Capítulo 2
Chignall
Elisabeth se cepillaba el pelo en su cuarto de la casa de Chignall, mientras sentía que con su decisión de dejar Almond Hill le estaba fallando a su familia.
Frente al espejo, se recriminaba su debilidad y su ignorancia para gestionar de un modo más eficiente la propiedad.
Asumía su responsabilidad, pero vislumbraba que la compartía con quienes nunca se habían preocupado de enseñarle nada de números, alegando que una mujer no los necesitaba.
Inspiró y espiró, buscando calma.
El discurso feminista de su hermana, tan ajeno cuando en el pasado Mary lo compartió con ella, ya no le parecía tan absurdo o tan fuera de lugar.
Estaba comprendiendo que de nada servían el protocolo, lucir vestidos o destacar en los bailes, cuando la urgencia era enfrentarse con la gestión económica de una propiedad tan inmensa como Almond Hill.
Entonces, apreciar los tejidos de organza o seda, conocer los pasos de un vals o cómo comportarse en la mesa se volvían, además de inútiles, una losa más sobre su ánimo, pues le recordaban el tiempo que habían restado al necesario para aprender a conducirse por la vida sin depender de nadie.
Tras la muerte de su padre, intentó aprender.
Escuchó, preguntó, leyó, pero se encontró con las manos atadas para realizar algunas gestiones.
Entendió que las finanzas de Almond Hill necesitaban quien las condujera y no era ella quien podía llevar sus riendas.
De seguir así, se hundirían, si no encontraba una solución más útil que lamentarse por su torpeza.
Ella no era Mary, no tenía su determinación ni su carácter.
De pequeñas, habían parecido lo contrario.
Era ella la que aparentaba comerse el mundo y Mary quien daba la impresión de paralizarse ante los imprevistos, pero la vida había demostrado que las presuposiciones a menudo fallaban.
La hermana pequeña superó cada obstáculo de su camino, mientras que ella se fue arrugando, sometida a la voluntad del malnacido de su marido.
Estaba segura de que, de no haber fallecido él, habría acabado desvaneciéndose hasta para sí misma.
Odió recordar a Charles mientras se sujetaba el pelo en una coleta, antes de empezar a darle forma a su recogido.
Hasta eso, peinarse sola, había tenido que aprenderlo en los últimos meses.
Retorció la mata de pelo rubio y comenzó a asegurarla con horquillas, mientras de su pecho escapaba un suspiro de contrariedad.
Sus ojos azules la miraron desde el espejo, amonestándola furiosos por quejarse de algo tan nimio hasta en la soledad de sus pensamientos.
Ya estaba bien. Había decidido actuar, y mudarse a Chignall puede que no fuera suficiente, pero había salido de su inmovilidad.
Dejó caer las manos sobre la falda e irguió la espalda. Cuando se serenó, terminó de colocarse las últimas horquillas y se apretó con suavidad las mejillas para que el color volviera a su rostro y nadie notase sus tribulaciones internas.
Lunes, 10 de octubre de 1921
Nueva York
Sentado a la mesa de una humilde cocina, Ian Brennan sostenía en su regazo a su ahijado de un año.
De vez en cuando, para provocar las carcajadas de Luke, hundía la cara en su abdomen, haciendo graciosos ruiditos que conseguían su objetivo.
El niño esparcía por el aire su sonora risa y sus enormes ojos azules chispeaban.
Sus pequeñas manitas se asían al alborotado pelo castaño de su tío y lo tironeaban, pero a este parecía no importarle.
—Anda, trae, tengo que darle su comida. Lo estás poniendo tan nervioso que me va a ser imposible dormirlo después —dijo Beatrice.
Los ojos de Ian, de un azul idéntico a los de Luke, se confabularon con su rostro y compusieron una mueca burlona dirigida a su hermana.
—Te fastidias, hacía muchos días que no veía a mi sobrino.
—Eso será porque quieres, nosotros estamos siempre aquí.
—¿Venir a este barrio de mala muerte?
—¡Oye! Que tú has crecido en el Lower East Side, no te pongas exquisito porque ahora vivas más allá de la calle 14.
El sonido de la puerta de la entrada abriéndose se escuchó en la cocina.
—¡Buenos días! —gritó una voz, que se acercaba hasta allí—. Ah, estás tú aquí. ¡Qué sorpresa!
El dueño de la voz, Connor Boyle, dio un beso a su esposa Beatrice y una ligera colleja a su cuñado antes de besar los sonrosados mofletes de Luke.
—Te advierto que no te la devuelvo porque eres un agente de la ley —se quejó Ian, frotándose la nuca.
—No me la devuelves porque soy más alto que tú —sonrió Connor, posando la porra y su arma sobre la mesa.
—Y un año más viejo.
—¡No es un año! En seis meses cumplirás treinta y tres, y entonces tendremos la misma edad.
—Ya ves, tres semanas y tú volverás a ser más viejo que yo.
—¡Pero volverás a alcanzarme!
—Y tú a rebasarme…
—¿Queréis dejarlo ya? —gruñó Beatrice—. Guarda la pistola, Connor, no quiero que un día tengamos un disgusto.
