Los cerezos de Central Capítulo 4 #4
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Capítulo 4 #4

—No me las dé todavía, debo acompañarla a su camarote, sería poco caballeroso por mi parte no hacerlo.

Le ofreció su brazo de nuevo y ella, menos renuente, lo aceptó. Subieron las escaleras y, mientras caminaban, él aprovechó para reiterarle la invitación a su mesa en el comedor.

—Creo que se lo debo después de su ayuda —contestó Elisabeth.

—¿Eso es un sí? —le preguntó Owen.

—Es un sí —dijo ella, agregando una sonrisa a su respuesta.

—Bien —añadió él—, las espero a usted y a su amiga en mi mesa dentro de media hora. ¿O quizá necesitará más tiempo para arreglarse? Aunque lo dudo, usted siempre está perfecta.

—Media hora estará bien —aseguró ella—, pero acudiremos con los niños, no sé si querrá niños en su mesa. Pueden ser bastante molestos a veces y nosotras no podemos dejarlos solos.

—Estaré encantado —la cortó.

—¿Y la señorita…? Perdone, he olvidado el nombre de la joven que lo acompaña.

—La señorita Newell no me acompaña y tampoco viaja en primera, cenará en el comedor de segunda. Es familiar de un amigo de Londres y yo solo tengo el encargo de velar por ella hasta que llegue a puerto. Había bajado a segunda para comprobar si está todo bien.

—Me alegro de que lo hiciera. Nos ha rescatado a mí y a mi pendiente.

La puerta del camarote de Elisabeth apareció ante ellos y Phoenix se despidió con un beso sobre su mano enguantada.

Media hora después, Victoria, Elisabeth y los niños accedían al comedor principal. Un camarero los condujo a la mesa que ocupaba el señor Owen, que se levantó nada más verlos y les retiró las sillas. Sonrió a Elisabeth cuando ella le agradeció con un gesto su cortesía.

La cena transcurrió relajada. A Victoria no se le pasaron por alto las miradas que el empresario dirigía a su compañera de viaje. Esta, aunque lo disimulaba con sonrisas bien ensayadas, parecía algo tensa, así que la señora Reynolds tomó las riendas de la conversación.

—Nunca había tomado sopa de puerros escocesa —le dijo a Phoenix, cuando daban por terminado el postre—, pero debo reconocer que me ha gustado.

—Creo que habría que felicitar al cocinero —comentó el empresario—. A mí me ha encantado el queso Stilton.

—Estaba todo delicioso, he de admitir que el viaje está resultando muy placentero —añadió Elisabeth—. Ahora, si nos disculpa, debemos retirarnos.

—¿Tan pronto?

—Los niños son pequeños y empiezan a bostezar —se excusó Victoria.

—Ha sido un placer su compañía, espero repetirla —dijo Owen, a la vez que se levantaba de su silla. Volvió a sonreírle a Elisabeth antes de que se marcharan.

Cuando llegaron a la puerta de sus camarotes, mientras los niños jugaban ajenos a su conversación, Victoria aprovechó para darle a Elisabeth su impresión de la velada.

—Ese hombre está fascinado contigo.

—Solo ha encontrado mi pendiente y me ha ayudado a volver.

—Ay, Elisabeth, no sé cuánto tiempo hace que llevas encerrada en Almond Hill sin saber qué es un cumplido.

—Pero no ha dicho nada…

—Hay miradas que lo dicen todo. Si te fías de mí, ese hombre está interesado en ti.

Cuando llegó a su camarote, Elisabeth se convenció de que no quería que ningún hombre se interesara en ella, aunque ese en concreto parecía el polo opuesto a Charles.

Tal vez debería disfrutar de sus cumplidos y dejar de hacerse tantas preguntas. Se quitó los pendientes de su madre y los guardó en una pequeña cajita de caoba. Aún quedaban unos días para llegar a Nueva York y empezaba a notar los cambios que el viaje estaba insuflando en su ánimo.

Decidió que esa noche escribiría una nueva carta, pero se entretuvo leyéndole un cuento a Cath y se acostó sin acordarse de papel y pluma.

Durmió más relajada de lo que lo había hecho en los últimos meses.

Viernes, 18 de noviembre de 1921

Nueva York

Solo habían hecho falta cinco días para que la diligencia de Clarissa Stone y la necesidad que tenía de agradar a su nuevo jefe consiguieran el milagro de convertir el apartamento de John en un verdadero hogar.

La chica se había desvivido por que todo estuviera más que listo para la llegada de las invitadas y John quiso conocerla más delante de un café negro, espeso y aromático en la cocina de su vivienda.

—Quería darte la enhorabuena, me encanta cómo ha quedado el apartamento.

—Me alegro, señor Lowell. Ese era mi trabajo, ¿no?

—Lo has ejecutado de forma magnífica. ¿Conoces todas las tiendas de la ciudad?

Una sonrisa iluminó el rostro de Clarissa, quien miró a John a los ojos. Después de llevarse la taza a los labios, la depositó con suavidad en el plato.

—Mi familia lleva aquí casi dos siglos, no me ha resultado difícil preguntarle a mi abuela dónde hacerme con lo que usted quería.

—¿Tu abuela? —preguntó él—. Pensé que le habrías preguntado a tu madre.

Clarissa perdió un momento la sonrisa, inspiró una bocanada de aire y después, lo más calmada que pudo, se sinceró con él:

—Vivo con mi abuela. Mis padres murieron en el 15.

