Capítulo 2 #3
En los pocos días que permaneció allí, John descubrió que Nueva York escondía muchas ciudades entre sus calles.
A medida que iba conociéndola, constató que era insomne, aunque paradójicamente despertara los sueños de la gente que llegaba a ella buscando fortuna.
Tan pronto el olor a alcantarilla revolvía el ánimo como la fragancia de cientos de plantas inundaba el aire al acercarse a uno de sus grandiosos parques.
Era la ciudad de las constantes prisas, donde se podía tomar un tiempo de relax en uno de sus elegantes hoteles.
Era bullicio y desorden en medio del plano más ordenado del mundo.
El silencio se vendía tan caro en Nueva York que no tenía ningún postor: si no lo rompían las sirenas de los barcos que cruzaban el Hudson o el East River, lo hacía la suma de las voces de los miles de personas que vivían en ese enorme hormiguero o el sonido de los cientos de grúas y de andamios que día a día modificaban su línea del cielo buscando conquistarlo.
Nueva York, desde luego, no era Boston, pero tampoco era parecida a ningún lugar que John hubiera visitado alguna vez.
Aquella mañana, tras recoger su equipaje del Plaza, volvió a Penn Station y tomó el tren de vuelta a Boston. Por la tarde, ya en su oficina en los almacenes Lowell, recibió la visita de Albert Moore.
—¿Qué tal tus días en Nueva York? —le preguntó este, a la vez que se recostaba en la silla frente al escritorio de John.
—He localizado un local céntrico, aunque todavía no he encontrado apartamento —le contestó, haciendo a un lado los papeles que revisaba hasta que Albert llegó.
—Confiesa, pensabas quedarte para siempre en el hotel. Me han dicho que el trato en el Plaza es espectacular.
—Y no te han engañado, lo es —afirmó—, pero no te gustaría vivir siempre en un hotel por muy bien que te traten. He dejado a Andrew Wilson buscando apartamento.
—¿Ese tipo es de fiar?
—¿Wilson? Me pareció un caballero cuando lo conocí en Boston y he reafirmado esa sensación en Nueva York, es muy eficiente. ¿Qué tal todo por aquí estos días? —preguntó John.
—Controlado.
—¿Problemas con White?
—¡Bah! —Hizo un gesto despectivo con su única mano—. Ese White no es más que un imbécil, de momento no ha hecho nada por lo que debamos preocuparnos. Felicia lo mantiene a raya.
—¿Novedades?
—Hemos tenido un incremento de ventas en la sección de muebles y la colección de vestidos que ha mandado Camille Leduc desde París para Navidad se está produciendo en los talleres a buen ritmo. Hay cientos de encargos.
—Entonces, está claro que no me necesitáis para nada aquí —dijo John, con una media sonrisa.
—Creo que sí, Felicia me dijo que has recibido un par de cartas que requieren tu atención.
—¿Un par de cartas?
Felicia, que se acababa de enterar de que John estaba en los almacenes, tocó en la puerta y entró en ese momento sin esperar a que le franquease el paso.
—Buenas tardes, querido. —Miró a Albert, que seguía repantingado—. Y buenas tardes a ti también.
Albert sonrió ante la mueca de desagrado de Felicia y se levantó de la silla.
—Yo me voy, creo que tendréis que hablar. Felicia, estás preciosa hoy, ¿te lo he dicho? Ese vestido te sienta de maravilla.
Felicia se ahorró un comentario hasta que vio salir a Albert del despacho.
—¡Es insufrible!
—Vamos, solo te ha lanzado un piropo. ¿Sigues enfadada con él? Me ha dicho que por aquí ha ido todo bien y que White no ha causado problemas —dijo John.
—¿Todo bien? ¿Te ha contado que tuve que reprender a una de nuestras empleadas?
La cara de sorpresa de John pareció que traía una pregunta, pero Felicia no le dejó hacerla, se sentó en la silla que momentos antes ocupaba Albert y se acercó a la mesa.
—La pillé probando uno de los colchones con Albert cuando habíamos cerrado el pasado martes.
John abrió la boca y estuvo a punto de reírse.
—¡Ni se te ocurra! —le gruñó Felicia, adivinando sus intenciones—.
Ese hombre parece un pulpo, aunque solo tenga un brazo.
Te juro que estuve tentada de despedirlos a los dos, aunque te enfadases; seguro que él tuvo más culpa que esa chica.
¡Es un embau cador, siempre con su galantería y sus piropos!
Pero es tu protegido, así que me contuve.
¡Solo por esta vez, John! No puedo tolerar ese comportamiento y mucho menos que llegue a oídos de Emily White. Nos despellejaría.
—¿Por eso no has despedido a nuestra empleada?
—¡Por supuesto! He amenazado con hacerlo si se sabe o si se repite, pero tienes que hablar con Albert y decirle que deje de coquetear con las empleadas y con las clientas, o nuestra reputación se vendrá abajo en menos que canta un gallo.
—¿Solo te pasa eso con Albert?
—¡Pues claro! ¿Qué estás insinuando…?
John fingió ponerse muy serio antes de negar con la cabeza.
—Hablaré con él, no te preocupes.
—Es un crío, John, siempre está haciendo tonterías. No sé por qué se las consientes.
John se anotó hablar con Albert, sabía que todo aquello formaba parte de su carácter extrovertido y era producto de su juventud, pero no podía excusarlo eternamente.
—Tendré una charla con él, descuida. Me ha dicho que todo va bien en los almacenes.
—Por lo demás, sí, todo funciona a la perfección, pero no se te ocurra mandarlo a Nueva York si se sigue comportando así. ¿Has logrado encontrar un local?
—Sí, se lo estaba contando cuando has entrado.
Creo que los modelos de Camille van a causar sensación y llevaremos los complementos más exclusivos de Europa.
La gente empieza a recuperar las ganas de gastar dinero y tenemos que aprovecharlas.
Oye, ¿qué es eso de las cartas que me estaba diciendo Albert cuando has entrado? —le preguntó John, cambiando de tema.
Felicia se levantó y se dirigió hasta una estantería, donde había dejado las dos misivas que llegaron con pocos días de diferencia. Se las tendió a John.
—Vienen de Inglaterra y ambas con el sello de urgentes, por eso las trajeron aquí desde tu casa. Tu personal de servicio sabía que no pasarías por allí sin dar una vuelta primero por los almacenes.
John miró los sobres. Una de ellas procedía de Londres y la otra de Almond Hill: Victoria y Elisabeth se ponían en contacto con él.
Se alarmó, quizá a su familia en Inglaterra le estaba sucediendo algo.
Rasgó con impaciencia el sobre de la que procedía de Almond Hill y leyó preocupado que su hermana había decidido cerrar la casa.
Después tomó la de Victoria. Se comunicaban de vez en cuando, pero el sello de urgente le hizo ponerse en guardia.
Felicia, sabedora de lo que había sucedido entre Victoria y John en el pasado, se levantó para retirarse y darle intimidad, pero él la retuvo con un gesto mientras leía el contenido de la carta.
—Victoria quiere venir a visitarme, Evan está muy triste.
—¿Qué vas a hacer?
—Ofrecerles mi hospitalidad, yo también tengo ganas de verlos.
Felicia suspiró.
No sabía cómo se sentiría al conocer a Victoria.
Martes, 25 de octubre de 1921
Londres