Los cerezos de Central Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Phoenix, con el rabillo del ojo, vio moverse a un hombre a lo lejos, parecía estar esperando a Brandon.

—¿Quién es? ¿Tu nuevo amante? —preguntó—. Veo que los vas eligiendo cada vez mayores, aunque no creo que este llegue ni a mi edad…

Antes de que Brandon tuviera opción a replicarle, Phoenix reinició la marcha y se alejó de ese hombre al que odiaba con todas sus fuerzas.

No se volvió para mirarlo de nuevo ni para comprobar si sus sospechas sobre su acompañante eran ciertas.

Le daba lo mismo lo que hiciera; sin su madre, el único vínculo que lo unía a Brandon Fleet para él estaba deshecho.

Caminó con buen paso hasta la salida, después de ajustarse el cuello del abrigo. Hacía frío esa mañana. Iba tan absorto mirando al suelo que se sorprendió al notar que le faltó poco para chocar con una mujer que caminaba en sentido contrario.

—Disculpe, señora —le dijo de manera mecánica.

Ni se paró a mirarla, solo lo hizo cuando escuchó la voz de ella.

—Señor.

Phoenix se dio la vuelta y tropezó con sus ojos azules. Un rápido vistazo le dijo que era una mujer delgada, alta y de porte decidido. Se había parado y le tendía su bufanda, que debía de habérsele caído en algún momento.

—¿Es suya? —preguntó la mujer.

—Sí, perdone, iba con prisa y no me he percatado de que se me ha caído. Muchas gracias. —Se acercó a ella y la recogió de sus manos.

—No se preocupe, en este lugar uno siempre anda distraído —le disculpó ella.

Él la saludó con un ligero toque en el sombrero a modo de despedida y prosiguió su camino hacia la salida del cementerio.

Victoria Reynolds, la mujer con la que Phoenix había tropezado, lo hizo en sentido contrario.

Había acudido a Brompton para visitar el mausoleo familiar, aunque esta vez había decidido que Evan no la acompañase.

No quería someter al niño a más mañanas dolorosas, ahora que sabía con certeza que no soportaba estar allí.

Recorrió el camino que le quedaba hasta que llegó a las tumbas de su familia y, una vez allí, se quedó parada un rato, absorta en sus pensamientos.

Solo cuando una ligera lluvia hizo acto de presencia, abrió su paraguas y abandonó el cementerio.

Sábado, 5 de noviembre de 1921

Londres

Poco antes de las cinco, el timbre de la casa de los Payne, en Mayfair, anunció a la invitada del sábado.

Llegó puntual al té, envuelta en un abrigo verde con cuello y puños en piel, y tocada con un emplumado bonete en el mismo tono que su gabán.

A su lado, su hijo iba vestido con un pantalón marrón que le llegaba hasta la rodilla, a juego con la chaqueta, calcetines de lana altos y unas lustrosas botas negras.

Su madre también le había puesto un corbatín con el que parecía algo mayor de lo que era.

Bernard, tras franquearle el paso, acompañó a Victoria Reynolds y a Evan hasta la sala donde los esperaban.

—Buenas tardes —dijo Victoria, cuando entró en la habitación.

James se levantó para saludarla. Cuando la invitada le dio el gorro y el abrigo al mayordomo y se quitó la chaqueta, Elisabeth no pudo evitar admirarse de su vestuario.

Dedujo que lo habría cosido su hermana; tenía ese aire de novedad y sofisticación que recordaba tanto a Camille Leduc, la inspiración de Mary.

Aunque la chaquetilla evocase a la ropa de hombre, los detalles de esta eran muy femeninos: el lazo en el cuello d e cisne que la cerraba y las mangas ajustadas en los puños, que se ampliaban a lo largo del brazo.

Al quitarse la chaqueta, Victoria dejó ver la blusa sin mangas, confeccionada en seda de la India, de un blanco deslumbrante.

El único contraste eran sus cinco grandes botones negros.

La falda entallada, negra, que enmarcaba su exquisita figura, se cerraba con otros cinco botones blancos que se deslizaban por el lado derecho de su cuerpo, continuando el sendero de los de la blusa desde la cintura alta hasta medio muslo.

Como el largo de la falda no llegaba hasta el suelo, dejaba ver unos cómodos Mary Jane sin tacón, también en negro.

Elisabeth la envidió en silencio, le había impresionado la elegancia que emanaba.

—Evan —dijo Mary, al observar que el niño no sabía cómo proceder entre los adultos—, ¿te gustaría ir a la habitación de juegos? Sabine está allí con Alex y Catherine, creo que te divertirás más que con nosotros.

Evan miró a su madre y esta se limitó a asentir. No necesitaron palabras para entenderse. A Elisabeth el corazón se le encogió, pues Evan le traía a la memoria a su hijo Richard.

—Sentémonos aquí, creo que estaremos más cómodos para tomar el té —señaló la dueña de la casa, y todos se acercaron a una mesa situada cerca del ventanal que daba al jardín trasero.

—Mary, hay una amiga que querría que le dieras una cita en tu atelier —habló Victoria, en cuanto hubo ocupado su silla.

—Por supuesto, dile que se pase y veremos qué puedo hacer por ella. ¿Tiene alguna fiesta para la que necesite un vestido elegante?

