Los cerezos de Central Capítulo 1 #3
5%

Capítulo 1 #3

—Sí, pero lo tuyo es una decisión personal. Yo no termino de acostumbrarme a que no haya ni la posibilidad de conseguir un triste whisky que llevarse a la boca desde hace un año.

Desde el 16 de enero de 1920, en todos los Estados Unidos se había prohibido la manufactura, venta, transporte, importación y exportación de licores.

La única excepción la constituyeron aquellos usados por los médicos con fines terapéuticos, así como el vino para las celebraciones de los ritos cristianos o el sabbat judío.

John, como Albert, sabía que en muchos locales se estaban saltando la ley, pero él procuraba no enredar a sus almacenes en ningún asunto turbio.

—¿Cuándo te irás a Nueva York? —preguntó Albert.

—La semana que viene, pero antes debo decírselo a Felicia.

—¡Dios te ampare!

Un reloj de péndulo, el que presidía el salón en su casa londinense y que John había llevado con él a Boston en uno de sus primeros viajes, marcó la hora de apertura con su sonoro gong.

Los dos hombres se levantaron para dejar libre la mesa de la cafetería.

Albert cogió su chaqueta y empezó a ponérsela, y John hizo el gesto de ayudarlo, pero este le frenó.

—No es necesario. Lo puedo hacer solo.

—Se me olvida siempre —dijo este, mientras rebasaban los biombos y entraban en la sección de menaje.

Albert Moore, siete años menor que John, era un veterano de la Gran Guerra.

A los tres días de llegar al frente, una bomba alemana le destrozó el brazo y se lo tuvieron que amputar por encima del codo.

Por ello, enseguida lo evacuaron y lo mandaron de vuelta a Estados Unidos.

Siempre bromeaba diciendo que había ido a la guerra a echar un vistazo, no le había gustado nada y se había vuelto tan rápido que se había olvidado un brazo allí.

John también había participado en el conflicto, aunque con una historia bien distinta, una que prefería no recordar.

—¿Te apetece que mañana te invite a cenar en el On? —le preguntó Albert, cuando casi habían llegado a la entrada de los almacenes.

—¿Soy yo o lo de invitarme a cenar esconde alguna intención?

—Bueno, puede que haya cierta camarera a la que me gustaría impresionar y yo creo que, en esta ciudad, cenar con John Lowell impresiona. Y si no me hace caso, siempre podrás contarme tus batallitas.

John tuvo ganas de reprenderlo con un coscorrón, como si fuera un niño pequeño, pero se vio interrumpido por una voz femenina.

—¿Qué es lo que tienes que contarle a este impresentable?

Felicia Kelly, la mano derecha de John, entró en los almacenes y se acercó a ellos. Besó a Lowell en la mejilla y le dedicó una mirada reprobatoria a Albert.

—¿Yo qué te he hecho ahora para que me mires con cara de querer asesinarme? —preguntó este.

—Has contratado a alguien sin consultarlo, querido.

—¡Pero si ese es mi trabajo! ¿Se puede saber por qué tengo que consultarte sobre las personas que contrato?

—Puedes contratar a cualquier persona que viva en Boston y, si me apuras, en todo el estado —dijo, apuntándole con el dedo—, pero a la persona que has dado trabajo, no. Creo que tenemos una conversación pendiente tú y yo.

—¿Y podría saber quién es para que te hayas puesto así?

Felicia resopló.

—No seas inflexible con él, Felicia —medió Lowell—, seguro que no lo ha hecho a propósito.

—Cuando sepas a quién ha contratado, lo entenderás. Vamos al despacho.

Se dio la vuelta y los dos hombres siguieron con la mirada la sensualidad de su cuerpo moviéndose hacia la oficina. La suave curva de su cuello blanco contrastaba con el rojo de su pelo, que llevaba recogido en un moño.

—Si no tuviera tan mal carácter… —musitó Albert, mientras se mordía el labio inferior.

Ella, al escuchar el murmullo y darse cuenta de que ambos hombres no se movían, se volvió y los regañó de nuevo.

—¿Me voy a tener que enfadar más?

—Claro que no, jefa —dijo John, levantando las manos en signo de paz.

—No lo entiendo —añadió Albert—, si los almacenes son tuyos, ¿por qué demonios manda ella?

—Es mi socia.

John se encogió de hombros y le dio un leve empujoncito a Albert para que entrase en el despacho. Cerró la puerta cuando los tres ya estaban dentro.

Viernes, 7 de octubre de 1921

Boston

Una semana después, Felicia entró como un vendaval en la oficina de los almacenes Lowell a primera hora de la mañana.

Puso el bolso de mano sobre la mesa y, encima de una silla, lanzó sin cuidado el abrigo de paño azul con cuello y puños rematados en piel de zorro.

Al desprenderse de él, dejó a la vista el precioso vestido de color crudo, con mangas confeccionadas en gasa, que se había puesto aquel día, ignorando las bajas temperaturas de Boston en otoño.

