Capítulo 3 #4
—En la boda de Mary, a Edward y a mí nos contó que quería abrir unos almacenes en esta ciudad y hace unos meses se presentó la oportunidad que esperaba. Esta mañana me ha llegado una carta suya; al parecer, ya está iniciando los trámites.
—¿Y por qué no sabíamos nada de eso? —preguntó Mary.
—Supongo que también os lo contará por carta.
—Tal vez haya una para mí en Chignall, le escribí hace poco. —Elisabeth exhaló un suspiro de contrariedad, mientras dejaba la servilleta sobre la mesa.
Confiaba en John para abordar cualquier imprevisto que se presentase con respecto a Almond Hill.
Si había una esperanza de volver a abrir la propiedad, sería porque John pudiera hacerse cargo de sus enormes gastos.
Si se embarcaba en negocios nuevos y resultaban ser un fracaso, la mansión de los Barton peligraría aún más.
—No te preocupes, Elisabeth, John siempre sabe lo que hace. Vamos a confiar en su instinto —dijo Mary poniendo una mano sobre el brazo de su hermana. Adivinaba sus tribulaciones, puesto que las suyas estaban siguiendo el mismo camino.
—Pero ¿¡y si se equivoca!?
—Acertará —respondió Victoria—. Elisabeth, conozco a John desde que éramos unos niños y te aseguro que es el hombre más sensato del mundo.
Creo que la única tontería que ha hecho en su vida fue…
—miró a Mary—, fue algo que al final salió hasta bien.
Confía en su criterio y en su suerte. Además, si se arruinase, te aseguro que encontraría la manera de volver a ponerse en pie. Es un superviviente.
Las dos hermanas se miraron un instante.
—Si te animas a viajar conmigo —dijo Victoria—, tendrás que decidirlo pronto; el día 12 parte el transatlántico Aurore de Southampton hasta Nueva York. Pretendo embarcarme en él.
—No tengo vestidos ni pasajes, no sé si…
Mary sabía que su hermana necesitaba salir de la burbuja en la que había vivido, aunque no estaba segura de que estuviera lista para hacerlo sola.
—No te preocupes por eso, los conseguiremos si te animas a viajar —le prometió, prestándole su apoyo.
—Pero también tendría que comprarle ropa a Cath y además es muy pequeña para un viaje tan largo.
—Deja de poner excusas o jamás lo harás —la regañó con suavidad Mary, mientras acariciaba con cariño el hombro de su hermana.
Esta suspiró. Dejó sobre la mesa la servilleta que tenía en el regazo y se levantó de la silla. Se agarró con fuerza las manos, mientras trataba de serenar el ánimo, alterado por una idea que le latía furiosa en el pecho.
—No sé si estoy preparada para alejarme de lo que me queda de mi hijo —susurró.
Victoria se levantó de inmediato y se acercó a ella. Con suavidad, le puso una mano en el brazo y la acarició, mientras le hablaba con dulzura:
—Yo tampoco estoy preparada para alejarme de lo que queda de Violet, pero no podemos permitirnos anclarnos en ese dolor. Recuerda que tenemos otros hijos. Por ellos, también es bueno que hagamos esto, porque se merecen tener unas madres felices y fuertes a su lado.
Elisabeth asintió. Ya se lo decía la señora Smith, su desconsuelo no estaba haciendo que se comportase como la mejor madre con Catherine.
Extrañaba tanto a Richard que a veces olvidaba que no estaba sola del todo.
Miró a los ojos a Mary, al retrato de su madre y después agarró las manos de Victoria.
—Acepto.
Domingo, 6 de noviembre de 1921
Nueva York
No hacía un día agradable para pasear por Central Park, lo demostraba la escasez de gente en el parque, pero Connor no había podido resistirse al ruego de su cuñado para que se vieran allí.
Mientras se frotaba las manos en un intento de templarlas, pensaba que debería haberlo despachado sin contemplaciones cuando le propuso la cita.
La calle que bordeaba el obelisco de Cleopatra, donde lo esperaba, conducía el gélido viento y empezaba a no notar los pies y a temer por la integridad de sus orejas.
Mientras se acumulaban los minutos de retraso, caminaba arriba y abajo en un vano intento por espantar el frío, almacenando también un creciente enfado; había pasado más de media hora desde la que habían acordado para verse.
Se ajustó la chaqueta, caló más la gorra y recorrió por enésima vez los alrededores de la estatua.
Ese idiota de Ian le estaba fastidiando su día libre.
Le daría cinco minutos más: si no aparecía, se iría a casa con su mujer y su hijo.
