Capítulo 4 #2
El caballero, de modales refinados y leve acento norteamericano, se despidió con unas breves palabras de cortesía y una inclinación de cabeza, y ellas continuaron la búsqueda de sus camarotes.
Evan localizó en las puertas del pasillo los números de los alojamientos y, antes de que cada una se dirigiera al que compartirían con sus respectivos hijos, Elisabeth le señaló algo a Victoria:
—No deberías haberle hablado de nuestra vida privada.
—Me lo encontré en el cementerio, creo que en cuanto nos hubiera visto por el barco solas habría llegado a la conclusión de que somos viudas. No te preocupes, no he aceptado su invitación, solo he sido cortés. Si no te apetece sentarte a su mesa, no lo haremos.
—Me ha parecido un atrevimiento por su parte invitarnos sin conocernos de nada.
—Acostúmbrate, Elisabeth: América no es Londres y los americanos tampoco son ingleses. Si algo llama su atención, son directos. Y tú, me temo, has llamado su atención.
Lunes, 14 de noviembre de 1921
Océano Atlántico
En medio del Atlántico, el Aurore se desplazaba a buen ritmo rumbo al nuevo continente, cargado con la valiosa mercancía de miles de almas en su interior.
Pero no todas eran iguales; el imponente transatlántico funcionaba como un espejo social, en el que las distintas clases se situaban unas sobre las otras, reproduciendo el patrón que regía sobre tierra firme.
Arriba, como siempre, los de arriba.
La primera clase, en la zona superior del barco, se asemejaba a un hotel de lujo y hacía sentir a sus privilegiados viajeros que se encontraban en su mundo. Este se bamboleaba a veces, trasladado al centro de un océano, pero, más allá de eso, las diferencias eran pocas.
Para lograr esa sensación de confort y exclusividad, la naviera había contratado a cientos de tripulantes y a la misma empresa que se ocupó de la construcción y la supervisión del Ritz en Londres.
Los camarotes de primera disponían de enormes camas con dosel, tocadores para las señoras y una pequeña salita privada, además de baño propio.
Los largos pasillos alfombrados y bien iluminados, que podían competir con los de muchos palacios, empequeñecían al compararlos con la magnificencia del comedor principal.
Este se había decorado con ostentosos muebles y, aquí y allá, plantas exóticas lo dotaban de una acogedora sensación de frescor.
Sus mesas, pulcramente vestidas, lucían mantelerías de hilo bordadas a mano y tampoco faltaban las flores frescas.
En sus paredes, las maderas nobles se alternaban con columnas rematadas por capiteles de estilo compuesto y las molduras del techo enmarcaban un bellísimo fresco mitológico.
El lujo también presidía las zonas abiertas de primera clase. La cubierta de paseo, con sus tumbonas y su piscina, ofrecía un lugar extraordinario en el que descansar, jugar o departir, aunque el frío del mes de noviembre en medio del Atlántico no invitase a nadar o dar por ella largas caminatas.
Aquella opulencia se iba desvaneciendo a medida que se descendía por las escaleras que comunicaban las distintas plantas del barco.
Aunque no era uno de aquellos buques donde la gente viajaba hacinada en condiciones infrahumanas, como los de épocas anteriores, la segregación de clases persistía.
Para los viajeros de segunda y tercera no había camarotes privados, sino habitaciones comunes con más literas a medida que se aproximaban a las bodegas.
Cada planta duplicaba los pasajeros de la superior y aquella superpoblación multiplicaba los beneficios de la naviera, convirtiendo en rentable al gigante.
La travesía para ellos solía ser dura, mientras los viajeros acomodados la vivían como unas vacaciones.
Elisabeth Davenport, quien después de unos días a bordo del Aurore empezaba a encontrarse mejor, desconocía aquellos detalles.
Como le había sucedido durante toda su vida con su mundo, apenas se había movido por la nave, salvo cuando subía a la cubierta superior para pasear o cuando descendía hasta el salón principal para las comidas o para tomar el té en la terraza cubierta.
Ni siquiera se le había pasado por la cabeza que viajaba en un micromundo construido para la primera clase.
Esa tarde de lunes se levantó un viento gélido, cuando Victoria y ella jugaban con los niños a los bolos en la cubierta superior.
—Tengo frío —protestó Cath, tiritando.
—Yo también —dijo Victoria—, creo que será mejor que dejemos la partida para otro momento y bajemos a nuestros camarotes hasta la cena.
Evan, que llevaba una chaqueta de lana gruesa, mucho más abrigada que los ligeros abrigos de las mujeres, resopló. Aún quedaban más de dos horas para la visita al comedor y no era tan divertido esperar en la habitación con su madre como entretenerse en cubierta.
—Yo prefiero seguir aquí, mamá.
—Evan, acabaremos todos resfriados si no bajamos ya.
