Capítulo 1 #2
Acarició su corteza y después volvió la vista hacia la imponente mansión.
Ese había sido su mundo desde niña. Excepto los pocos años que duró su matrimonio y el tiempo transcurrido desde la muerte de su hijo, se había sentido siempre a salvo entre aquellas paredes y los prados circundantes, pero eso había acabado.
La nostalgia lo invadía todo, echaba de menos a su madre, a su padre, a su hijo…
Extrañaba a su hermana Mary e incluso a John, al que apenas había tenido la ocasión de tratar en persona, pero que se había comportado con ella como el hermano que había descubierto que era.
Almond Hill era su casa, pero no podía seguir más tiempo en ella, por mucho que sus hermanos insistieran en que siempre podría quedarse allí.
Ya no encontraba una razón. Abigail le había dicho que cuando el corazón se perdía no se podía quedar uno quieto esperando a que se encontrase: había que hacer el esfuerzo de buscarlo donde fuera.
Chignall no parecía una solución, pero al menos significaba dar un paso.
Respiró profundamente, se ajustó la capa que envolvía sus hombros y encaró el camino de vuelta a la casa.
Sábado, 1 de octubre de 1921
Londres
Evan Reynolds caminaba al lado de Victoria, su madre, por la amplia avenida que conducía hasta la salida del cementerio londinense de Brompton.
El niño, de diez años, miraba con recelo a su alrededor.
Pese a la inusual belleza del lugar, no podía desembarazarse de la angustia que le provocaba saber que, bajo esa tierra, reposaban cientos de personas por toda la eternidad.
A pesar de que no le gustaba visitar el cementerio, nunca permitía que su madre lo hiciera sola.
Se empeñaba en acompañarla, aunque ello supusiera fingir un valor que no sentía.
Evan se envaró cuando se cruzaron con una carroza fúnebre tirada por dos caballos y ocupada por un ataúd.
El sonido de los cascos golpeando el suelo marcaba una secuencia rítmica que se acompasó con los frenéticos latidos de su corazón al pensar en el muerto.
No veía el momento de que atravesaran la gran puerta principal y salieran de aquel tétrico lugar.
El cochero, vestido con un traje negro y sombrero de copa, hizo un leve gesto de respeto cuando se cruzó con ellos, al que su madre contestó del mismo modo.
Victoria se volvió hacia él y se percató de su estado de ánimo.
—No pasa nada, cielo, no te asustes. Las personas muertas son infinitamente menos peligrosas que las vivas —le dijo, mirándole con sus grandes ojos azules.
—No estoy asustado —contestó el niño, irguiendo la postura y adoptando una que hablaba, sobre todo, de orgullo herido.
—¿En qué piensas, entonces?
—En nada, mamá.
—Me pareció ver que temblabas —dijo ella, volviendo la vista hacia delante para restarle importancia al miedo de Evan.
—Es porque hace frío —se disculpó.
Victoria detuvo sus pasos y cogió la mano de su hijo.
—A mí no me engañas, te conozco. Sé que no te gusta el cementerio, no tienes que acompañarme cada vez que vengo.
—Quiero hacerlo, mamá. Yo también echo de menos a papá, a la abuela y a Violet.
Victoria apretó la mano de su hijo en un gesto de complicidad.
—No hace falta venir aquí para recordarlos, te lo he dicho muchas veces.
—Pero tú lo haces.
—Yo me siento en paz cuando estoy en este lugar. —Miró a su alrededor, constatando de nuevo la emoción que la embargaba en Brompton—. Me siento más cerca de ellos cuando visito sus tumbas, pero si tú no, deberías quedarte en casa. Nadie te lo reprochará.
—Mamá, ¿por qué tuvieron que morir?
La voz le salió a Evan estrangulada, con la entonación rota de quien trata de doblegar una emoción y no lo consigue.
—No lo sé, cielo. No lo sé…
Victoria continuó andando, esta vez sin soltar la mano de Evan. Al niño no le gustaba que su madre lo tratase como a un bebé, pero esa mañana se lo agradecía de manera especial. Las mañanas en el cementerio se sentía muy pequeño.
—¿Por qué ellos y nosotros no? —preguntó.
Victoria se había hecho esa pregunta cientos de veces desde finales de 1918. ¿Qué tenían ella y Evan diferente para que aquella maldita gripe española ni hubiera provocado síntomas en ellos y se hubiera llevado en solo tres días al resto de su familia? Nadie podía darle una respuesta.
El primero en enfermar fue su marido, Edward Reynolds, que acusó un terrible dolor de oídos.
Al día siguiente, Carol Townsend, la madre de Victoria, empezó con vómitos y diarrea, y luego, la pequeña Violet, que apenas tenía año y medio, se sumió en unas terribles fiebres.
Horas después, los tres se debatían en una lucha sin cuartel con la muerte, peleando por que sus pulmones encontraran el aliento para seguir vivos.
Victoria alejó a Evan de inmediato, intentando protegerlo de lo que fuera aquel mal que se estaba llevando la vida de cientos de personas y que se había cebado en su casa. Ella se quedó a cuidarlos, pero apenas unos días después los tres ocupaban el panteón de los Reynolds en Brompton.
