Capítulo 4 #5
—¿Bromeas? Lo que ha pasado es que no se lo puede permitir y, de nuevo, se ha escudado en alguien para que no pudiera mandarla a paseo. «Apúntalo en mi cuenta», ha dicho. ¡Como si yo quisiera abrirle una cuenta a esa rata inmunda!
—Felicia… —dijo él, con tono condescendiente.
—Se lo ha llevado, John; por mucho que he tratado de ser diplomática e inventarme que necesitaba unos retoques, la muy… se lo ha llevado. No nos lo va a pagar, estoy segura.
—Bueno, la próxima vez dile delante de quien sea que no tiene crédito en nuestros almacenes.
—Eso había pensado, pero Albert ha tenido otra idea.
A John le sorprendió que Felicia hubiera querido secundar con buen talante una idea de Albert, pero se dispuso a escuchar qué era lo que se le había ocurrido a ese joven vivaracho.
—Me ha dicho que se lo descontaremos al próximo sueldo de Gilbert.
La carcajada de Felicia se sincronizó con la de John, acercando Boston a Nueva York a costa de los White.
—Bien por Albert, es un tipo listo. Al final te acabará cayendo bien y todo.
—No cantes victoria aún, John, que los White hayan vuelto a mi vida no solo no me gusta, me preocupa. ¿Por ahí todo bien?
—Claro…
Le contó las novedades y que, a la mañana siguiente, el Aurore, el barco donde viajaban su hermana Elisabeth y Victoria, llegaría al puerto de Nueva York y él las esperaría en el muelle 54 para recibirlas como se merecían.
En Boston, al interrumpirse la comunicación, Felicia se quedó mirando el teléfono. Le gustaba escuchar a John tan ilusionado, pero, a la vez, tenía miedo de que no volviera jamás y sentirse tan sola como antes de encontrarlo.
Solo era su amigo, el mejor que tenía, y lo quería sobre todas las personas del mundo.
Viernes, 18 de noviembre de 1921
Océano Atlántico
Victoria llevó a los niños a uno de los salones del Aurore, donde habían programado un espectáculo de ilusionismo esa tarde, mientras que su compañera de viaje prefirió la tranquilidad de la cubierta cerrada de primera clase para tomar un té con Phoenix.
Cuando Elisabeth llegó a la estancia casi desierta, no le fue difícil localizar a su cita; el empresario se puso en pie en cuanto la vio y, cuando la tuvo a su altura, le tomó la mano enguantada para saludarla con un sutil beso sobre la tela.
—Está usted preciosa —le dijo, sin perder de vista sus ojos—. Ese vestido le sienta maravillosamente.
—Muchas gracias.
Elisabeth se sintió orgullosa de lucir uno de los vestidos diseñados por Mary.
De cuello redondo, su manga corta se ocultaba bajo un chal de tul, del mismo tono verde, mientras que unos largos guantes le cubrían los brazos hasta más arriba de los codos.
El tejido de seda, adornado con un intrincado diseño de lentejuelas, se deslizaba con suavidad sobre su cuerpo.
Por debajo de la rodilla, la falda se abría en una cascada de infinitos flecos por los que asomaban sus medias al andar y sus Mary Jane negros de ligero tacón.
Tras replegar la mano, esperó a que Owen le retirase la silla; después se sentó y le sonrió.
Cuando él ocupó su lado de la mesa, se fijó en que, a pesar de ser bastante mayor que ella, su atractivo era extraordinario.
De rasgos bien proporcionados —nariz recta y no demasiado grande, labios carnosos y ojos de un color verde intenso que recordaba al musgo—, su rostro redondo suavizaba su porte.
Su escasa estatura la enmascaraba la seguridad con la que se conducía, y esta intimidaba a Elisabeth.
Trató de obviar la sensación, apoyando los primeros minutos del encuentro en frases banales sobre el tiempo, pero su intento de esconder el nerviosismo se volvió un estrepitoso fracaso cuando trató de echar el azúcar en el té.
Owen la miraba con tal intensidad que ella, desacostumbrada a ser el centro de atención desde hacía demasiados años, no pudo evitar que sus manos temblasen y se le cayera la cucharilla.
Él, consciente del influjo que ejercía sobre ella, la recogió y le puso él mismo el azúcar en la bebida, con intención de que se serenase.
—Lo siento —se excusó ella—, creo que me noto algo mareada.