—Si quieres —le dijo Elisabeth al niño—, Catherine puede quedarse con vosotros hasta la cena. Podréis jugar a las cartas en el camarote.
—¿Puede, mamá? —preguntó Evan, esperanzado.
—Claro que sí.
Dejaron la cubierta y Elisabeth se despidió de ellos en el pasillo.
En un gesto inconsciente, se recolocó un mechón de pelo suelto del moño y, al hacerlo, se rozó la oreja y notó la ausencia de uno de sus pendientes de su madre, que recordó haberse puesto para la comida.
Decidió volver sobre sus pasos y buscarlo.
Recorrió la cubierta de paseo, preguntó a los pasajeros que encontró y, antes de rendirse, decidió bajar hasta el comedor principal.
Este se encontraba vacío a aquella hora.
Revisó las inmediaciones de la mesa que había ocupado en la comida y, cuando se aseguró de que no estaba, se rindió a regresar a su camarote.
Aunque llevaban varios días embarcados, Elisabeth no conocía el buque.
Le parecía un complejo entramado de pasillos idénticos, donde era muy fácil extraviarse.
Sin embargo, el pendiente era algo demasiado valioso para ella como para dejarlo correr.
Unas voces procedentes de la planta inferior le hicieron pensar que quizá se tratase de algún empleado de la naviera.
Si se lo contaba, podría correr la voz de que había perdido el pendiente y habría alguna posibilidad de recuperarlo.
Siguiendo el murmullo, llegó a una escalera que no había visto hasta ese momento.
Bajó y al final de ella tropezó con el comedor de segunda clase.
No pudo evitar quedarse sorprendida por la sobriedad con la que estaba decorado con respecto al de primera.
Las voces no venían de allí, sino de una planta más abajo, así que Elisabeth descendió por la escalera y se dirigió a la sala de donde procedían.
Se quedó plantada en la puerta, detenida por las miradas censoras de los hombres allí reunidos.
Se trataba de una sala de fumadores y estos cesaron su conversación y la miraron con reprobación; había estado a punto de invadir un espacio en el que no se admitía a las mujeres.
Iba a marcharse, cuando recibió un silbido admirativo:
—¡Vaya, vaya! ¡Una dama en busca de aventuras entre nosotros, simples mortales! —exclamó el hombre más descarado del grupo, con una sonrisa pícara en el rostro.
—Les ruego que me perdonen, me he perdido —se disculpó ella.
—A lo mejor lo que ha hecho ha sido encontrar el mejor lugar del barco, seguro que podemos divertirnos todos —le respondió otro de los hombres, mientras se le acercaba.
Olía a tabaco y a alcohol e hizo el gesto de agarrarla por la cintura.
Vestido con un sencillo traje de paño, con sus gorras en el bolsillo trasero del pantalón, presentaba un descuido en el afeitado que Elisabeth nunca vio entre los caballeros a los que estaba acostumbrada a tratar.
Cuando se fijó mejor, se dio cuenta de que ese hombre no era una excepción, todos se veían parecidos; había aterrizado en un mundo que no era el suyo.
Asustada, huyó de allí y comenzó a caminar por el barco, sin poner atención a sus pasos, un error que comprobó que era grave después de una hora subiendo y bajando escaleras.
Asumió que estaba tan perdida como el pendiente de su madre y se regañó por su torpeza.
Si le resultaba fácil perderse dentro de un barco, ¿cómo se las ingeniaría si un día se despistaba en medio de la inmensa Nueva York?
La desesperación estaba a punto de hacerse dueña absoluta de su ánimo cuando vio a una muchacha.
—Perdone, señorita —le dijo, llamando su atención—. ¿Usted podría ayudarme? Me he perdido. Estoy buscando los camarotes de primera.
—No sé dónde están —contestó esta.
Elisabeth se dio la vuelta contrariada y, en el breve instante que tardó en girarse de nuevo hacia la chica, esta había desaparecido dentro de una habitación.
Rendida, y en contra de todas las normas de protocolo que había aprendido durante toda su vida, en cuanto encontró una escalera, se sentó en los escalones.
Lunes, 14 de noviembre de 1921
Nueva York
El luminoso apartamento alquilado por John ocupaba toda la planta decimosegunda de un edificio en el centro de Manhattan.
En principio no buscaba algo tan grande, pero las cartas de su hermana y Victoria le habían hecho cambiar de idea.
Mientras estuvieran en la ciudad, quería ofrecerles un espacio mucho más íntimo y agradable que la habitación de un hotel.
Por eso lo eligió, aunque sus siete habitaciones, y dos más para el servicio, resultaran excesivas para un hombre solo.
No le preocupaba su escandaloso alquiler, lo que le estaba provocando un tremendo dolor de cabeza era amueblarlo en tiempo récord.