—¿Ambos?

—Ajá, los dos el mismo día.

—¿Qué pasó?

—Supongo que escucharía hablar de ello. Mis padres murieron el 7 de mayo de 1915.

Querían ir a España, pero no es que hubiera muchos barcos en aquel momento que se atrevieran a hacer el viaje a Europa, con la amenaza vertida por la Embajada Imperial Alemana de atacar cualquier buque que pusiera rumbo al continente.

Solo encontraron pasaje en el Lusitania, que fue torpedeado por un submarino alemán antes de llegar.

John asintió.

—Sé muy bien lo que pasó. Yo… soy uno de los supervivientes.

Clarissa se agarró las manos. Un temblor la recorrió entera al pensar que no era improbable que aquel hombre se hubiera cruzado con sus padres durante los días previos al fatal encuentro del Lusitania con el U-20.

—Disculpe, señor Lowell, no sabía… Perdone, no querrá hablar del tema.

Al notar que Clarissa temblaba, John le agarró la mano que tenía sobre la mesa.

—Creo que yo no perdí tanto como tú aquella mañana.

Después de unos momentos de silencio, en los que la mirada de Clarissa se concentró en la mesa, esta levantó la vista y la enfrentó con la de Lowell. Tenía los ojos brillantes y, en su voz, un temblor que se empeñó en controlar con la misma ferocidad que lo hacía con las lágrimas.

—Mis padres se llamaban Vincent y Emma Stone. ¿Usted los conoció?

—No, lo lamento, había mucha gente embarcada en el barco, como para conocerlos a todos.

—¿Puedo hacerle una pregunta?

—Por supuesto.

Él seguía con la mano de Clarissa prendida a la suya, insuflándole ánimo.

—¿Cree que sufrieron mucho cuando…?

John evitaba recordar, pero había madrugadas que el imponente sonido del torpedo estrellándose en el barco se reproducía en su mente con tanta claridad como si fuera real.

Después, una segunda detonación todavía más estruendosa sacudía sus recuerdos.

A ella seguían gritos y voces desesperadas, que se iban desvaneciendo hasta que un silencio espeso lo envolvía y lo devolvía a las aguas del Canal de San Jorge, al momento en el que el transatlántico desapareció engullido por el mar.

Desesperado y sudoroso, despertaba en su cama temblando como un chiquillo.

Después de aquellas pesadillas, jamás lograba volver a dormirse.

—Fue muy rápido —le dijo—. Apenas unos minutos. No, no creo que sufrieran durante mucho tiempo.

Pronunció aquellas palabras a sabiendas de que no eran ciertas, que la muerte por ahogamiento era angustiosa, pero no podía soportar la tristeza de Clarissa y tampoco quería ser el responsable de aumentarla.

—¿Cómo es que usted se salvó? —le preguntó ella, acariciando los dedos de su protectora mano.

—Me había accidentado unos días antes y un miembro de la tripulación me empujó a uno de los botes salvavidas.

—Tuvo suerte.

—Mucha, porque los hombres se quedaban los últimos a la hora de embarcar en los botes. Es extraño que su madre no subiera en uno de ellos.

Clarissa negó con la cabeza a la vez que componía una sonrisa triste.

—Yo también me lo he preguntado muchas veces; si lo hubiera hecho, tal vez viviríamos juntas y no con mi sobreprotectora abuela.

Soltó la mano de John, muy a su pesar, y se levantó de la silla.

—Muchas gracias por la conversación, señor Lowell, si no me necesita más… Ha sido un enorme placer trabajar para usted estos días.

John también se levantó para acompañarla hasta la puerta del apartamento.

—Clarissa —dijo, cuando casi habían llegado—, voy a seguir necesitando a alguien con buen gusto para terminar de poner en marcha los almacenes. Quizá pueda convencerla para que trabaje para mí un tiempo más.

Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de la muchacha.

—Lo haré encantada.

Cuando Clarissa se marchó, John terminó su café y decidió ir a los almacenes. Estaba a punto de coger las llaves cuando sonó el teléfono que acababan de instalarle esa misma mañana.

—¿Hola?

Una operadora le indicó que tenía a la espera una llamada desde Boston, de los almacenes Lowell. Enseguida aceptó que le pasaran con la persona que estaba al otro lado.

—¿John?

—Hola, Felicia.

—Albert me ha dicho que esta mañana llamaste para darnos tu número.

—Supuse que hablaría contigo, pero me dijo que estabas muy ocupada en ese momento.

—Oh, vaya si lo estaba. Irritantemente ocupada.

John se rio ante la efusiva frase de su socia.

—¿Qué ha pasado? ¿Problemas con los almacenes?

—Emily White, eso ha pasado.

Se lo tenía que haber imaginado, la guerra de Felicia con los White era su tema recurrente. Cualquier problema que se le pusiera por delante lo solucionaba sin apenas pedirle consejo, pero en lo tocante a su antigua familia política le podía la inquina que se profesaban mutuamente.

—¿Esta vez qué ha sido?

—Hace unos días tuvo la desfachatez de presentarse aquí para encargar uno de los diseños de Camille.

Es lista y esperó a que una de nuestras mejores clientas, la señora Murphy, estuviera delante para que no me pudiera oponer con firmeza, así que no me quedó más remedio que claudicar y dejar que se lo cosieran. Hoy ha venido a buscarlo.

—¿Y qué ha pasado? ¿No lo quería?