Miró el reloj para empezar la cuenta atrás y, cuando levantó la vista, lo vio aparecer, sujetándose la gorra y saludándolo con la mano.
—¡Lo siento, lo siento! Se me ha ido el santo al cielo —dijo, jadeante.
Cuando llegó a su altura, apoyó las manos en las rodillas para recuperar el resuello.
—¿Al cielo o a la boca de alguna chica? —preguntó Connor, bastante enojado, cruzándose de brazos.
Ian se tocó los labios y al mirarse la mano descubrió rastros de carmín en ella. Sacó un pañuelo para limpiarse, mientras sus ojos brillaban tras una sonrisa canalla.
—Te voy a abrir la cabeza, Ian, llevo aquí tanto rato que he estado a punto de convertirme en una estatua.
—Mira, a juego con esa —le dijo, señalando el obelisco egipcio—. Bueno, no, que esa es muy alta y tú te has quedado canijo.
Connor puso los ojos en blanco, se giró y le dio un pescozón que a Ian no le dio tiempo a esquivar.
—Si estuviera de servicio, te detendría por faltarle al respeto a la autoridad —gruñó Connor.
—Caminemos, anda, es mejor que lo que tengo que contarte no lo escuche nadie.
Ambos, en un gesto que parecía ensayado, se levantaron el cuello del abrigo, metieron las manos en los bolsillos y empezaron a andar uno al lado del otro.
—¿Qué es tan importante para que hayamos tenido que quedar con tanto misterio? —preguntó Connor.
Ian echó un vistazo a su alrededor para cerciorarse de que no tenían a nadie cerca que pudiera escucharlos. Un Ford T negro de 1915 pasó por su lado e Ian esperó a que el sonido de su motor se alejase.
—¿Recuerdas que le contaste a Beatrice que hace tiempo que en la comisaría no sabéis nada de Leonard Reeds, vuestro compañero?
—¿Cuándo te ha contado eso tu hermana?
—No me lo ha contado, se lo dijiste cuando fui a veros la última vez, yo estaba en el cuarto de Luke y lo escuché.
—Hace ya más de un mes que cada día su madre se presenta allí por si hemos averiguado algo. Desapareció en septiembre y desde entonces no hay ni rastro de él.
Ian suspiró. Sin mirar a Connor, le lanzó la información por la que había convocado aquella cita en el parque:
—Yo… Creo saber dónde está.
—¿Dónde? —preguntó Connor, parándose en seco y agarrándolo por el brazo.
En la comisaría no había día en el que no se hablase de la desaparición de Leo.
Era un tipo afable, que siempre había sido buen compañero con Connor.
Nadie entendía cómo había podido marcharse así.
Todo apuntaba a que le había sucedido algo, pero, por más que habían tratado de averiguar, su rastro se perdía una noche en la que, según su madre, se encaminaba al trabajo.
Sin embargo, eso no podía ser porque Leonard había acumulado días libres y ese no tenía que trabajar.
—Me temo que descansa en el fondo del East River —dijo Ian, soltándose del agarre y caminando de nuevo.
Connor empalideció al escuchar a su cuñado, sobre todo porque lo decía con una seguridad y una gravedad que dejaban poco margen para las dudas.
—¿Cómo…? ¿Cómo puedes saber tú eso?
Ian se volvió a parar y miró a su cuñado más serio de lo que lo había visto en los últimos años.
—¿Te acuerdas de que te conté que estaba siguiendo la pista de un local en el que se sirve alcohol?
No quiero meterme en ningún lío, Connor, solo quería tomarme una copa cuando un tipo me habló de uno en el barrio.
Conseguí la contraseña y fui, pero, una vez que estaba allí, sentí curiosidad por cómo funcionan, quiénes son las personas que los frecuentan.
Hay mucha gente cada noche en estos locales y mueven mucho dinero.
—¿No se te habrá ocurrido montar un garito de estos? —dijo Connor, temiendo una idea de las de Ian—. ¿Estás chalado? ¡La gente que empieza a controlar ese negocio es muy peligrosa!
—¿Quién te está hablando de eso? Quiero saber sobre ellos para contarlo en el periódico.
Se trataría de desenmascarar uno de estos locales para demostrar que la Prohibición solo está sirviendo para que algunos se hagan muy ricos ahora que no tienen ni que pagar impuestos por el alcohol.
¡La gente sigue bebiendo igual, aunque esté prohibido!
—¡Eso es peor! ¿Quieres que te maten? Espero que abandones la idea de inmediato.