Capítulo 1 #5
—Ya hemos llegado.
John bajó del coche e inspiró una bocanada de aire infundiéndose aliento.
Llegaba el momento de ponerse en marcha.
Un empleado del hotel salió, se paró a su lado y se hizo cargo del equipaje, mientras él entregaba al conductor una generosa propina.
Este se despidió con un ligero toque en su gorra antes de arrancar de nuevo y perderse en el enmarañado tráfico de la ciudad.
John se permitió observar unos instantes el bellísimo edificio.
Después de posar sus ojos en la elegante entrada de tres puertas, alzó la vista y le impresionaron sus diecinueve plantas, que empequeñecían el perfil de su querida Boston.
Juraría que ninguno de sus edificios era tan alto, y eso sin tener en cuenta que el hotel ni se acercaba a la altura de otras torres que había visto desde el coche.
Las cuatro plantas de sus almacenes, desde aquella perspectiva, se le antojaron ridículas.
—Señor —lo saludó un joven botones de impoluto uniforme rojo y negro, que se acercó a él—, bienvenido al Hotel Plaza. ¿Me acompaña?
John asintió con la cabeza. Le entregó la maleta y lo siguió, ascendiendo los ocho escalones que separaban la calle de la puerta giratoria que conducía al hall .
Juntos la atravesaron y, una vez dentro de la estancia, una impresionante lámpara de araña acaparó su atención.
Sus esbeltos brazos se entrelazaban como ramas de cristal, en cuyos extremos titilaban luces centelleantes que, como joyas suspendidas en el aire, creaban un caleidoscopio luminoso.
Le encantó la opulencia y elegancia de cada detalle en el que se posó su mirada hasta que llegó al mostrador. Tras él se encontraba el recepcionista.
—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle, señor? —preguntó con una sonrisa el hombre de mediana edad.
—Buenas tardes. Tengo una reserva a nombre de John Lowell.
El recepcionista abrió un libro de tapa dura azul, en cuyas hojas pautadas se anotaban las reservas, y consultó las de aquel día. Las repasó con el dedo hasta que encontró la que buscaba.
—En efecto, aquí está, señor Lowell. El chico lo acompañará hasta su habitación en la segunda planta. Bienvenido al Hotel Plaza.
—Muchas gracias —contestó él, e hizo un leve gesto de asentimiento con la cabeza—. He quedado mañana por la mañana con el señor Andrew Wilson. Cuando pregunte por mí, hágamelo saber.
—Sí, señor, no se preocupe.
El botones agarró las llaves del mostrador con una mano y asió la manejable maleta de John con la otra.
Se encaminó hacia los ascensores y el empresario lo siguió.
Mientras avanzaba tras el muchacho, John se fue fijando en los adornos del hotel: las enormes plantas, las impresionantes lámparas de cristal, los delicados jarrones, los amplios sillones preparados para que los clientes esperasen con comodidad, las mullidas alfombras…
Cada uno de esos detalles los guardó en su mente para adaptarlos a sus almacenes.
Pensó que sería magnífico lograr que, al entrar en su tienda, cualquier posible comprador se sintiera como si se alojase en un hotel de lujo.
—Un mayordomo vendrá para ocuparse de usted —le dijo el chico, cuando entraron en la habitación—. Subirá dentro de media hora a presentarse.
John había oído hablar de aquel servicio del hotel, aunque calculó que apenas le sería necesario. Pasaría el día siguiente inspeccionando los locales que había seleccionado a través del hombre que le había visitado en Boston, Andrew Wilson, y solo pretendía regresar a dormir.
—Muchas gracias. De momento, me gustaría cenar. ¿Puede ser?
—Ya está cerrado el restaurante, señor, es tarde, pero avisaré para que el mayordomo le traiga la carta. Podrá ordenar lo que le apetezca a la cocina y se lo subirán a la habitación.
Lowell asintió; había imaginado que el restaurante no estaría abierto después del retraso del tren.
Tras recibir su propina, el botones desapareció.
John paseó la vista por la habitación, deteniéndose en sus detalles: el escritorio ubicado en el espacio de pared entre las amplias ventanas que se abrían al parque, la imponente cama a cuyos pies descansaban dos sofás individuales y la señorial lámpara de araña y los apliques de cristal transparente y dorado.
Pero lo que más agradeció en aquella fría tarde fue el calor que desprendía la chimenea de mármol, prendida para su comodidad.
Después, se dirigió al espacioso baño y al abrir la puerta apreció su generosa amplitud, sus impolutas paredes revestidas de bruñidos azulejos blancos y el intrincado mosaico del suelo que recreaba un motivo vegetal.
Al asomarse al espejo, este le devolvió la imagen de su rostro fatigado por el madrugón y el largo viaje en tren.
Cediendo a la tentación de la incitadora bañera blanca con grifería dorada, se despojó de la chaqueta, desabrochó el chaleco, aflojó la corbata y se desnudó.
Mientras tomaba un baño, siguió especulando sobre lo que le depararía su decisión de abrirse camino en aquella ciudad.