Los cerezos de Central Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

A mediados de septiembre de 1920, cuando había salido a probar su recién estrenada Kodak Pocket, tropezó con el atentado en Wall Street, el más sangriento que había vivido Nueva York hasta ese momento.

Al mediodía de aquel jueves, un carro tirado por caballos se detuvo en la puerta del banco J.

P. Morgan. A él no le pasó desapercibido, porque vio bajarse con rapidez al cochero y le recriminó que casi le tirase su recién comprada cámara con las prisas que llevaba.

Ian tan solo acababa de doblar una esquina cuando escuchó una enorme detonación.

Después de unos segundos de desconcierto, retrocedió para averiguar qué había pasado y el horror se hizo presente ante sus ojos.

El espectáculo era dantesco: coches destrozados y volcados, edificios dañados y montones de cadáveres y heridos regados por la calle.

Ni lo pensó; disparó la cámara que había comprado con otras intenciones y consiguió unas fotografías de los primeros instantes de caos.

Aquellas imágenes plagadas de muerte y desolación fueron su pasaporte para entrar en el servicio fotográfico de The New York Times , para el que ejercía de fotógrafo desde el atentado.

En los meses siguientes, aprendió el oficio de los mejores —Clarence Hudson White le había dado clase— y era uno de los reporteros gráficos más osados, aunque hacía tiempo que aspiraba a algo más.

—¿Qué ha ocurrido esta vez?

—Sigo una pista en un negocio ilegal de alcohol.

—¿Y necesitas dinero para eso? ¿Piensas emplearlo en emborracharte mientras investigas? ¡Vamos, Ian! En la Policía sabemos que hay muchos locales como ese, no es tan extraordinario.

—Creo que ahí se cuece algo mucho más turbio, Connor.

Este lo miró con absoluta desconfianza.

—¿Algo como qué?

—No es una tontería. Quiero saber si estarás para echarme una mano si lo necesito.

—Está bien, desembucha.

Connor, resignado, escuchó con atención a Ian y fue empalideciendo a medida que le contaba lo que había presenciado unos días antes, a pesar de que parte de la información, la que se apoyaba tan solo en una hipótesis y oscurecía más el asunto, Ian se la guardó.

—Más te vale no meterte en un lío y no arrastrarme a mí, o tu hermana me cortará las pelotas.

Ian sonrió, acababa de darse cuenta de que podía contar con él. Como siempre.

Lunes, 10 de octubre de 1921

Londres

Después de la cena, Victoria le pidió a Evan que se sentasen en el salón para hablar del viaje que tenía en mente. Había rescatado un atlas de la biblioteca de su difunto esposo y pretendía enseñarle al niño dónde estaban los lugares que le parecían más interesantes.

—Creo que es un buen momento para que salgamos de Londres, si estás de acuerdo, claro está.

—Si tú quieres —respondió el niño con timidez.

—No, Evan, tenemos que querer los dos.

El niño la miró durante un breve instante y después asintió.

—He estado valorando opciones. —Victoria abrió el libro—. ¿Qué te parecería un viaje por Europa?

Evan se encogió de hombros. A él no le decían nada aquellas imágenes trazadas con tinta sobre el papel, llenas de nombres que solo conocía por haberlos oído de pasada, pero de los que no tenía referencias.

—Vamos, Evan, nos vendrá bien a los dos. He pensado que quizá te apetecería conocer París, o tal vez viajar al norte de España.

Victoria le iba señalando los lugares en el mapa, con la esperanza de que se entusiasmase con alguno de ellos.

El niño no decía nada y empezó a cuestionarse si la idea de salir de Londres durante una temporada sería buena.

A pesar de su desidia, siguió insistiendo, no era cuestión de rendirse tras el primer contratiempo.

—También existe la posibilidad de que no salgamos de Gran Bretaña, podríamos hacer un viaje por el país —sugirió, mientras pasaba a otras páginas.

—Yo…, no sé…

Victoria, rendida porque apenas conseguía que mirase el libro, se sentó a su lado, lo agarró de las manos y lo animó a que hablase con un gesto de ternura que incluyó una leve caricia en su rostro.

Los preciosos ojos de Evan adquirieron un brillo diferente cuando al fin se atrevió a exponer lo que estaba pensando.

—Me gustaría ir a ver a John.

El corazón de la señora Reynolds se saltó un latido cuando escuchó el nombre de John Lowell de los labios de su hijo.

No se había atrevido ni a plantearlo en su mente, porque sabía que los sentimientos que albergó por él en el pasado no habían muerto.

Permanecían dormidos y allí quería mantenerlos.

