Los cerezos de Central Capítulo 1 #4
6%

Capítulo 1 #4

John se echó a reír, Felicia era todo temperamento.

Las veces que se había quedado al frente de los almacenes Lowell, había logrado hacerlos prosperar con sus ideas arriesgadas y su mano firme con el personal, al que lograba controlar a pesar de ser una mujer y no tenerlo fácil al principio, lo que solucionó con cuatro o cinco despidos a tiempo.

John estaba seguro de que manejaría bien la situación en su ausencia.

Si lograba tranquilizarse y dejaba de pensar en su suegra, también manejaría el que Gilbert White, el hermano de su difunto esposo, trabajara para ella.

Aunque llevase razón y fuera el dependiente más feo que habían contratado en años.

—¿Me puedes explicar ahora por qué vas en manga corta en pleno octubre? —le preguntó John, cambiando de tema.

Felicia se levantó de la silla y dio una vuelta sobre sí misma.

—No es manga corta, llevo un tejido de gasa precioso sobre los brazos y el cuello. ¿Te gusta?

—Sí, pero hace frío…

—Eso no importa. Está cosido siguiendo las instrucciones de un patrón que me envió Camille Leduc de su colección, me lo ha confeccionado una de nuestras modistas.

Quiero ver cuál es la reacción de las clientas cuando me vean con él puesto.

Si es como imagino, tendremos que encargar muchos más para la próxima primavera.

Felicia volvió a girarse, seductora, mostrándole el vestido.

Le llegaba por debajo de la rodilla y los laterales de la falda eran más largos que el centro.

Repartidas por la tela, unas sencillas figuras geométricas, dibujadas con refulgentes piedras, le daban un toque de sofisticación, que se complementaba con una cinturilla baja.

En el lado derecho de esta, simulando un medallón, las piedrecitas se concentraban y, a partir de ellas, dos trozos de gasa fingían ser los extremos de un cinturón.

Completó su atuendo con la bisutería que causaba sensación en los almacenes desde después de la guerra: un llamativo collar y unos pendientes a juego.

—Los zapatos han llegado también desde París y no he podido resistirme a ellos.

Se los mostró, unos Mary Jane cerrados, en color dorado, con pedrería incrustada en el empeine y que se ajustaban con una hebilla en el lado exterior del pie. Parecían más de fiesta que de día, pero Felicia estaba tan enamorada de ellos que obvió el detalle y se los puso.

—Estás muy guapa, seguro que los venderemos todos enseguida —le dijo John.

—Esa es la idea, socio.

Felicia se acercó a él y le colocó la corbata. El gesto espontáneo aproximó sus rostros.

—Deberías subirme el sueldo.

—No tienes sueldo, disfrutas de una parte de los beneficios. Si quieres, ahora que tendrás mucho más trabajo, estoy dispuesto a renegociar tu porcentaje al alza.

—Por supuesto, señor Lowell, no se piense que se va a ir de vacaciones a Nueva York y me va a dejar con los almacenes a cambio de nada —le dijo, soltándole y recogiendo el abrigo y su capelina—.

Lo hablaremos esta misma noche, quiero dejarlo todo atado antes de que desaparezcas.

Cada vez que te vas, no puedo saber si vas a volver. Eres experto en darme sustos.

John se acercó a la puerta, donde ya estaba parada Felicia, y le acarició con suavidad el brazo.

—Prometo no volver a hacerlo.

Felicia se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla. Hacía mucho que todo había acabado entre ellos, pero John Lowell seguía ocupando un lugar preferente en su corazón.

—Te espero a cenar en mi casa para que me cuentes todos los detalles de ese nuevo negocio que pretendes abrir. A las ocho. No se te ocurra llegar tarde.

John, por supuesto, acudió puntual a la cena. Allí disfrutaron de un buen vino y una amena charla entre amigos, en la que desgranó ante Felicia sus ideas y le contó que tenía reservado su billete para un par de días después.

El inicio de una nueva etapa se abría ante sus ojos.

Domingo, 9 d e octubre de 1921

Nueva York

John Lowell había estado de paso varias veces en el puerto de Nueva York —cuando tomaba el barco hacia Europa o regresaba del viejo continente—, pero nunca se había adentrado en la ciudad.

Ese domingo arribó en la imponente estación Pensilvania, una gigantesca construcción que evocaba a las antiguas termas romanas.

Parecía que la grandeza del pasado se había trasladado al presente y se había plantado en medio de la urbe, como una joya inesperada.

Con su maleta en la mano, John salvó los escalones que separaban las vías subterráneas de la zona de llegadas.

En la inmensa sala de espera, se sintió abrumado; la piedra caliza cubría la zona inferior de los muros, mientras que las paredes superiores, en contraste, habían sido revestidas de acero y yeso por los arquitectos McKim, Mead y White, y jugaban con la luz que se filtraba a través de los amplios ventanales.

La estación no era solo una terminal de trenes, parecía un templo de faraónicas dimensiones, una arquitectura imponente, que no desentonaba en una ciudad en la que todo se hacía a lo grande.

Sin perder más tiempo, el joven se encaminó a la puerta de salida, enmarcada en el interior por unas colosales columnas corintias que se transformaban en dóricas en el exterior de granito rosa, y que abrazaban al edificio formando una columnata.

Ya en la calle, elevó la vista sobre la puerta principal, abierta a la Séptima Avenida, y el titánico reloj le confirmó que el tren había llegado con cierto retraso.

Sin perder más tiempo, paró a un coche de alquiler.

—Al Plaza, por favor.

Las atestadas calles de Nueva York lo mantuvieron fascinado durante el trayecto.

Mientras el conductor sorteaba obstáculos rumbo al hotel, John reflexionaba.

En su mente, masticaba la idea que lo había llevado a plantearse abrir unos grandes almacenes en Nueva York.

Esta tenía diez veces más población que la señorial Boston y eso suponía una cantidad extraordinaria de potenciales clientes con los que multiplicar sus beneficios.

Sin embargo, muchos de ellos eran inmigrantes llegados desde Europa, lejos de la capacidad económica a la que estaba acostumbrado.

Pensaba que su padre adoptivo nunca había descuidado a ninguna clase social: igual hacía gorras para los trabajadores de las fábricas como elegantes tocados para mujeres de la alta sociedad o sombreros para sus maridos.

Se preguntaba si ambos mundos podrían encontrar un lugar común en esa ciudad, o si era demasiado pronto incluso para soñarlo.

Salió de sus cavilaciones cuando el conductor frenó ante la lujosa puerta del Hotel Plaza, en el cruce de la Quinta Avenida con Central Park Sur.