Los cerezos de Central Capítulo 5
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Capítulo 5

Nueva York

A media mañana, el Aurore encaró la desembocadura del Hudson para arribar en el puerto de Nueva York. Los pasajeros, expectantes ante la inminente llegada, se agarraban a la barandilla de cubierta, ansiosos por empaparse de la primera imagen de la ciudad.

No se sintieron decepcionados con lo que les habían contado acerca de ella.

Moles de cemento y hormigón de impresionante tamaño desafiaban al cielo y convertían su perfil en único y fascinante.

Entre aquellos picachos modelados por la mano humana destacaba uno, un edificio que superaba los doscientos metros.

Su remate en pináculos evocaba desde la distancia la singular torre de una catedral gótica.

A pesar de su monumentalidad, fue incapaz de acaparar la atención de los pasajeros mucho tiempo; en cuanto emergió ante sus sorprendidos ojos la imponente estatua de la Libertad, todas las miradas se concentraron en ella.

El grandioso regalo del pueblo francés a la ciudad de Nueva York para conmemorar el centenario de la Declaración de Independencia se ubicaba en el diminuto islote de Bedloe, o isla de la libertad, como ya se la conocía, a poca distancia de la isla de Ellis.

Su mano derecha sostenía una antorcha en lo alto y parecía darles la bienvenida.

La rebasaron y el barco encaró las últimas maniobras para atracar en el muelle.

Antes de desembarcar, la tripulación indicó a Victoria y Elisabeth que se situaran en una de las filas con los niños, al lado de los pasajeros de primera clase. Victoria se separó para hacerle unas preguntas al empleado de la Atlantic Cross Line que los había conducido hasta allí.

—¿Dónde nos llevan?

—Son los trámites, señora. Tienen que pasar por el control de aduanas de la isla de Ellis, en el Great Hall, ese edificio de ladrillo rojo que verán nada más salir. No se demorarán mucho —le prometió.

—Perdone, ¿dónde podremos recoger nuestros equipajes?

—Podrán hacerlo cuando los funcionarios terminen su trabajo de identificación; solo tienen que presentar el papel que les han dejado esta mañana en sus camarotes los empleados de la naviera. No se preocupe, habrá alguien que les indicará dónde deben dirigirse en cada momento.

El hombre desapareció y Victoria regresó para la fila, a la vez que una mujer con acento de Bristol se volvió hacia ellas; se quedó mirando sus elegantes sombreros, sus manos enguantadas y sus vestidos a la moda, y les dijo:

—Ahora es así, nadie se libra de los controles, ni siquiera los ricos.

Sonrió y dejó a la vista una descuidada dentadura que afeaba aún más su enjuto rostro. Catherine se asustó; le recordaba a las brujas de los cuentos que le contaba a veces su madre. Esta le cogió la mano y se dirigieron a la otra fila, mucho menos concurrida que la primera.

A pesar de ello, tardaron más de media hora en atravesar las puertas del abarrotado edificio.

Una vez allí, encontraron dos mostradores.

Tras ellos, varias personas que hablaban diversos idiomas iban distribuyendo a los pasajeros.

Querían asegurarse de que entendieran todo el proceso, pues gran parte de ellos llegaban de lugares en los que no se hablaba inglés.

No era el caso del Aurore, donde casi todos los pasajeros eran angloparlantes, pero hacía poco que había llegado otro barco procedente del Mediterráneo en el que viajaban españoles, franceses, italianos y griegos, sobre todo, que necesitaban de la inestimable ayuda de los traductores.

En el Great Hall, se reunía gente de todo tipo: niños, ancianos, mujeres y hombres, cuya procedencia social se adivinaba echando un vistazo a sus ropas. Gorras de paño barato para ellos y pañuelos que cubrían sus cabezas para ellas, que denotaban su humilde origen.

—Me dijeron que para entrar tenía que traer cierta cantidad de dinero por persona, una garantía que exige el Gobierno a todo el que llega. Supongo que es lo que tendremos que hacer ahora.

Elisabeth miró alarmada a Victoria, cuando le susurró aquellas palabras.

—¿Por qué no me dijiste nada? —le preguntó también con un hilo de voz.

—Porque no quería que te pusieras más nerviosa. Es solo un trámite, enseguida estaremos con John. Llevo encima una cantidad más que suficiente para los cuatro, no te preocupes. Lo arreglaremos enseguida.

—Señoras, síganme.

Un agente de aduanas las condujo a una nueva fila, mucho menos concurrida, y los que estaban a su alrededor protestaron, aunque al hombre no le importó. Debía de estar muy acostumbrado a ello.

—Por aquí, por favor.

Dejaron la gran sala, en la que algunas personas vaciaban sus maletas sobre mesas de madera para que los funcionarios las inspeccionasen, y, tras recorrer un largo pasillo, entraron en una especie de consultorio más privado, en el que esperaban un médico y una enfermera.

—Supongo que saben —dijo el doctor— que tengo que hacer un examen a todo el mundo para asegurarme de que no traen enfermedades contagiosas al país.