Primero enterraron a su madre.
Después, en un funeral doble, a su esposo y su pequeña.
Aquella semana, Victoria creyó volverse loca y así habría sido sin un niño que no era su hijo de sangre, pero sí de corazón. Edward y ella lo habían adoptado durante la guerra para darle entre los dos una nueva vida al pequeño, que quedó huérfano en el naufragio del Lusitania.
Aunque no se casó enamorada, Victoria había sido muy feliz con su marido.
Aprendió a quererlo, a acomodarse a lo que le ofrecía, a Evan y, después, al regalo que supuso Violet.
Pero la felicidad se esfumó a mucha más velocidad que llegó; con treinta y un años, viuda y sin más ocupación que gestionar el patrimonio heredado de su esposo y su madre, añoraba con desesperación ese tranquilo pasado.
Visitar el cementerio una vez al mes, removiendo recuerdos, la devolvía a casa más triste. Esa no era vida para alguien todavía joven, y mucho menos para un niño. Victoria no podía consentir que Evan creciera en un ambiente que lo volviera asustadizo o introvertido.
—Evan, ¿a ti te gustaría que hiciéramos un viaje? —le preguntó, cuando salieron del cementerio.
—¿Adónde?
—¿Eso es un sí?
El niño sonrió y ella lo tomó como una afirmación. Victoria tenía una misión cuando llegase a casa: hacer cuentas para saber dónde podría marcharse una larga temporada.
Sábado, 1 de octubre de 1921
Boston
Tras las enormes cristaleras que los inundaban de luz, los almacenes Lowell, situados en el centro de Boston, bullían aquella mañana de sábado, antes de la llegada de sus primeros clientes.
Los empleados se preparaban para que todo luciera perfecto a la hora de apertura.
A las habituales secciones de ropa, calzado, confección, menaje y decoración, los almacenes habían incorporado durante el último invierno un espacio dedicado a muebles.
La cafetería, que su dueño planeó antes de la guerra, hacía tiempo que ofrecía sus servicios a cuantos quisieran tomarse un aperitivo durante sus compras.
A aquella temprana hora, tan solo el camarero y dos hombres ocupaban ese espacio, separado del resto por unos elegantes biombos de inspiración oriental.
Los dos hombres eran John Evan Lowell, dueño de los almacenes, y Albert Moore, el encargado de personal.
Mientras un camarero uniformado dejaba todo limpio y ordenado, ellos, sentados en una mesa, discutían una de las ideas que había tenido John para mejorar el negocio.
—¿Te vas a lanzar? —preguntó Albert, justo antes de tomar con la mano izquierda la taza de café y llevársela a los labios.
—Creo que sí. Las cuentas van bien y puedo hacer esta inversión. Además, tengo otros negocios que me están quitando tiempo y que no quiero conservar. Me voy a deshacer de toda la cabaña ganadera y ese dinero servirá para empezar esto con más desaho go —dijo John.
—Pero ¿cuándo se te ha ocurrido esto?
—Hace mucho, en 1915, cuando viajé a Inglaterra en medio de la guerra.
En el Lusitania conocí a Alfred Vanderbilt, que me tentó con la idea de hacer negocios en Nueva York.
Después de lo que pasó, lo había ido dejando aparcado, pero, hace unos meses, un tipo de Manhattan vino a los almacenes y me convenció de que es un buen momento.
Esa ciudad está llena de posibilidades después de la guerra.
—¿Y solo porque un tipo te ha dicho que hay «posibilidades» te vas a lanzar? Admiro tu valor, John.
—Ya te digo que la idea no es nueva, solo la había aparcado. He estudiado la ciudad, creo que puede funcionar.
—Si al final lo haces, tendrás que irte a vivir a Nueva York, ¿no?
John miró su taza un momento y, después, a Albert.
—No planeo abandonar Boston definitivamente, solo por una temporada. Lo que tarde en poner los almacenes en funcionamiento. Luego, ya veremos.
A Albert le preocupaba que la idea de John repercutiera en los almacenes Lowell de Boston, que fueran ellos quienes debieran asumir unas hipotéticas pérdidas si aquella inversión salía mal. Desde que John los abrió una década antes, se habían convertido en todo un referente para la ciudad.
—¿Y si no funciona el negocio allí? Ya sabes que los bostonianos y los neoyorquinos no tenemos nada que ver, puede que tropieces con un muro si intentas hacer lo mismo que aquí —le dijo.
—Si no funciona, siempre se puede empezar de nuevo. Tú apoya a Felicia para que todo vaya bien en mi ausencia y yo me ocuparé de que los almacenes de Nueva York sean un éxito, al gusto de la gente de allí —dijo John, recostándose en el respaldo de la silla.
Albert sonrió, admiraba la capacidad de John de embarcarse en cualquier negocio sin temer al fracaso. Miró su café, que se había acabado, y levantó la mano izquierda para llamar al camarero. Un instante después, la bajó, algo decepcionado.
—He estado a punto de pedirle que nos trajera un buen licor para celebrar que mi jefe no le teme a nada.
—Sabes que no bebo desde que volví de las trincheras —dijo John.