Los cerezos de Central Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

Se había desplazado a la ciudad unos días antes de que llegasen sus invitadas, pero sentía que no llegaría a tiempo.

Ni siquiera la ayuda de Andrew Wilson y las personas a las que había contratado para asistirlo parecían suficiente.

Una de ellas era Clarissa Stone, una muchacha vivaracha de veintitrés años, que por su diligencia se estaba convirtiendo en su mano derecha.

—Señorita Stone —le dijo—, deje lo que esté haciendo ahora y venga conmigo.

—Un segundo, señor Lowell.

La joven dio unas rápidas instrucciones a unos muchachos que instalaban un mueble en el salón y lo siguió hasta una de las habitaciones.

—Quiero que saquen esta mesita anticuada: voy a sustituirla por dos sillones y otra más baja frente a ellos, al lado de la ventana.

—¿Quiere que la tiremos?

John lo pensó durante un momento. Su primer impulso fue decirle que sí. El segundo, que podía disponer de ella como quisiera siempre que la quitase de su vista. El tercero hizo que en su rostro se dibujase una sonrisa. Nadie se hacía rico tirando cosas, y él lo era porque sabía ver más allá.

—No, quiero que la envíen al local donde abriré mis almacenes.

Clarissa miró la mesa con escepticismo. Dudaba mucho que alguien quisiera comprarla, llevaba razón en que se trataba de un objeto algo anticuado, aunque se encontraba en buen estado.

—Sé lo que está pensando —dijo él.

—¡Oh! —contestó ella; se había quedado callada, sin preguntarle qué más quería—. Disculpe, yo…

—Acabo de inaugurar una sección para mis almacenes: Antigüedades.

La joven sonrió. Ni en cien años que viviera se compraría una mesa así, pero tal vez su abuela viera en ella cierto encanto, y su abuela tenía dinero para caprichos como aquel.

No era mala idea. Sonrió, ladeando la cabeza, en un claro signo de aprobación.

No supo por qué lo hizo, ese hombre decidido no la necesitaba.

Se comportaba como una tonta cada vez que lo tenía delante.

Tal vez fueran sus preciosos ojos azules o que emanaba un tremendo atractivo.

O esa manera de hablar tan distinta al deje neoyorquino. O todo junto.

—¿Algo más, señor Lowell?

—Cortinas. A esta casa le hacen falta cortinas. Encargue para todas las habitaciones, no hace falta que sean iguales, pero ocúpese de que guarden cierta armonía.

—Sí, señor —respondió ella—. ¿Quiere que las compre en algún sitio en especial?

John no conocía una tienda elegante, así que le sugirió que fueran las más caras que encontrase. Le tendió un buen fajo de billetes.

—Puede quedarse con un diez por ciento de lo que cuesten, es su comisión por este trabajo extra que le pido —le dijo, guiñándole un ojo.

Clarissa asintió. Se prometió en silencio que volvería con las cortinas más caras de todo Manhattan. Iba a preguntarle a su abuela dónde las compraba, pues Adele Stone era una de las mujeres más ricas de la ciudad y estaba segura de que conocía los mejores almacenes.

Adele se había opuesto con firmeza a que Clarissa trabajase cuando Wilson le mencionó el puesto.

Él la convenció de que solo serían unos días.

Clarissa, sin embargo, estaba decidida a que no fuera algo temporal.

Cuando su contrato expirase, buscaría la manera de que su abuela no se opusiera a que continuara.

Al señor Lowell se lo ganaría con su buena disposición.

Wilson entró en el apartamento a la vez que unos muchachos que acarreaban un sofá. Se encontró con Clarissa, que se ponía el abrigo para salir.

—¿Te vas? ¿Ya te has cansado de trabajar? —le preguntó con cierta sorna.

—En absoluto. El señor Lowell me ha hecho unos encargos y voy a ello. Pero antes pasaré por casa de mi abuela. Quiero que me asesore para hacerlo lo mejor posible.

—Transmítele mis respetos, por favor.

—¡Lo haré!

Salió corriendo del apartamento y no alcanzó a escuchar la pregunta de Andrew.

—¿Dónde está Lowell?

—Estoy aquí —dijo este, apareciendo a su espalda con las manos en los bolsillos—. ¿Cómo va todo?

—Bien.

—No quiero que nos confiemos, mis invitados llegarán el fin de semana y no deseo que encuentren este desastre. Todo tiene que estar perfecto.

—Usted es inglés, ¿verdad? —preguntó Wilson.

—De Londres, sí.

—Me lo imaginé por el acento, aunque debo confesarle que, antes de que nos conociéramos, nunca pensé que el dueño de los almacenes Lowell de Boston fuera «tan inglés».

—¿A qué se refiere con «tan inglés»?

—¿Aparte de su manera de hablar? No lo sé, tiene porte de aristócrata, aunque no creo que se comporte como uno de ellos. Uno de verdad no habría dejado irse a Clarissa corriendo sin haber recibido una pequeña amonestación.

John sonrió. Eso era lo que debería haber sido de haberse dado otras circunstancias, el heredero de un condado, pero lo cierto era que él solo se consideraba un empresario. El hijo de un sombrerero de Londres para ser exactos. Tan clase media como Andrew Wilson.

