Los cerezos de Central Capítulo 4
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Capítulo 4

Southampton

Aquel gélido sábado de noviembre, una multitud había acudido al puerto de Southampton.

Compitiendo con un desagrad able viento, el alboroto de miles de voces hablando a la vez recorría el muelle: las de los pasajeros que embarcaban por las rampas de acceso del Aurore, el enorme y bellísimo barco de la Atlantic Cross Line; las de los familiares que habían acudido a despedirlos y las de los empleados de la naviera, que en ese momento se ocupaban de los últimos preparativos antes de partir.

Elisabeth Davenport miraba nerviosa el impresionante barco desde su posición en la fila de acceso.

Nunca había subido a uno de aquellos gigantes y se sentía inquieta al pensar que debía pasar una semana entera en él, un tiempo en el que perderían de vista la tierra firme.

Victoria, por su parte, trataba de tranquilizarla; le había asegurado que todo serían comodidades en los camarotes de primera clase que ocuparían ellas y los niños y que, en cuanto llevase unas horas en la nave, todos sus temores se disiparían.

—Ya verás, hablan maravillas de este barco; antes de darte cuenta, te sentirás como en casa. Tienes que intentar disfrutar del viaje.

—¿No me marearé? —le preguntó ansiosa.

Sus miedos, desde que había puesto un pie en el puerto, bregaban con algo más grande que el vértigo que le producía el mar.

—Es probable que, hasta que te acostumbres al bamboleo, te sientas así, pero ya verás, acabará pasándose.

—Pero es que… —Tras un titubeo, dejó escapar lo que estaba pensando—: El barco en el que vino John se hundió y también el Titanic, Victoria, y este se parece mucho a ellos, con todas esas chimeneas y este tamaño tan… descomunal.

Victoria sonrió y enroscó su brazo en el de Elisabeth en un gesto de cariño.

Había pensado mucho en ello durante la semana anterior.

No solo el Lusitania y el Titanic se habían hundido.

En los cuatro años que duró la Gran Guerra, multitud de navíos acabaron en el fondo del mar y se convirtieron en la tumba de miles de seres humanos.

Pero ya no estaban en guerra y, además, había que confiar en que nada sucedía siempre de la misma manera.

Ella se había propuesto encarar la vida con algo más de optimismo y espantaba con energía los pensamientos negativos, pues no estaba dispuesta a dejarse vencer por el desaliento.

Quería mirar hacia delante y eso era lo que deseaba que hiciera Elisabeth: que abandonase todo lo que la tenía amarrada al pasado y mirara con otros ojos nuevos el futuro que se abría ante ella.

Era muy joven aún para dejarse vencer.

—No pienses en nada de eso, trata de disfrutar este viaje a Nueva York.

—¿Dónde están nuestros equipajes?

—No te preocupes por eso. Cuando lleguemos al camarote, los muchachos que se han hecho cargo de los baúles habrán dejado allí lo que les indicamos y el resto viajará en las bodegas.

Elisabeth, rendida a la evidencia de que en ese momento ya no era posible una vuelta atrás, inhaló una gran cantidad de aire antes de poner el pie en la rampa de acceso.

Giró la cabeza para mirar a su hermana y a su cuñado, que habían acudido a despedirlas, pero desde allí le resultó imposible encontrarlos entre el gentío.

Victoria le apretó el brazo para que se sintiera más arropada.

Mientras avanzaban, Catherine señalaba las cuatro enormes chimeneas y los botes salvavidas con absoluta fascinación y Evan lucía una brillante sonrisa en los labios, mientras no perdía detalle de cuanto sucedía a su alrededor.

Era la primera vez en muchas semanas que sonreía de ese modo y Victoria, al observarlo, se admiró de la capacidad de los niños para olvidar.

Le había preocupado mucho que, llegado el momento de embarcar, el pequeño recordase su anterior viaje en barco, la travesía que lo llevó hasta Inglaterra y el posterior naufragio.

Su semblante y la determinación de sus pasos cuando llegaron a la cubierta le indicaron que había pasado página.

Incluso mejor que Elisabeth, a quien el recuerdo de la tragedia había alterado el ánimo, aunque ella no hubiera visto aquel barco salvo en la prensa.

—¿Podemos decir adiós desde la barandilla? —preguntó el niño en cuanto llegaron a la cubierta reservada a los viajeros de primera clase, en la parte superior del barco.

—Claro —le contestó su madre—, buscaremos un buen lugar para despedirnos de Mary y James. Mirad, ahí hay un sitio.

Los cuatro caminaron hasta donde indicó Victoria y se situaron al lado de la barandilla.

Evan se agarró a ella con las dos manos y Elisabeth atendió el ruego de Catherine y la alzó en brazos, mientras todos buscaban, entre quienes ocupaban el muelle, a los Payne.

El niño los localizó enseguida, a pesar de que se veían empequeñecidos por la distancia, pues la cubierta de paseo de primera clase se situaba siete plantas por encima de la línea de flotación del barco.

