Los cerezos de Central Capítulo 3
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Capítulo 3

Londres

Aquel frío martes de noviembre, Elisabeth se trasladó hasta Londres en el expreso de la mañana, acompañada por la señora Durrell y Catherine.

Cuando llegó a la residencia de los Payne, su hermana Mary no tuvo paciencia para que Bernard, el mayordomo, las condujera a la sala donde recibían a las visitas.

Se le adelantó para abrir y, en cuanto las vio en las escaleras de su casa de Mayfair, se lanzó a los brazos de Elisabeth.

Ambas permanecieron durante unos segundos apretadas la una contra la otra, hasta que la mayor reaccionó.

—Te he echado mucho de menos —le susurró al oído.

—Y yo —le dijo Mary, separándose de ella y tomándola por las manos—. Me alegro de que hayas decidido venir.

Elisabeth sonrió. Se soltó de ella y fijó sus ojos en el vestido de Mary, un traje en seda salvaje azul ártico que favorecía muchísimo a su tono de piel.

El tejido drapeado ocupaba una franja en el pecho y, de ahí hasta las caderas, el ligero bordado lucía enmarcado por dos puntillas de encaje.

A partir de la inferior, se desplegaba una falda de amplio vuelo que le llegaba hasta los tobillos.

Un chal, con similar bordado que la parte central del vestido, cubría sus brazos.

—Estás preciosa, hermana. ¿Lo has hecho tú?

—Sí. ¿Te gusta?

—Siempre me han fascinado tus vestidos; cada vez te superas más.

—Vamos dentro, hace frío aquí —le contestó Mary, después de sonreírle.

Las hermanas entraron en el hall de la casa seguidas por la señora Durrell y Catherine. Mary se agachó para saludar a su sobrina con un abrazo y un montón de besos que la niña devolvió con agrado.

—Eres una beldad, Catherine, cada vez te pareces más a tu madre —le dijo.

—¿Puedo jugar con Alexander? —preguntó esta, ignorando el halago.

Alexander James Payne era el hijo de Mary y el doctor James Payne, y apenas tenía diez meses.

—Claro que sí, cariño, dentro de un ratito, ahora tienes que cambiarte de ropa, estarás cansada tras el viaje. Bernard, acompañe a la señora Durrell y la señorita Catherine a su cuarto.

—Sí, señora —dijo este, y se agachó para agarrar las maletas.

La señora Durrell recogió el abrigo y el sombrero de Elisabeth y se marchó tras Bernard. Las dos hermanas se encaminaron hacia la salita que se asomaba al patio trasero de la casa.

—Si no hiciera tanto frío, pediría que nos sirvieran un refrigerio en la terraza, pero noviembre no concede esos lujos en Londres.

—Tu casa es muy acogedora, Mary —le dijo Elisabeth.

—Me alegro de que te guste —contestó esta, a la vez que abría la puerta de la sala e invitaba a su hermana, con un gesto, a sentarse en uno de los sofás al lado de un pequeño mirador acristalado que la conectaba con el jardín.

Una chimenea de mármol, situada frente a la puerta, caldeaba el ambiente y, sobre ella, habían colocado el retrato de la condesa. Elisabeth lo observó emocionada.

—Llegó ayer —le dijo Mary, posando la mano en el brazo de su hermana.

—Parece mucho más grande que en la biblioteca.

—Elisabeth, esta casa es diminuta en comparación con Almond Hill —señaló la pequeña de las Davenport.

—Es un palacio al lado de la de Chignall.

—Te acostumbrarás. ¿Cómo está la señora Smith?

—Muy bien, anda como loca haciendo bizcochos para los vecinos, quiere presentarles sus respetos.

Mary sonrió, pues aquel comportamiento era muy propio de Abigail.

—Y tú, ¿cómo estás tú? —le preguntó Mary.

Elisabeth respiró con decisión y se irguió en el sillón.

—Bien, estoy bien.

Mary la miró ladeando la cabeza y su silencio le dio a entender que no estaba del todo de acuerdo con ella.

—Todo lo bien que se puede —continuó Elisabeth, con la voz temblando como una nota que se esforzase en sonar afinada. Enseguida cambió de tema—: ¿Cuándo voy a ver a mi sobrino?

—Sabine lo ha sacado a dar un paseo, enseguida llegarán, y James tampoco puede tardar mucho —le respondió Mary.

Unos ligeros toques sonaron en la puerta y al momento el mayordomo entró en la habitación para preguntar si necesitaban algo. Mary le pidió que les preparase un té. Tras una reverencia, Bernard se marchó.

—Te pido que le disculpes si hace algo inapropiado —le dijo Mary a Elisabeth, cuando Bernard ya no podía escucharla—. No está en condiciones de trabajar, es muy mayor y su memoria a veces no va todo lo bien que debería, pero no queremos herir su orgullo. Hacemos como si no nos diéramos cuenta.

—¿Y por qué lo contratasteis si no está en condiciones de trabajar?