El aludido hizo un saludo militar a su mujer, colocó la pistola en lo alto de una alacena y enseguida volvió a la mesa para seguir con las bromas con su cuñado.
Connor Boyle e Ian Brennan habían crecido juntos en el Lower East Side. Procedían de familias de inmigrantes irlandeses y sus vidas habían ido discurriendo en paralelo, tanto que Connor se había acabado casando con la hermana de Ian, y así fue como se convirtieron en familia.
—¿Te quedas a comer? —le preguntó Connor a Ian, cuando dieron por concluidas las bromas.
—¡Claro que se queda! —intervino Beatrice—, ¿qué pregunta es esa? Dejad que le dé la comida a Luke y pondré la vuestra.
Durante el tiempo que Beatrice tardó en alimentar al pequeño, Connor e Ian dejaron cualquier conversación que los incluyera a ambos para dedicarse a entretener al niño.
Mientras ella lo sostenía en sus brazos, ambos improvisaban un cuento lleno de onomatopeyas y exagerados gestos con los que el bebé se reía.
Parecía que los dos hombres habían vuelto a la infancia desde que el pequeño se había convertido en el centro de sus vidas.
Cuando Luke acabó de comer y Beatrice empezó a repartir la sopa en los platos, Connor le preguntó a su cuñado:
—¿Solo has venido a gorronear nuestra comida o necesitas dinero?
Las razones por las que Ian se acercaba hasta el humilde hogar de los Boyle se reducían a comer cuando se había quedado sin dinero a fin de mes o a pedirles un favor, aunque era cierto que desde que había nacido el niño se dejaba ver algo más.
Connor barajó cuál de las dos opciones sería la de aquel día.
—Mi hermana cocina de fábula —dijo Ian.
Beatrice hizo un gesto de burla a su marido, señalándole que había sido grosero con Ian, pero antes de que pudiera abrir la boca, este volvió a hablar:
—Pero además…
—Necesitas dinero, lo sabía —terminó Connor.
—Iba a decir que además he venido a ver a mi ahijado, listillo.
Beatrice volvió a poner los ojos en blanco. Dejó dos trozos de pan sobre la mesa y una jarra con agua fresca.
—¿No necesitas dinero? —preguntó Connor, desconcertado.
—Bueno…
—¿Ves? Ian, eres transparente. ¿En qué lío te has metido ahora?
Beatrice terminó de acomodar la mesa y se marchó a la habitación para dormir a Luke. Cuando su hermana se alejó, Ian se pasó los dedos por su abundante pelo castaño para ordenarlo y habló en voz baja:
—No es un lío, es algo que te interesa.
—No me importan tus chanchullos. Te lo he advertido muchas veces. Un día me vas a meter en un problema serio y entonces, ¿quién cuidará de tu hermana y de Luke? No tenemos padres ya en los que apoyarnos.
—Si logro contrastar una información, tú podrás ponerte una medalla con tus jefes y yo firmar una exclusiva.
—¿Una exclusiva?
—Quiero dejar de ser solo el que hace las fotos para el periódico y creo que he dado con algo serio que puede abrirme puertas.
Connor Boyle era oficial del Departamento de Policía de la Ciudad de Nueva York y desde hacía tiempo ansiaba el ascenso a detective.
La historia de Ian Brennan era muy diferente.
A los catorce años, en septiembre de 1903, se vio involucrado en un tiroteo entre pandilleros en Rivington Street, en el que arrestaron a casi veinte miembros de la banda de Eastman.
Su curiosidad lo empujó a presenciar la refriega y el resultado fue que una bala perdida le alcanzó la pierna, dejándole una ligera cojera.
Aunque esta lo libró de alistarse para luchar en la Primera Guerra Mundial, también le dificultó encontrar empleos que requirieran fortaleza física.
Aquello acrecentó su ingenio y se las arregló para conseguir otros en los que su cojera no supusiera un problema.
Entre los incontables negocios que había emprendido —y que lo habían llevado a la ruina una y otra vez—, el que nunca llegó a poner en marcha fue el que le dio más estabilidad.
Hacía un año, a Ian se le ocurrió una idea.
Entre las secuelas de la guerra, destacaba una relajación de la moral entre las clases pudientes y pensó en aprovecharla en su beneficio.
Había descubierto que el mercado de fotografías eróticas estaba en alza y por las más atrevidas se pagaban sumas importantes.
Enseguida pensó que debía hacerse con una cámara de fotos y aprovechar el momento.
Entre la población de Little Italy, Chinatown y el Lower East Side había gente con apremiantes necesidades económicas, hombres y mujeres que estarían más que dispuestos a desnudarse a cambio de un dinero que aliviara los estómagos de sus familias.
Connor conoció desde el principio sus intenciones, pero Ian se las ocultó a Beatrice.
Ella pensaba que quería abrir un negocio legal de fotografía y lo apoyó hasta desesperar a su marido, que se opuso, pero que acabó cediendo y financiando la cámara, sin ahorrarse la amenaza de que le retorcería el cuello si acababan metidos en un lío.
Ian le devolvió el préstamo en unos días sin haber situado frente a su objetivo a nadie ligero de ropa.