7 de noviembre de 1921, lunes
Londres
Residencia de los Payne
Querido hijo:
¿Recuerdas cuando me preguntabas cómo sería América, cuando hacíamos planes para ir alguna vez a visitar al tío John?
Pronto lo sabré. Al final no he regresado a Chignall, porque a finales de semana partiré con tu hermana en un barco rumbo a Nueva York.
Llevo unos días preparándolo todo y no sabría decirte cómo me siento.
Hay una parte de mí que se mantiene expectante por comprobar si lo que me dice mi hermana es cierto.
Ella cree que a mi ánimo le hará mucho bien este viaje y, en el fondo de mi corazón, quiero creer que será así, pero hay otra que se sigue sintiendo culpable.
Lucho con la necesidad de regresar a Almond Hill, a la seguridad de la tierra que me vio crecer y donde un tiempo fui feliz.
A la que te acoge por toda la eternidad.
No quiero apartarme tanto de ti, por mucho que mi hermana diga que ya ha llegado el momento de darme la oportunidad de seguir adelante.
No sé si puedo.
No sé si soportaré pensar que te he dejado atrás, como a la página leída de un libro.
Sigues siendo mi libro completo, necesito releerte para no volverme loca.
Estás escrito en mis entrañas con una tinta que habla de amor, el más grande de mi vida.
Puede que un día salieras de mí, pero dentro de mi alma se quedaron para siempre el eco de tu risa y la dulzura de tu sonrisa.
La música de tu voz diciendo tu primera palabra: mamá.
Tú me convertiste en mamá, tú me diste fuerza para soportar aquel tiempo miserable y lo llenaste de luz a pesar de todas las sombras.
Mientras estuviste, fuiste paz, Richard.
Luego… No quiero recordar ese tiempo. Hoy ese dolor lacerante se ha mitigado; empieza a parecerse a las olas, va y viene.
No han terminado los días malos en los que me faltan el aire y las fuerzas, pero se están suavizando y distanciando, y quizá es el momento de empezar a disfrutar de los buenos.
Primero, porque estoy segura de que tú no querrías verme caminar como si fuera una sombra.
Después, por Cath, que se merece tener una madre que sonría y le dedique toda su atención.
Y, en tercer lugar, por mí misma, aunque no logre encontrar razones de peso para mí.
Por eso, después de meditarlo mucho, he decidido cerrar los ojos y enfrentarme a este viaje. Tal vez, en algún lugar, esté mi razón. Veremos si no la pierdo al alejarme de ti.
Tu madre, que te adora,
Elisabeth Davenport