Los cerezos de Central 25 de octubre de 1921, martes
13%

25 de octubre de 1921, martes

Chignall

Residencia de Elisabeth Davenport

Querido hijo:

Hoy es martes y el día ha amanecido frío.

He salido de la casita de Chignall temprano para pasear por los alrededores y me he perdido un rato por el camino que bordea el arroyo.

El otoño y sus lluvias han llenado el suelo de un suave musgo que cede bajo los pies y que devuelve una sensación agradable.

Me ha hecho sonreír al recordar lo que te gustaba andar descalzo sobre las alfombras de Almond Hill y lo que le molestaba a tu abuelo.

Seguro que habrías disfrutado muchísimo con este paseo sobre la tierra húmeda; me hubiera costado que no tratases de deshacerte de tus za patos.

En mi tranquilo paseo, he escuchado pájaros, ranas y algún ladrido de perro a lo lejos. Incluso me ha parecido oír los cascos de un caballo que alguien llevaba al galope. Me han recordado que te gustaban los animales, igual que a tu hermana; estoy segura de que te hubiera encantado vivir aquí.

Sé que si alguien supiera que te escribo esta carta, me encerrarían, pero está siendo la mejor manera de consolar mi alma desde que te marchaste para siempre, mi niño.

Cuando me he sentado frente al papel en blanco y mis manos temblorosas han conseguido trazar las primeras letras, cuando he vencido la resistencia que mi propia mente imponía para cumplir este deseo que me ha acompañado en el paseo, ha sido como si te tuviera delante de nuevo.

Como si la vida no te hubiera arrancado de mis brazos tan pronto.

Hacía mucho que no me sentía tan bien.

Escribirte empieza a ordenarme por dentro y creo que me ayudará a no enloquecer de sufrimiento, aunque a veces pienso que eso ya no tiene remedio, que contigo se fueron mi cordura y mis ganas de vivir enteras.

Te pienso todo el tiempo, me aferro a todos los recuerdos que conservo de ti y los mimo, porque sé que son los únicos que tendremos.

He dejado de luchar contra la tentación de lo que consideraba un desvarío, me estoy dejando arrastrar por él y siento que, lejos de perjudicarme, escribirte me calma.

Deja que te cuente, mi amor, deja que tu madre te hable así y no solo dentro de esta cabeza que a veces estalla de dolor.

Deja que imagine que sigues vivo en alguna parte, aunque solo sea en esta hoja de papel.

Quiero contarte que en una semana viajaré a Londres con tu hermana para visitar a la tía Mary.

Le he enviado el cuadro de mi madre, ese que estaba sobre la chimenea de la biblioteca.

Ese que tú me preguntabas siempre si era yo, de tanto que nos parecemos.

No sé cuántos días tardaré en regresar, esa idea me aturde.

Si me voy, me alejaré de lo que queda de ti en la tierra, de esa tumba que custodia tus restos.

No sé cómo me voy a sentir cuando tenga que afrontar esa otra separación.

Quizá por eso te he empezado a escribir. Para llevarte conmigo donde vaya.

Para poder tenerte siempre a mi lado, esté donde esté.

Tu madre, que te ama por encima de todo,

Elisabeth Davenport