Aunque se comunicaban por carta, había evitado verlo la única vez que él volvió a la isla después de la boda de Mary Davenport y James Payne, y de eso hacía ya cuatro años.

—¿Quieres ver a John? —le preguntó al niño, con un rastro de temblor en la voz.

—Sí, eso es lo que quiero —contestó él a cambio, con decisión.

Victoria se prohibió pensar en lo que implicaría volver a estar frente a John, lo único que debía importarle en aquellos momentos era Evan. Asintió con la cabeza y cerró el atlas casi a la vez que sonaron unos breves toques en la puerta del salón.

—Pase.

—Señora —dijo el mayordomo, entrando en la sala—, venía a preguntarle si necesitan algo más o puedo retirarme hasta mañana.

—Está todo bien, Alfred, puede retirarse. Buenas noches.

El mayordomo se dio la vuelta para marcharse, pero Victoria pensó algo y le pidió que regresara.

—¿Podría pedir un coche para que me recoja en la puerta a las nueve de la mañana, por favor?

—Sí, señora, mañana a las nueve lo tendrá. Buenas noches.

—Buenas noches, Alfred.

Victoria sonrió a Evan y le conminó a que subieran a sus habitaciones de la primera planta.

Mientras lo hacían, iba pensando que al día siguiente iría al banco para asegurarse de cuánto dinero en efectivo disponía.

También hablaría con su abogado para que tanteara la venta de algunas acciones de la revista que le había dejado Edward Reynolds y con alguien más para que gestionase el resto de sus negocios.

Si iba a estar una temporada fuera, todo debería quedar bien atendido.

Jueves, 13 de octubre de 1921

Nueva York

Phoenix Owen llegó a su casa del Upper East Side en la calle 75 pasada la medianoche.

Cerró con suavidad la puerta de la entrada, dejó las llaves en el mueble del recibidor y se deshizo del abrigo y el sombrero en el perchero.

Valoró un momento si entrar antes a la cocina a tomar el refrigerio que solía dejarle Guilia, su empleada, pero el cansancio le hizo cambiar de idea.

El trabajo había sido intenso en el May Tea, el respetable restaurante que regentaba, en el que se reunía lo mejor de la sociedad neoyorquina, y necesitaba un respiro.

Enfiló por la escalera hasta la primera planta del edificio y sintió una familiar sensación de desazón cuando el gruñido de un escalón de madera rompió el silencio.

Cada noche, de manera invariable, ese peldaño le recordaba que vivía solo.

Durante el día, Guilia se movía diligente por aquellos mil metros cuadrados repartidos en cuatro plantas y disipaba esa impresión.

El problema llegaba en las noches. En el silencio de la casa, el quejido del listón se volvía un recordatorio atronador de errores pasados y soledad no elegida.

A sus cuarenta y tres años se estaba convirtiendo en un solterón capaz de enervarse por el sonido irritante de un escalón estropeado.

Al llegar a la primera planta, la puerta cerrada de la biblioteca le trajo a la mente unos asuntos pendientes y se convenció de que a la mañana siguiente sería lo primero que haría.

Siguió hacia su habitación y, a punto de meterse en la cama, vio un sobre en la mesita de noche.

Era el pasaje a Europa que había encargado esa misma mañana; supuso que lo habría traído un mensajero.

El barco partiría del muelle 54 del puerto de Nueva York hasta Southampton en apenas dos semanas.

Se sentó en la cama, abrió el cajón de la mesilla y extrajo una carta.

El día anterior, nada más darle la vuelta al sobre, había reconocido esos trazos demasiado elegantes para la mano de un hombre, la pulcra caligrafía de Brandon Fleet.

Sabía que no se hubiera atrevido jamás a escribirle si no hubiera algo importante que comunicarle y, antes de leer las escuetas líneas, su corazón se aceleró, anticipando la noticia.

Su madre había muerto.

Volvió a mirar el pasaje, dejó de nuevo la carta en el cajón y se dirigió a la última planta del edificio. Aquella noche, Phoenix no durmió. Se la pasó entera en su bar privado, agotando sus reservas de whisky .

Jueves, 20 de octubre de 1921

Nueva York

John Lowell visitó varios locales en Manhattan y se decidió por uno cerca de la Quinta Avenida.

Este ocupaba toda la planta baja de un edificio situado en la calle 50, a apenas cien metros de la catedral de San Patricio.

Cuando cerró el trato, los propietarios aún no habían vaciado el local y todavía quedaba completar papeleo; iba a llevar algunas semanas, por lo que decidió regresar a Boston mientras Andrew Wilson, el hombre que había conocido en Boston y que se había convertido en su contacto, se ocupaba de los trámites.