Los cerezos de Central Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Hacía tres días que el enorme y lujoso transatlántico había partido del puerto de Nueva York rumbo a Southampton, al sur de Inglaterra.

Uno de sus cientos de pasajeros era Phoenix Owen, que viajaba como vivía, solo.

No había ido a despedirlo nadie al muelle y tampoco se había prodigado en conversaciones, salvo las que la cortesía requería cuando se había cruzado con alguno de sus clientes del May Tea.

Excepto sus ocasionales visitas a la sala de fumadores y las obligadas al restaurante, apenas había salido de su suntuoso camarote de primera.

Allí pasaba todas las horas revisando los asuntos que lo conducían al viejo continente, mientras se acostumbraba a la sensación de encontrarse ante un suelo bamboleante a sus pies.

No le gustaban demasiado los barcos y menos las travesías largas como aquella.

Tanto tiempo encerrado estaba empezando a ponerlo nervioso y, por eso, aquella tarde se dirigió a la terraza interior de primera clase, un espacio cerrado donde los pasajeros podían disfrutar de unos momentos de relax sentados en sus sillones de mimbre, mientras tomaban un refrigerio.

El cortante frío de aquellas fechas se quedaba al otro lado de los cristales y el lugar resultaba agradable.

Phoenix echó un vistazo y buscó una mesa vacía a la que sentarse. Casi antes de que la localizase, un camarero vestido con pantalón negro y chaquetilla blanca se aproximó a él y le condujo diligente hasta una de las que se situaban junto a la cristalera.

—Un té, por favor —pidió.

—Enseguida, señor.

Phoenix dejó el sombrero a un lado de la mesa y después se quedó mirando el mar.

A aquella hora de la tarde, cuando restaban apenas dos horas para el anochecer, el aspecto ceniciento del cielo teñía las aguas del océano.

Estas presentaban unos tonos pardos, lejos del luminoso azul de los días radiantes, y aquella sucia atmósfera parecía contagiar el ánimo del empresario.

Se frotó los ojos un instante y enseguida enderezó la espalda, en un intento de espantar los sentimientos que rondaban su mente y que tenían como protagonista la carta que reposaba en la mesilla de su casa de Nueva York.

Había releído cientos de veces aquella escueta misiva, veces del todo innecesarias puesto que las escasísimas palabras que con tenía las había memorizado a la primera.

Fueron como un dardo a lo más profundo de su ser y las responsables últimas de que aquella tarde estuviera sentado en la terraza interior de un barco de lujo, rumbo a Inglaterra.

El camarero sirvió el té con la elegancia de un mayordomo experto y él susurró un gracias que apenas se escuchó entre el eco de las conversaciones de los otros pasajeros que ocupaban la terraza.

Tardó un tiempo en tomar la taza entre sus manos, seguía perdido en la oscilación de las olas que mecía con levedad el barco, un vaivén hipnótico que llevaba días conduciéndolo a recuerdos de su infancia donde Eva, su madre, cantaba, lo agarraba de la mano, reía con él, jugaba al escondite o bailaba.

Y después, igual que habían llegado, aquellos recuerdos se fueron yendo; Eva dejó de bailar, de reír, de jugar.

Dejó de cantar y se convirtió en otra, una sombra de la persona que había sido, triste y rota, pero que fingía dignidad delante de los demás.

Phoenix, incapaz de soportar su inacción, huyó de esa actuación de su madre bastantes años antes de la guerra, poniendo un mar de distancia entre los dos.

Unos niños pasaron correteando por su lado, recordándole su propia infancia con Eva Fleet. Tomó el primer sorbo de un té que empezaba a quedarse frío.

Viernes, 4 de noviembre de 1921

Londres

Tres días después, pasado el mediodía, Phoenix Owen abandonó un despacho de abogados situado en las cercanías del Museo Británico, al que había sido convocado para recoger la herencia de su madre.

Al salir a la fría calle, se colocó el sombrero y tocó el bolsillo de su abrigo, donde notó la presencia de un pequeño paquete que contenía todo lo material que se llevaría a N ueva York: un anillo, un juego de pendientes de perlas y una fotografía, así como un abultado sobre.

Se detuvo un instante para repasar sus siguientes pasos.

Primero haría una visita. Al día siguiente, encargaría que se celebrase un oficio religioso en memoria de su madre, revisaría la casa de sus abuelos antes de ponerla a la venta y, en cuanto encontrase un pasaje, regresaría a Nueva York.

Nada lo ataba ya a esa ciudad que lo vio nacer.

Echó una ojeada a ambos lados de la calle y, cuando encontró un momento en el que el tráfico de coches, bicicletas y carruajes parecía más despejado, cruzó hasta el otro lado.

Veinte minutos después, andando a paso tranquilo, llegó a la confluencia de Regent Street con Mortimer, donde lo esperaban.

Observó el edificio. Londres había cambiado desde que se marchó, pero no lo suficiente como para no recordar algunos lugares, que parecían indemnes al paso del tiempo y a los avatares de la historia.