—Me temo que sí, se va a casar.

—¡Nunca he hecho un traje de novia! —dijo Mary—. Querría haber diseñado el mío, pero la primera vez…, la primera vez no hubo traje y Camille no permitió que otra persona que no fuera ella hiciera el que usé para la boda con James.

—Pues será una buena oportunidad para que te estrenes. No lo vas a tener muy complicado: como todas, quiere satén blanco y muchos encajes, pero estoy convencida de que podrás hacer que sea original. ¿No está de acuerdo, lady Elisabeth? —preguntó Victoria.

—Estoy convencida de que mi hermana sabrá hacerlo muy bien. Pero, señora Reynolds, no creo que sea necesaria tanta formalidad —respondió ella—, puede llamarme por mi nombre, si no le importa que yo la llame por el suyo.

Esta asintió. Iba a ser mucho más cómodo, desde luego, dispensarle un trato más cercano y contarle la razón por la que estaba allí.

No era para pedirle una cita a Mary para una de sus amigas.

Antes de que pudiera comenzar a exponérsela, sonaron unos leves golpes en la puerta y el mayordomo regresó a la habitación con una bandeja de plata.

En ella llevaba el servicio de té, unas tazas de porcelana blanca con filo dorado, cucharillas de plata y servilletas de hilo, así como un plato con galletas.

Justo después de depositar todo en la mesa, se dirigió a James:

—Doctor Payne, han mandado recado del hospital. Al parecer ha habido un atropello y hay algunos heridos. Requieren sus servicios.

—Enseguida voy, Bernard —dijo, poniéndose en pie—. Avise a Sabine para que se prepare para salir conmigo. —Después, dirigiéndose a las tres mujeres que lo acompañaban, les ofreció sus disculpas por tener que marcharse—: Siento mucho no poder quedarme a tomar el té, me hubiera encantado.

—No importa, solo espero que no sea nada irreparable —respondió Mary, apretándole la mano.

—No me esperéis para la cena, quién sabe a la hora que vendré. Con su permiso, señoras.

James besó a su esposa y abandonó la sala.

Mary suspiró. En demasiadas ocasiones, James se veía obligado a interrumpir su vida familiar por cuestiones relacionadas con el hospital.

La guerra primero y la epidemia de gripe después habían dejado mermado de personal el St. George y los médicos que quedaban debían cubrir las vacantes cuando se presentaba una emergencia.

El mayordomo sirvió el té y después se retiró. Cuando lo hizo, Victoria preguntó cómo iban los estudios de enfermería de Sabine, a lo que Mary contestó orgullosa que estaba siendo una de las alumnas más destacadas de su promoción.

—Creo que en muy poco tiempo la veré todavía menos que a James —se lamentó—, pero es lo que ella quiere.

—Es esencial que las mujeres luchen por lo que desean. Estoy segura de que Sabine lo hará y conseguirá cumplir su sueño por sus propios medios —dijo Victoria, con una gran firmeza en sus palabras.

A Elisabeth le parecía que, sin el apoyo de un hombre, o al menos sin su respaldo, para las mujeres todo seguía siendo tan difícil como siempre.

Pudiera ser que algunas leyes estuvie ran cambiando, que las mujeres en los últimos tiempos hubieran ido adquiriendo ciertos derechos, pero en la práctica sabía que de poco servían frente a la costumbre de siglos y los prejuicios marcados a fuego en la sociedad.

Muchas familias nobles, sin ir más lejos, hacían oídos sordos a esos cambios y las mujeres de la alta sociedad no accedían a ciertos privilegios, por mucho que la ley estuviera de su lado.

Los mecanismos legales para pelearlos existían, pero, en caso de conocerlos, la mujer encontraba mil trabas.

A veces, muchas se ahorraban la enemistad a la que podían llevarlas con sus familias.

Sí, pudiera ser que hubieran avanzado, pero el camino que quedaba todavía era tan largo que parecía inabordable.

Ella no pensaba que Sabine fuera a tener nada fácil lograr sus sueños solo empeñándose en ellos.

Tan absorta estaba en sus pensamientos que tuvo que hacer un esfuerzo cuando escuchó de la boca de Victoria su nombre.

—Elisabeth, Mary me contó que has decidido viajar. Me lo ha dicho porque Evan y yo iremos a Boston a ver a vuestro hermano. Se lo conté a Mary y cuando tú le dijiste lo mismo…

—Hermana —dijo esta—, puede que haya sido un atrevimiento, pero creo que esto tiene que ser una señal.

—Quería proponerte que hagamos ese viaje juntas —terminó Victoria.

Elisabeth apenas había tomado la decisión de viajar, era una idea vaga que se le ocurrió en el tren y que no tenía aún un destino ni en su mente.

Ni siquiera se le había pasado por la cabeza que debía pensar en quién la acompañaría, no estaría bien visto que una mujer y una niña de su clase viajasen solas.

—¿Un viaje a Boston? —preguntó, alarmada por la distancia. A ella no se le había pasado por la cabeza salir de la isla.

—No, no iremos a Boston, John está en Nueva York —aclaró Victoria.

—¿Y qué hace allí?