Los cerezos de Central Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

Mary escuchó el timbre de la puerta de su atelier, levantó la vista de la labor y miró el reloj que presidía una de las paredes de su taller en Mayfair, a un par de calles de Hyde Park.

Su rostro reflejó confusión; las ocho era una hora demasiado temprana para visitas.

Con cuidado, dejó a un lado el vestido al que estaba añadiendo pedrería y se asomó a las escaleras de caracol enmoquetadas que comunicaban el taller de la segunda planta con la sala en la que se realizaban las pruebas.

Su mirada tropezó con la muchacha de servicio, que subía acelerada.

—Señora Payne, es la señora Reynolds.

—Acompáñala a la sala de pruebas y después vuelve aquí, necesito que ordenes algunas telas.

—Sí, señora.

Cuando la chica salió, Mary abandonó la escalera y se miró en el espejo de pie situado en un rincón del taller.

Se deshizo de unos cuantos hilos prendidos al vestido y se atusó algo el pelo.

No pudo evitar sonreír, le encantaba cómo le sentaba su melena corta combinada con aquella ropa sofisticada que diseñaba Camille en París y que ella había empezado a copiar para sus clientas de Londres.

La muchacha regresó unos minutos después y le comunicó que Victoria Reynolds la esperaba.

Mary, con una sonrisa, le dio las gracias y bajó la escalera.

—¡Victoria! —le dijo en cuanto la vio, antes de descender los últimos escalones—. ¿Qué haces aquí tan temprano? ¿Tienes algún imprevisto que haga necesario que me dé mucha prisa en terminarte un vestido? —preguntó Mary.

—No pienso acudir a ninguna cena ni reanudar mi vida social, si es lo que me estás preguntando de manera tan poco sutil, Mary.

La joven se mordió el labio a modo de disculpa y con un gesto le indicó a Victoria que se sentasen en unos sillones frente a los grandes ventanales que inundaban de luz el atelier. Le pidió a su empleada que les trajera un té.

—Cuéntame —le dijo.

—Voy a hacer un viaje —contestó Victoria.

—¿Un viaje?

—Sí. Quizá a Evan y a mí nos venga bien. Mi hijo está muy triste.

—¿Y tú? ¿Cómo estás tú? —preguntó Mary.

Victoria se encogió de hombros.

—Sabré reponerme —le dijo, con serenidad—, pero Evan todavía es muy pequeño y tiene que aprender. Quiero poner ante sus ojos algo más que la desolación que se ha quedado en nuestra casa.

Los visillos se movieron a través de la ventana abierta y Mary se levantó a cerrarla; entraba una brisa cortante desde el exterior.

—Si es mal momento —continuó Victoria—, puedo venir más tarde.

El atelier lucía el desorden de primera hora de la mañana.

La alfombra que ocupaba el centro de la habitación permanecía recogida para limpiar debajo.

El tablado en el que se subían las clientas para las pruebas se arrinconaba junto a un perchero, en esos momentos desocupado.

Al otro lado de la estancia, los sombreros y tocados habían abandonado la exposición y reposaban amontonados en una mesita del fondo.

Aquel desbarajuste temporal era el preludio de un día ocupado y de un negocio que siempre buscaba ofrecer un ambiente pulcro a sus clientas.

Mary sonrió. Le importaba poco que Victoria fuera testigo de ello, pues su estrecha relación permitía esa familiaridad.

—Tú nunca eres inoportuna. ¿Dónde piensas ir? ¿Tal vez una visita a Bath o a las Highlands?

Victoria negó con suavidad.

—Evan quiere ver a tu hermano John.

—¿Vas a ir a Boston sin avisarle? —preguntó Mary.

—No, le he enviado una carta para anunciarle mi visita, aunque todavía no me ha contestado. ¿Pasa algo con él?

Se alarmó ante la pregunta de Mary. Tal vez su presencia pudiera resultarle inoportuna.

En las cartas que intercambiaban, los temas se centraban en Evan y cómo se encontraba ella tras la pérdida de su familia durante la epidemia, pero hacía tiempo que John no le hablaba apenas de sí mismo, salvo alguna frase sobre la marcha de los grandes almacenes.

A su vida personal nunca hacía referencia.

La reacción de Mary le hizo pensar que tal vez John hubiera encontrado a alguien.

Quizá a Evan le vendría bien verlo, pero a ella…

Tragó saliva y se sobrepuso al sentimiento de incomodidad que el pensamiento instaló en su pecho.

John formaba parte de su pasado, una muy importante, pero quizá él no sentía lo mismo por ella.

—No pasa nada con mi hermano, Victoria, es solo que me ha sorprendido tu decisión.

—No tengo previsto quedarme más de tres meses, solo quiero que Evan pase un tiempo con él.

—Creo que es una buena idea. Dale abrazos de mi parte cuando lo veas y dile que recuerde que tiene una hermana esperándolo en Londres —contestó Mary, mirándola con ternura y suspirando de añoranza.

—Descuida, lo haré.

—Termina el té y acompáñame al taller. Tengo que enseñarte algunos bocetos. Son tan divinos que no vas a saber qué vestido elegir.

—¿Ahora recibes a tus clientas en el taller?

—No, por supuesto —sonrió Mary—, solo a las que quiero como a una hermana y llegan antes de que nos dé tiempo a limpiar.

Los grandes espejos frente a la cristalera que se abría a una elegante calle de Londres presenciaron la carcajada de dos amigas, casi hermanas, y reprodujeron su imagen subiendo por la escalera de caracol hasta el taller.

Allí, Victoria no pudo más que admirar los espectaculares diseños de Mary Payne. Se había convertido en una digna alumna de Camille Leduc.