—No se disculpe, el barco se mueve hoy algo más de lo habitual.
No era cierto, así que Elisabeth lo tomó como una manera sutil de protegerla de sus propios miedos.
—A lo mejor le parece una pregunta atrevida —dijo Owen—, no conteste si no quiere, pero todavía no sé el motivo de su visita a Nueva York.
Ella no estaba dispuesta a contarle las razones de su corazón, pero había otras más banales que tampoco importaba si las compartía y a ellas se aferró.
—Visitar a mi hermano mayor.
—¿Y se quedará mucho tiempo?
—Aún tenemos que decidir cuándo regresaremos a Inglaterra, pero al menos nos quedaremos un par de meses. Quizá tres.
—Me agrada saber eso, habrá más oportunidades entonces de que nos veamos. Soy el propietario de uno de los mejores restaurantes del Upper East Side, si me permite presumir de ello. Me encantaría invitarlos, a ustedes y a su hermano, a cenar una noche.
—¡Oh, se lo agradezco! —dijo ella.
—Se llama May Tea y en él se reúne lo mejor de la sociedad neoyorquina. Es perfecto para alguien como usted, tan… elegante y distinguida.
Ella sintió que se ruborizaba.
—¿Quién es su hermano? Tal vez lo conozca —siguió hablando Phoenix.
—No lo creo, lleva muy poco tiempo en la ciudad. Su nombre es John y es el dueño de los almacenes Lowell de Boston. Ahora está en Nueva York porque ha decidido abrir otros en la Gran Manzana.
—No, no lo conozco, pero he oído hablar del proyecto. Le reitero que estaré encantado de tenerlos como invitados: a la señora Reynolds, a su hermano y, por supuesto, a usted.
Volvió a mirarla con intensidad y Elisabeth necesitó inspirar aire extra.
Aunque los modales de Owen fueran exquisitos y se comportase como un caballero, durante un instante, vio algo en su mirada parecido al deseo, un brillo lobuno que la hizo sentir como si la estuviera desnudando con la imaginación.
Tuvo que esforzarse para no torcer el gesto.
Quizá no fuera cierto, tal vez solo era su memoria jugándole una mala pasada, amparada en el recuerdo que le había dejado Charles, una desconfianza hacia cualquier hombre que se le había tatuado en la piel.
Bebió un sorbo de té para tragarse el pensamiento y le supo muy amargo, a pesar del azúcar.
No le gustaba la mujer en la que se había convertido, tan distinta a la jovencita despreocupada que creció en Almond Hill, al lado de Mary y de los condes de Barton.
—Perdone de nuevo mi indiscreción —dijo Owen, ajeno a sus tribulaciones—. ¿Hace mucho que es viuda?
—Unos años ya —contestó ella, imprecisa—. Mi esposo murió durante la guerra.
No había mentido, la muerte de Charles se produjo en esas fechas, pero él jamás había pisado un campo de batalla.
Omitió parte de la historia y desvió la atención hacia él, más que por interés, por la necesidad de que no siguiera indagando y no devolviera a su esposo a un primer plano de sus recuerdos, de donde tanto le había costado sacarlo.
—¿Y usted? ¿Está casado? —preguntó.
—No. Ya sabe, el trabajo absorbe tanto que lo he ido dejando correr. O tal vez no ha sido eso —respondió, clavándole una de esas miradas que la hacían sentir expuesta y bajando el tono de voz—; tal vez no he encontrado aún a la mujer con la que desee dar ese paso.
Elisabeth se arrepintió de haberle formulado una pregunta así. Aunque no le hubiera dicho que estaba interesado en ella, había que estar muy ciego para no notarlo cada vez que se le acercaba.
—Yo no tengo previsto casarme nunca más —le dijo ella, irguiendo mucho la espalda y moviéndose hasta posar la espalda en la silla, ampliando la distancia entre ambos.
—¿Por qué? Es usted joven y muy bella, no creo que le falten candidatos.
El jaleo de personas en la puerta de acceso a la cubierta les hizo girar la cabeza.
Empezaba a llenarse de gente, puesto que el espectáculo de ilusionismo había terminado, y Elisabeth agradeció que Victoria apareciera con los niños entre aquella multitud.
No le hizo falta responder a la pregunta de Owen.
Se alegró; no tenía intención de darle explicaciones de su decisión a nadie.