—Yo no pertenezco a la aristocracia, pero mi hermana sí, así que espero que no encuentre nada demasiado por debajo de sus expectativas cuando llegue. ¿A qué ha venido, Wilson? No recuerdo que tuviéramos una cita.

—Perdón, casi lo olvido. Tiene que firmar unos albaranes.

Está llegando el mobiliario de los almacenes.

Si todo sigue así, en tres semanas a lo sumo podrá tenerlos abiertos.

Y quería confirmar si estará presente en las entrevistas del personal de servicio y de los empleados, o deja eso también en mis manos.

—Acompáñeme a mi despacho y lo hablaremos todo —dijo, por inercia—. Disculpe, a la cocina. Creo que es el único lugar con una mesa donde nos podremos sentar. Lo invito a un café.

Wilson siguió a Lowell por el apartamento, que tenía ese porte elegante que necesitaban los almacenes para ser el perfecto reclamo de las clases pudientes y los pies sobre la tierra.

Si era tan bueno en los negocios como le habían dicho, haría fortuna en una ciudad que estaba preparada para convertirse en la cabeza del nuevo mundo nacido después de la Gran Guerra.

Sobre todo, si era capaz de atisbar sus enormes posibilidades.

Lunes, 14 de noviembre de 1921

Océano Atlántico

Sentada en unas escaleras, Elisabeth trataba de recuperar el ánimo.

Desesperada por su despiste, se encontraba tan perdida en los pasillos laberínticos del Aurore como en sus emociones.

Era muy tarde para regañarse por no haber tomado la precaución de buscar el pendiente en compañía de alguien y rendirse al llanto se le antojaba demasiado cobarde, así que solo le quedaba reaccionar.

Cuando estaba tomando aliento para levantarse, una voz de hombre la sobresaltó.

Alzó la vista y encontró a Phoenix Owen, mirándola con cierta alarma.

—¿Qué hace aquí? ¿Le ha sucedido algo?

—Oh, buenas noches —acertó a decir, a la vez que se levantaba alisándose la falda y recuperando la compostura.

—Buenas noches, ¿necesita ayuda?

—Me temo que he sido muy osada; he salido de la zona que conozco del barco y ahora estoy perdida. ¿Sabría indicarme dónde está el comedor principal, por favor?

Phoenix sonrió y asintió. Le había extrañado verla en la parte del buque reservada a los pasajeros de segunda, pero la inmensa maraña de pasillos del Aurore y sus infinitas escaleras hacían fácil que uno se distrajera y se perdiera.

—Por supuesto. La acompaño con mucho gusto.

Phoenix le ofreció su brazo y Elisabeth, tras dudar unos instantes, lo aceptó.

Cuando empezaron a caminar juntos por el pasillo, ella se sorprendió de que fueran casi de la misma altura; le había parecido más esbelto cuando se lo presentó Victoria, aunque quizá hubiera sido efecto de llevar puesto el sombrero, que en esos momentos él sujetaba en las manos junto a su bastón.

—Aquí está la escalera que lleva al comedor —dijo Phoenix, deteniendo la marcha y posando la mano sobre la de Elisabeth, que se apoyaba en su brazo—. Dígame, ¿cómo ha acabado aquí? ¿Quería conocer el Aurore?

—No es eso. He perdido un pendiente —contestó ella—, y decidí buscarlo antes de volver a mi camarote, pero me temo que me he desorientado.

Phoenix desenredó sus brazos, se colocó frente a ella y, empujando con suavidad su mejilla con el dedo índice, le giró la cara con la intención de memorizar el aspecto de la joya.

Ese gesto provocó que a Elisabeth se le alterase la respiración y un escalofrío le recorriera la piel.

Ahogó un gemido en su interior y echó mano de toda la educación recibida para que él no notase su turbación.

—Veo que se trata de un pendiente de zafiro rodeado de una corona de diamantes, a juego con sus hermosos ojos —afirmó Owen.

El cumplido que escondía la descripción detallada de la joya requirió un poco más de esfuerzo por parte de Elisabeth, que contuvo de nuevo la respiración cuando Owen alzó un brazo y acercó la mano a su oreja izquierda.

Notó los dedos del hombre tocándole con suavidad el pelo, y un cosquilleo le recorrió la espalda tras su delicado roce.

Maldijo en silencio a Victoria por haberle contado que viajaban solas.

El recuerdo de Charles y de sus manos sobre su cuerpo seguía sobresaltándola cuando dormía y provocándole pesadillas, por lo que se había jurado que nunca permitiría que otro hombre la tocase de ningún modo.

Aquel gesto de Owen convocó recuerdos y desató una oleada de emociones que intentaba analizar, pero cuya conclusión no llegó, porque Phoenix retiró la mano y le mostró su palma.

Elisabeth la miró y en ella descubrió el pendiente de zafiro y diamantes de su madre.

—Se le había quedado enredado en el pelo —le dijo él, con un tono acariciador, tanto que cuanto acababa de sentir se desvaneció y se sintió como una estúpida.

—¡Cielo santo! ¡Estaba ahí!

Ella lo recogió con cuidado y se lo colocó en la oreja.

—A veces, lo que buscamos lo tenemos justo delante de nuestros ojos.

—Me he perdido por no mirarme en un espejo —reflexionó ella, avergonzada.

—No se preocupe, le podría haber pasado a cualquiera.

—Gracias, señor Owen.