—¡Están allí! —dijo, señalando con el dedo.

Empezó a sacudir los brazos con energía.

Mary y James lo vieron y correspondieron a su saludo emocionado con las manos.

Otras personas, a su lado, agitaban pañuelos y gorras, y el griterío era tal que apenas podía distinguirse una frase, pero miles de sensaciones se vislumbraban en cada rostro.

Algunas de aquellas despedidas se intuían definitivas.

Elisabeth tragó saliva para contener las emociones que amenazaban con desbordarla.

—Va a ser la mejor idea del mundo hacer este viaje, ya lo verás —le dijo Victoria, leyendo en sus ojos el inconfundible rastro de la melancolía.

Pasadas las once y media, todo el pasaje había embarcado y una enorme bocina anunció con su atronadora voz que soltaban amarras.

Despacio, la gigantesca mole de casi trescientos metros y más de cuarenta mil toneladas empezó a realizar las maniobras para salir del puerto guiada por el práctico que, a su lado, se antojaba diminuto.

Pocos minutos después, Southampton y su puerto empezaron a quedar atrás.

Con cada milla recorrida, la silueta de la ciudad se iba empequeñeciendo y los pasajeros, incapaces ya de distinguir a los suyos, abandonaron la cubierta para dirigirse a los que serían sus camarotes durante la siguiente semana.

Ellas aún tardaron en moverse de allí.

Elisabeth necesitaba tiempo para asimilar que la decisión que había tomado era firme y no solo no podía revertirla, sino que, con toda probabilidad, marcaría una frontera en su vida.

Tenía que permitirse ser valiente. Debía mirar hacia delante, olvidarse de vivir encerrada en sí misma y en su dolor.

Si lo conseguía y dejaba atrás el pasado, como ese puerto que cada vez se desdibujaba más, tendría la oportunidad de reinventarse.

Victoria llevaba razón, no era bueno quedarse anclado en ninguna parte, había que enfrentarse al mundo para que este no acabase con uno mismo.

La gélida mañana de noviembre, alentando a un viento que les removió las ropas, les recordó que el invierno estaba próximo. Aunque iban bien abrigados, al adentrarse en el mar, el frío se empezó a notar con mucha más intensidad. Fue como la señal de que la despedida ya había durado lo suficiente.

—¿Entramos? —le preguntó Victoria.

Elisabeth soltó las manos enguantadas de la barandilla, a la que se había asido con firmeza después de dejar en la tarima de la cubierta a Catherine. Cerró los ojos un instante, antes de asentir.

—¿Te notas mareada? —le preguntó su amiga, alertada por la lividez de su rostro.

—Creo que no. Es solo que no sé si estoy preparada.

—Lo estarás, confía en ti. América y John nos esperan y nosotros estaremos a tu lado.

Siguiendo las indicaciones de uno de los empleados de la Atlantic Cross Line, encontraron el camino hacia sus camarotes.

Mientras se acercaban, los niños brincaban delante de ellas, felices y despreocupados.

Estuvieron a punto de arrollar en su carrera a un hombre que caminaba delante de ellos al lado de una muchacha.

—¡Niños! ¡No corráis! —los regañó Victoria.

El hombre esquivó a los dos pequeños y reorientó su mirada hacia delante, pero lo pensó mejor y se giró a la mujer que había hablado.

—Perdone, ¿nos hemos visto antes? —le preguntó.

Victoria se sorprendió un segundo y después sonrió.

—Usted estaba en Brompton el otro día, yo encontré su bufanda —añadió.

—Me había parecido que era usted —respondió él—. Qué curiosa coincidencia, si me lo permite, que viajemos a Nueva York en el mismo barco. Deje que me presente. Mi nombre es Phoenix Owen y la señorita que me acompaña es Louise Newell.

—Encantada —contestó ella—. Soy Victoria Reynolds y mi amiga es lady Elisabeth Davenport.

Owen realizó una sutil reverencia a ambas, mientras la muchacha que estaba a su lado no dijo una sola palabra ni hizo gesto alguno. Parecía deseosa de buscar un lugar donde descansar. La palidez de su rostro inducía a pensar que se encontraba mareada.

—Me alegra mucho conocerlas. Si me permiten el atrevimiento, estaré encantado de compartir alguna comida con ustedes durante el trayecto hasta Nueva York, siempre que les parezca adecuado a sus esposos, que por supuesto están invitados a mi mesa.

Sería todo un halago que dos mujeres tan bellas me acompañasen.

Mientras lo decía, Owen había desviado su atención, olvidándose por un momento que era a Victoria a la que había reconocido de su visita al cementerio. Se encontraba hipnotizado por la belleza de la otra mujer. No fue nada discreto.

—Nuestros esposos no pueden poner ninguna objeción, porque ambos fallecieron —le indicó Victoria y, ante la cara de sorpresa de su interlocutor, continuó—: No se preocupe, señor Owen, no tenía modo de saberlo. Agradecemos su invitación y la tendremos en cuenta.