—James lo conoce desde que era niño. Lo encontró enfermo, malviviendo en una habitación espantosa cuando se quedó sin empleo tras la gripe y lo trajo a casa para que sus últimos años los pase con dignidad.

Ninguno quería que trabajase, pero fue la condición que Bernard puso para aceptar nuestra ayuda.

A Elisabeth no le extrañó lo más mínimo que Mary hubiera estado de acuerdo en acoger en su casa a un anciano sin familia; ya lo había hecho con Virginia y Sabine cuando apenas eran unas niñas.

El corazón generoso y compasivo de Mary se reflejaba en cada gesto de su vida, tal vez porque en el pasado se había visto en aprietos en los que solo la empatía de otros la ayudó a reponerse y encontrar dentro de sí misma la iniciativa para salir adelante. La admiraba por ello.

—Elisabeth, cuéntame qué es lo que está pasando en Almond Hill.

La hermana mayor cerró los ojos y volvió a abrirlos tras un suspiro.

—Mary, no he sabido gestionar la propiedad —se lamentó—. Es tan complicado… Y el administrador no me ayuda lo más mínimo. Expone los problemas, pero no me indica qué podríamos hacer. A veces siento que incluso le molesta tener que darme explicaciones.

—Bienvenida al mundo real —dijo Mary, con ironía.

Sabía a lo que se refería su hermana. Cuando había abierto su negocio, más de una vez había tenido que contar con la ayuda de James para sortear algunas cuestiones legales que aún seguían vetadas para la iniciativa de una mujer.

—Te juro que más de una vez le hubiera lanzado un pisapapeles a la cabeza, pero tras la gripe he sido incapaz hasta de replicarle. Lo he arruinado todo, Mary —se lamentó.

—Eh, escucha: no era tu obligación encargarte de algo así, es una tarea de los tres. John y yo delegamos en ti y sabemos que has hecho todo lo que ha estado en tus manos. Más de lo que nadie hubiera podido en tus circunstancias.

—Espero que podáis reabrir la casa y ayudaros con ello, pero ahora me es imposible; mi cabeza no me da tregua. Mary, quiero pedirte algo. —Elisabeth se irguió muy seria tras decirle aquello—. Quiero que me ayudes a vender algunas de mis joyas.

—¡De ningún modo! No es necesario que las vendas, John y yo te ayudaremos si necesitas dinero en Chignall. Nosotros…

—No es por eso. Quiero… —Tragó saliva—. Necesito hacer un viaje.

—¿Un viaje? —preguntó extrañada Mary—. ¿Un viaje adónde?

—No lo sé aún, pero necesito alejarme una temporada.

No puedo sacudirme esta tristeza que me invade desde que murieron papá y mi niño.

Lo he venido pensando en el tren. No puedo seguir así.

Tengo que hacer… algo…, algo que me ayude a…

, porque…, porque, Mary, no quiero vivir, pero Cath…

Ella no me tiene nada más que a mí y ahora mismo no estoy siendo una buena madre.

Creo que, si me alejo de Almond Hill, algo más que solo haberme trasladado a Chignall, a lo mejor encontraré la manera de volver a respirar con normalidad.

Con las últimas palabras, la voz acabó de rompérsele y la melodía que compuso terminó en un suspiro ahogado.

—¡Elisabeth! —Mary le agarró las manos—.

Yo te apoyaré en lo que precises, estoy de acuerdo contigo en que necesitas nuevos aires.

No has vivido aún —le dijo—. Charles no te lo permitió y, desde que papá y Richard no están, solo estás sobreviviendo.

Estoy de acuerdo en que hay un mundo enorme ahí que puede hacerte feliz.

Cuando regreses, te sentirás mejor y encontrarás ese camino que ahora se te resiste.

Te mereces ver el lado bonito de la vida, llevas mucho tiempo entre sombras.

Pero, si solo necesitas cambiar de aire, podrías quedarte con nosotros en Londres.

Su hermana mayor iba a decirle algo, pero se oyó la puerta, voces fuera y al poco entró James en la habitación. Ambas se levantaron para dar la bienvenida al apuesto doctor Payne. Este les devolvió una sonrisa y saludó a su cuñada con un ligero beso en la mejilla.

—Me alegro mucho de verte, Elisabeth.

—Igualmente, James.

—Me muero de hambre —dijo el médico—. Si me disculpáis, voy a refrescarme, a cambiarme de ropa y os veo en la comida, solo he pasado a saludar.

—No tengas prisa, cariño, Sabine aún no ha llegado con Alex —informó Mary.

James, antes de abandonar la habitación, dio un beso en la mejilla a su mujer y durante un instante se miraron.

Elisabeth envidió la complicidad que veía en sus ojos, esa corriente de afecto que ella jamás había sentido con un hombre.

También eso lo echaba de menos en su vida, alguien con quien solo fuera necesaria una mirada para entenderse, no un pacto económico que a saber si acabaría como su primer matrimonio.

Una complicidad extraordinaria en la que no hicieran falta las palabras, que alegrara los días buenos y consolase los malos.

Lo que Mary y James tenían.

Martes, 1 de noviembre de 1921

Océano Atlántico