Tocó el timbre y se mantuvo expectante hasta que un hombre salió a recibirlo. Después de darle su nombre, lo hizo pasar a una sala en la que le indicó que esperase. Al cabo de un minuto, frente a él apareció la impresionante figura de Ted Pribby. Los ojos claros de este escrutaron a Phoenix.

—Tienes buen aspecto —le dijo.

—Tú tampoco te conservas mal —respondió este, mientras le ofrecía la mano y se daban un apretón.

A un gesto de su anfitrión, Owen tomó asiento en unos sillones situados frente a una mesita baja.

Sobre ella, un par de candelabros y un armonioso centro en un jarrón, compuesto de hortensias azules, rosas color melocotón, leucadendro , eucalipto otoñal y espigas, delataban un gusto en la decoración que a Phoenix no le encajaba con el de Pribby.

—¿Te apetece una copa de brandi? Tomárselo sabiendo que no te estás saltando la ley puede ser relajante —comentó este.

—Adelante.

Ted sirvió dos copas, mientras continuaba hablando con Phoenix.

—La verdad es que me sorprendió que decidieras venir en persona, creía que confiabas en los intermediarios —le dijo, a la vez que le ofrecía la copa y se sentaba con la suya en las manos.

—Tenía algo que solventar en Londres y he pensado que no estaba de más una visita.

Ante la mirada interrogante de Pribby, Owen añadió la información que a este le faltaba:

—Mi madre ha muerto.

Ted lo miró muy serio antes de ofrecerle sus condolencias. No estaba muy pendiente de los asuntos sociales y no se había enterado del fallecimiento de Eva Fleet.

—Hablemos de lo que nos interesa —dijo Phoenix, quitándole importancia al gesto educado de su anfitrión—, ¿para cuándo tendrás lo que te pedí?

—Antes de Navidad estará en tus manos. Llegará a través de Canadá.

—¿Cómo nos comunicaremos?

—Lo sabrás cuando llegue el momento, no tengas prisa —respondió Ted—. Yo me ocuparé de los detalles.

Phoenix sacó un abultado sobre del bolsillo interno de su abrigo y se lo mostró a Pribby antes de depositarlo sobre la mesa, entre los candelabros y las flores.

—Lo que me pediste y un adelanto para la próxima vez.

—No era necesario, ya sabes que confío en ti.

—Y yo en ti, pero prefiero dártelo en persona. Además, hay algo de lo que quiero que te ocupes. Debo volver a Nueva York en cuanto encuentre un pasaje y no tendré tiempo.

Ted se puso cómodo para escuchar la petición de su amigo.

Después de los escasos minutos que tardó en explicárselo, bebió despacio de su copa y se tomó un tiempo para responderle.

Hacía años que se conocían y sabía las razones que había detrás de su decisión; quizá las entendía, pero no las compartía en absoluto.

No se lo hizo saber, solo se movió incómodo en el sofá y, después de exhalar un suspiro, le dio su respuesta:

—De acuerdo, pero tú a cambio me harás un favor.

Tengo una sobrina que debe salir del país de inmediato.

El papeleo está hecho, pero me han contado que en inmigración, desde la guerra, todo ha cambiado.

Para que le permitan entrar en Estados Unidos necesita llevar cierta cantidad de dinero.

—Ted abrió el sobre y le devolvió a Owen parte de su contenido—.

Consigue que entre en el país sin problemas.

—¿Y después?

—Tú solo asegúrate de que monta en ese barco y llega a Nueva York. Es importante que no regrese a Londres. No necesito saber nada más de ella.

Sábado, 5 de noviembre de 1921

Cementerio de Brompton

Londres

El oficio religioso programado para el sábado por la mañana apenas duró media hora y a él acudieron muy pocas personas.

Tras concluir y presentar sus respetos a Phoenix, desaparecieron.

Solo él se quedó un rato más frente a la reciente tumba de su madre.

Debía despedirse, pero las palabras que quería dedicarle parecían esquivas.

Se mezclaban con los reproches de otro tiempo y la lucha interna lo estaba ahogando.

Se dio la vuelta, dispuesto a abandonar el cementerio.

Al girarse, a unos cuantos metros, le pareció distinguir la figura de Brandon Fleet.

No podía creer que hubiera tenido la desfachatez de presentarse en aquel lugar, así que supuso que se había confundido y no se trataba de él.

Al fin y al cabo, llevaba años sin ver a su padre, tantos que podía haber cambiado y la distancia podría confundirle.

Se dispuso a caminar hacia la salida de Brompton, pero entonces el hombre se le acercó y no le quedaron dudas. Era Brandon.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Phoenix.

—He venido a despedir a tu madre.

—¿No te parece suficiente lo que le has estado haciendo toda la vida? Podrías al menos dejar que descanse en paz —le espetó Phoenix, con desprecio.

—Hijo…

—¡No me llames hijo, no soy tu hijo!

—Lo eres; aunque reniegues de ello, siempre lo serás.

—Si logré deshacerme de tu apellido, también podré lograr borrarte de mi vida. En mis sentimientos solo ocupas un lugar despreciable.