Victoria estaba informada. Desde la epidemia de gripe, tenía el fin de contener la propagación de la enfermedad, aunque no solo buscaban eso. También cualquier persona que no fuera apta para trabajar por cuestiones de salud era deportada sin miramientos.

—Su documentación dice que vienen de vacaciones —apuntó el médico, que revisaba sus pasaportes. Los documentos eran nuevos y se ajustaban a la normativa aprobada en la conferencia de París un año antes.

—Así es —le dijo Elisabeth.

—Les encantará la ciudad, no hay nadie que no acabe enamorado de ella. Bien, procedamos, no quiero alargar esto demasiado, hoy han llegado muchos pasajeros. Necesito que se desnuden. Primero los niños, por favor.

—¿Del todo? —preguntó Elisabeth, escandalizada.

—No, pueden quedarse en ropa interior.

A pesar de los recelos de Elisabeth, que se sintió más violenta que en toda su vida, el médico no encontró nada reseñable en ninguno de los cuatro tras el control rutinario.

En pocos minutos, el examen estaba hecho y sus papeles sellados y en orden.

Con ellos en la mano, se dispusieron a solventar el siguiente trámite.

—No me está gustando nada todo esto —dijo Elisabeth, después de rebasar el control aduanero en el que recuperaron sus maletas tras demostrar, con el dinero que llevaban, que eran solventes para quedarse en el país.

La cálida bienvenida que esperaban se había tornado en unas horas desagradables que a ratos les habían ido encogiendo el corazón.

A veces, los funcionarios no se comportaban con tanta cortesía como lo habían hecho con ellos.

Minutos antes, al salir del consultorio, habían visto a una madre llorar desesperada porque la devolvían a Inglaterra; no así a sus tres pequeños, que habían llegado sanos y podían quedarse en el país con su padre.

La madre, intentando contener la emoción, trataba de explicarles que no pasaba nada, que volvería en cuanto se pusiera bien y que ellos tenían que quedarse con su padre.

Los pequeños lloraban desconsolados, y la cara del marido, abrumado por la responsabilidad que se le venía encima, tampoco era mejor.

Sin la ayuda de ella, sus planes de buscar un empleo, teniendo además que cuidar de varios niños, se complicaban hasta el infinito.

Además, la mujer había hecho el trayecto entre unas fiebres que no remitieron y el viaje de vuelta le iba a suponer un calvario.

Si no moría, algo que sucedía a veces, tendría que trabajar quizá durante años para conseguir dinero y otro pasaje que le permitiera reunirse con su familia.

El abrazo que se dieron todos juntos, antes de que un hombre se la llevase de vuelta casi arrastrándola, hizo que Victoria y Elisabeth se mirasen.

En sus ojos había un brillo acuoso a la vez que cierto alivio, porque a ellas les habían permitido seguir.

Sábado, 19 de noviembre de 1921

Nueva York

Tres horas después de desembarcar, un par de muchachos empujaban dos carros hasta la entrada del muelle, cargados con los baúles y maletas de Victoria y Elisabeth.

Se abrían paso con trabajo hasta el arco metálico de la entrada de acceso al puerto, donde John las había citado con el telegrama que les envió a Londres a través de la Wester Union Telegraph.

—¿Y si no nos encuentra? —preguntó Evan, abrumado por el gentío que se acumulaba en aquella zona del puerto.

—Claro que nos encontrará —contestó Victoria, con despreocupación.

Pero también se sentía ansiosa y echó un vistazo de soslayo a Elisabeth, que no estaba más tranquila. Al barullo y el frío de noviembre, se habían unido las protestas de los dos niños, que estaban agotados después de los trámites.

—Mamá, tengo hambre —se quejó Cath.

—Tienes que esperar a que lleguemos, cariño.

—Pero quiero comer ya.

—Y yo tengo sed y estoy cansado —añadió Evan.

—Deberíamos haber previsto esto —dijo Victoria—. Salgamos de aquí. Ya intentaremos ponernos en contacto con John mañana. Seguro que no será imposible encontrar un taxi y un hotel en el que alojarnos.

Mientras discutían aquella posibilidad, Phoenix Owen se acercó hasta ellas.

A su lado, tan silenciosa como la encontraron el primer día, Louise Newell caminaba abatida.

Su rostro macilento y sus pronunciadas ojeras sugerían que no se encontraba bien, pero no debía de ser grave cuando había conseguido superar el control médico de inmigración.

—No quería marcharme sin despedirme de ustedes —dijo Owen, cuando logró llegar a su altura—. Espero que su estancia en Nueva York sea feliz y que no se olviden de esta amistad recién nacida. Tenga esto.

Le tendió a Elisabeth un pequeño papel.

—¿Qué es?

—Una tarjeta con mi número de teléfono personal y el del May Tea. Les reitero la invitación que les hice en el barco. No duden en llamarme; las cenas de los sábados reúnen a un montón de gente interesante y, además, tenemos música en directo. Estoy seguro de que pasarán una agradable velada.