Los cerezos de Central Capítulo 3 #5
17%

Capítulo 3 #5

Connor sabía que lo que rodeaba a la Prohibición se enturbiaba por momentos.

Los enfervorecidos discursos de la Templanza y la propaganda, que incluso habían colado en las escuelas, habían logrado, después de casi un siglo de lucha, que se aprobara una enmienda a la Constitución, pero en su fin último, volver secos a los norteamericanos, habían fracasado.

Habían conseguido una ley, pero quienes quisieran beber tenían al alcance el licor.

No le hacía ninguna gracia que su compañero, al que consideraba un colega, hubiera desaparecido por algo relacionado con ello.

—¿Qué tiene que ver Leonard Reeds con ese local? —preguntó.

—Pues…

Ian tomó aliento para contarle lo que se había ahorrado la última vez que hablaron del tema, lo que había visto aquella noche hacía más de un mes en la puerta del Ice.

Intentó resumir y ahorrarle a Connor algunos detalles.

Cuando pensaba en la cara ensangrentada de Leonard, sentía la misma incomodidad en el estómago que aquella noche y seguía teniendo pesadillas con sus ojos, los que se quedaron abiertos cuando exhaló el último suspiro.

Por eso fue escueto y solo se detuvo en lo esencial.

—Lo dejaron desfigurado y tampoco es que lo recuerde muy bien de antes, no sé si lo vi un par de veces contigo, por eso al principio no me di cuenta de que era él.

Pero lo que sí vi fue la placa; esos tipos se la sacaron del bolsillo antes de deshacerse de él.

Por lo que he podido averiguar, no ha desaparecido otro policía en Nueva York en los últimos meses, así que estoy convencido de que tenía que ser él.

Connor se pasó la mano por el pelo antes de preguntar a Ian:

—¿Y qué crees que podemos hacer? Si el río no lo ha devuelto en todo este tiempo, dudo mucho que aparezca, solo tenemos tu testimonio. Y si lo cuentas —dijo Connor—, esa gente sabrá que los viste. No les va a hacer ninguna gracia, en cuanto se enteren serás el próximo en acabar tus días en el río.

—Lo sé, no dejo de pensar en ello, pero la madre de Reeds se merece descansar, ¿no crees?

—¿Insinúas que podemos ir a su casa y contárselo para que descanse? No se va a quedar con los brazos cruzados. Es una madre que ha perdido a su hijo y pedirá justicia.

—¡Maldita sea, lo sé! Pero tal vez tú y yo podemos investigar juntos y cuando tengamos pruebas…

—Pero ¿qué quieres investigar, idiota? ¡Lo que tienes que hacer es olvidarte de ello! Dedícate a hacer fotos en las fiestas de la alta sociedad o lo que te encargue el periódico, como llevas haciendo todo este tiempo, y olvídate de jugar a detectives.

—Connor, quiero ser algo más que un simple fotógrafo, quiero escribir. Y no he estudiado para ello, solo lo lograré por méritos.

Connor resopló, desesperado. No sabía si conocía a alguien más cabezota que Ian Brennan.

—Olvídate de esto, por favor.

Aceleró el paso para dirigirse a una de las salidas del parque. Ya era hora de que volviera con Beatrice y Luke.

—¡Espera! —dijo Ian, agarrándolo del brazo para que redujera la velocidad. Susurró, puesto que en ese momento se cruzaban con dos hombres—. Sé que hay una buena historia detrás de esto, lo presiento.

Connor lo agarró por los hombros. Estaba poniéndolo nervioso la tozudez de su cuñado.

La gente que se dedicaba al negocio ilegal del alcohol se estaba volviendo muy peligrosa.

Reeds no era el único que había acabado con sus huesos bajo el agua, de vez en cuando aparecía alguien flotando en el río.

Aunque las bandas parecían haber relajado la presión de antaño sobre la ciudad, la Prohibición empezaba a dar alas a quienes formaron parte de ellas, transformando sus negocios ilegales en uno que estaba resultando más que rentable.

Ian no tenía ninguna necesidad de meterse en algo así; por muchas ganas que tuviera de dejar de lado su faceta como fotógrafo, siempre podría hacer algo que al menos le permitiera llegar vivo a los cuarenta.

Y él tampoco tenía intención de acabar con fango en los pulmones; antes de eso, prefería olvidarse de su ascenso a detective.

—Escucha, Ian, cuéntame lo que averigües, pero no te metas en esto. Si han matado a Leo, te repito que tú seguirás su camino si te descubren.

—Por eso he venido. No soy imbécil, Connor. Llevo semanas en las que no puedo dejar de pensar en esto. He averiguado algo más. Hay una mujer en el Ice; se llama Molly y ha preguntado varias veces por él.

—¿A ti?

—¡No, a mí no! A alguien que tú conoces muy bien. Alguien que frecuenta el Ice casi tanto como yo. Paul Carver.

A Connor no le gustó el rumbo que estaba tomando la conversación. ¿Carver? ¿Y por qué parecía, como los demás, que el sargento no sabía dónde estaba Reeds? ¿Por qué no había dicho nada de sus visitas al Ice? Ningún local así era recomendable, pero de ese en concreto corrían rumores turbios.

—¿Quién es esa Molly? —preguntó Connor.

—Una muchacha que limpia allí.

—¿Y qué pinta Carver frecuentando un local clandestino?

Ian no lo sabía, lo había visto de pasada bebiendo en silencio, quizá algún día despidiéndose de un tipo bien vestido al que solo alcanzó a ver de espaldas, pero nada que llamase mucho la atención. Solo pudo encogerse de hombros.

Connor resopló.

Cuando se separaron, ninguno de los dos estaba más tranquilo que antes de verse.