recorrió su columna.

Supo, sin ninguna duda, que había alguien en esos momentos aterrorizado por no encontrarla.

—Tranquila, yo te ayudaré. ¿Cómo te llamas?

La pequeña gimió sin contestar, agarrándose con más fuerza a la mano de Ian.

Este le entregó su pañuelo para que se limpiase las lágrimas y se agachó para hablarle a su altura: se iba a encargar de preguntar a todo el mundo hasta que encontrasen a su familia.

La niña asintió y él se puso en pie, mirando a su alrededor por si localizaba a alguien que pareciera desesperado.

No hubo suerte, pero a quienes sí vio fue a dos policías; estaba a punto de pedirles ayuda cuando, a unos pocos metros, la imagen de una mujer envuelta en lágrimas, con un niño de la mano, llamó su atención.

—¿Es ella tu madre? —le preguntó a la pequeña.

La niña volvió la cabeza hacia donde él le señalaba y su sonrisa fue la respuesta que Ian necesitaba.

Sin soltarla, la llevó con ella. Elisabeth estaba tan confusa que tardó en percatarse de que había un joven parado a su lado, hablándole.

Agarrada de su mano estaba Cath, que enseguida se soltó y se lanzó a abrazarla por las piernas.

—¡Dios mío! ¡Catherine! ¿Dónde te habías metido?

—Así que te llamas Catherine —le dijo Ian a la niña.

—¡Muchas gracias! ¡Gracias por traérmela!

—No me las dé, es lo mínimo que podía hacer —contestó él.

—¿Dónde estabas? —le preguntó Elisabeth a Cath.

—Creía que íbamos con el señor Owen y yo… —dijo esta, envuelta en llanto.

La niña había seguido al empresario, confundiéndolo con alguien que los acompañaba en el viaje.

—No vuelvas a darme otro susto así, ¿me entiendes?

El tono de su voz fue más severo de lo que pretendía y Cath compuso un puchero.

—Sí, mamá.

—No la regañe —intervino Ian, que no se había movido de su lado—, es muy fácil perderse con toda esta gente y al final no ha pasado nada.