A John, que permanecía sentado en la silla al otro lado de su escritorio, casi no le dio tiempo ni a valorar si le gustaba, porque enseguida Felicia empezó a hablar a gritos, desviando su atención.

Algo de los White y de Albert, tan confuso que prefirió esperar hasta que terminara con su airada perorata.

—¡No me estás haciendo caso, John! —le recriminó ella—. ¿Para qué te hablo?

—Felicia, llevo escuchándote días y deja que te diga: estás exagerando. Gilbert White no es más que un majadero.

—Debiste advertir a Albert sobre los White antes de que lo contratase.

John se recostó en el sillón y la miró.

—¿Qué ha hecho ahora?

—Es una rata, el más sarnoso de los perros, un asqueroso y vomitivo excremento de vaca —dijo, sentándose en la silla frente a la mesa de John.

Cruzó las piernas y la falda asimétrica del vestido se deslizó dejando ver algo más de la piel enfundada en unas medias.

—A Gilbert le encantaría saber el cariño que le tienes. Y a los clientes, oírte hablar así. Pareces un estibador del puerto.

—Deja de reírte de mí, John, te advierto que no estoy de humor. ¡Ese cerdo intenta chantajearme! Dice que su madre y él tienen «pruebas» que tirarán a la basura mi reputación.

—Felicia, Gilbert White nunca ha tenido demasiada credibilidad, por eso está arruinado y por eso ahora trabaja para ti después de haber sido quien fue. ¿Qué crees que puede decir que todavía no haya dicho?

—Dale tiempo a su madre, Emily White tiene una imaginación desbordante. No puedo pasarlo por alto, John, amenaza mi reputación y no se lo voy a consentir. Y encima tengo que pagarle un sueldo, ¡es indignante!

—¡Tranquilízate!

—No puedo soportar el tenerlo cerca. Ni en mil vidas que viviera quisiera relacionarme de nuevo con esa familia. Conrad, mi marido, era un buen hombre y su padre también, pero mi suegra y su hijo Gilbert…, esas sabandijas…

Volvió a levantarse y a caminar furiosa por el despacho.

Los White no se habían portado bien con ella en el pasado, habían hecho todo lo posible por arruinar su reputación cuando enviudó, pero hacía años que no molestaban.

Volver a tener a Gilbert merodeando la ponía nerviosa, pues le había costado mucho recuperar el respeto de sus vecinos.

—Siéntate y relájate —le ordenó con suavidad John.

—¡No puedo! Esa arpía de Emily White me dejó sin nada, si no llega a ser por ti…

—Esa arpía está ahora en la calle, arruinada por completo desde que el patán de su hijo se hizo cargo de sus finanzas.

Digamos que la vida acaba poniendo a cada uno en su lugar, después de todo.

Será mejor que no pierdas los nervios y le des la vuelta a esto.

Dile a Gilbert que lo hemos contratado como un acto de caridad ahora que son unos muertos de hambre.

Déjale claro que solo lo hemos contratado por la memoria de Conrad.

—¡Pero es que yo no quiero darle trabajo! Quiero que se pudran. ¡Quiero que no pongan un pie en los almacenes! ¡Quiero…!

—¡Para, Felicia! No nos conviene un escándalo en el que esté implicada Emily White.

Arruinada y todo, es la viuda de un hombre que fue muy respetado y sigue teniendo conocidos influyentes.

Deja que Albert se ocupe de no perder de vista a Gilbert.

Después de la bronca que le echaste el otro día por haberlo contratado, no le va a pasar ni una.

Felicia miró a John con preocupación.

—¿Albert? ¿Y tú? ¿Tú no vas a hacer nada?

—Como no escuchas nada más que lo que incluya a los White, no me has dado la oportunidad de contarte mis planes. Me voy a Nueva York una temporada; quiero abrir allí unos almacenes.

—¿Cuándo te vas? —La voz le salió con un matiz chillón, signo de la alarma que se había encendido en su interior.

—Muy pronto, ya está todo preparado. Llevo días intentando decirte que vuelves a quedarte al frente aquí.

—¡No me puedes hacer esto, John! ¡Otra vez no!

—¿Por qué? Eres perfecta, siempre sacas todo adelante y, además, ahora tendrás a tu lado a Albert. No estarás sola.

—¿Encima tendré que ocuparme de ese mocoso descarado? ¡Por Dios, John! Creía que me tenías en más estima.

—Te tengo en mucha estima, socia. Podrás. Y Albert no es un mocoso. Es un buen tipo, solo tienes que darle una oportunidad.

Felicia resopló, como siempre que Albert Moore aparecía en una conversación. Su constante verborrea le daba dolor de cabeza y estaba bastante harta de que, cada vez que pasaba por su lado, la piropeara con descaro, incluso delante de los clientes. ¡Pero qué se había creído ese niñato!

—Voy a despedir a Gilbert a la mínima que sobrepase mis límites, te lo advierto. Y como se descuide, a Albert. ¡Si es que Gilbert no es lo guapo que debe ser un dependiente, nos va a espantar a los clientes con esa cara de ardilla estreñida que tiene!