Los cerezos de Central Capítulo 1
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Capítulo 1

Almond Hill

El sonido del tictac del reloj marcaba el tiempo con su cadencia imperturbable, rompiendo el silencio de la biblioteca de Almond Hill, la mansión de los condes de Barton.

Lady Elisabeth había detenido la escritura y, sentada junto a la ventana, miraba a través de ella.

Ante sus ojos, el otoño planeaba a sus anchas por la suave colina de la propiedad y convertía el paisaje en el paraíso idóneo para la melancolía.

En ella permanecía inmersa la mayor de las hermanas Davenport, tanto que dio un respingo al escuchar unos suaves golpes en la puerta.

—Pase —dijo, después de un suspiro.

—Disculpe, señora, creo que hace rato que pasó la hora de la clase de piano.

La cocinera, Abigail Smith, no utilizaba el trato de cortesía que le correspondía a su señora desde hacía tiempo y a ella no le molestaba.

Quizá porque todo había cambiado tanto en Almond Hill desde la guerra que aquello ya no parecía tan importante.

Traía de la mano a Catherine, la hija de casi cinco años de Elisabeth.

La niña, olvidando los modales que se empeñaban en transmitirle, corrió por la biblioteca para sentarse en la banqueta frente al piano de su abuela.

Cada mañana, a la misma hora, Elisabeth trataba de enseñar a la pequeña a extraer música del instrumento.

Con limitado éxito.

—Siento el retraso, señora, se había vuelto a esconder y a la señora Durrell y a mí nos ha costado muchísimo encontrarla. Yo he dado con ella primero.

—No hace falta que se disculpe, Abigail, había olvidado por completo la clase.

Dejó de lado los útiles de escritura, se levantó con gesto cansado y se acercó al piano.

—Señora —dijo la cocinera—, si no quiere darle la clase hoy, me la llevaré a la cocina, no tiene por qué preocuparse.

Elisabeth levantó la tapa del piano de pared, un W. Y. Barnes London de color caoba que había pertenecido a su madre, y acarició las teclas. Pulsó un do antes de contestarle a Abigail.

—Estoy bien, no se preocupe.

—Señora…

La joven miró a Abigail y ambas supieron que nada estaba bien en su interior.

Se había encerrado en la biblioteca desde primera hora de la mañana y sus ojos revelaban que, aunque no había llorado, un montón de lágrimas anegaban su alma.

El esfuerzo que hacía por contenerlas no le era ajeno a la cocinera.

Extendió las manos hacia ella y Elisabeth las tomó con las suyas.

—Vamos, anímese.

Abigail Smith trabajaba como cocinera, pero también, aisladas como se encontraban, se había convertido en una confidente para Elisabeth, a pesar de la distancia social que existía entre ellas.

—Voy a cerrar Almond Hill —confesó la joven, al fin.

Abigail Smith contuvo el aliento unos instantes.

Debería haberlo supuesto, Elisabeth no aguantaría mucho más tiempo sin rendirse.

Nadie tenía que explicarle, porque ella lo había vivido, lo que significaba perder a un hijo.

Aunque a su George lo hubieran matado en la Gran Guerra y el pequeño Richard hubiera muerto, como el conde de Barton, de la maldita gripe española, daba igual; la pérdida de un hijo dejaba una desolación absoluta en cualquier madre.

Bregar con aquella inmensa propiedad y lo que suponía, con el ánimo mermado, las finanzas maltrechas y sus hermanos lejos, no estaba siendo fácil para Elisabeth.

—¿No hay nada que hacer?

—No lo sé, Abigail. Solo se me ocurre cerrar la casa hasta que mis hermanos y yo tomemos una decisión sobre ella. No encuentro cómo hacer sostenible la propiedad y se está volviendo una carga insoportable para mí. He pedido ayuda a mis hermanos.

Catherine, que se aburría, dejó caer la tapa del piano, lo que provocó un estrépito.

—¡Ay, niña! ¿No ves que te podías haber hecho daño? —gruñó la cocinera, volviéndose a la pequeña.

Abigail abandonó unos instantes la conversación con Elisabeth para cerciorarse de que la pequeña no se había herido. Cuando estuvo segura, le lanzó una reprimenda de las suyas, que provocó que los labios de Elisabeth se curvasen en una leve sonrisa.

—No se ría, señora, no vamos a hacer carrera de ella si le reímos todo. ¡Qué sería de esta niña si yo no me pusiera seria! Por el amor de Dios, hace lo que le da la gana y eso, disculpe mi sinceridad, es culpa suya.

—Ya lo sé —respondió Elisabeth, con la tristeza reflejada en sus ojos azules. Ahora la reprimenda se la estaba llevando ella.

—Pues si lo sabe, actúe. No se quede callada, no le consienta todo. Ya sé que está preocupada y triste, pero eso no es excusa para que abandone sus deberes de madre.

Elisabeth estuvo a punto de soltar las lágrimas que andaba conteniendo.

Abigail, al darse cuenta, cogió a la niña de la mano y la condujo hasta la puerta, a pesar de sus protestas.

Requirió al ama de llaves y le pidió que se la llevase.

Al volver junto a Elisabeth, la voluntad de esta había perdido la batalla y los rastros de su tristeza surcaban su rostro en dos curvas acuosas imperfectas.

—Sentémonos —dijo Abigail.

La condujo a los sillones frente a la chimenea.

Estaba encendida, pero el fuego solo conservaba un resto de brasas que apenas expulsaban calor.

Puso un par de troncos encima y aplicó aire con un fuelle para acelerar que ardieran.

Al poco, unas leves llamitas empezaron a lamer la madera.

Solo cuando observó unas llamas vigorosas, Abigail se sentó al lado de Elisabeth.

—Cuando murió mi George, yo estaba desesperada —dijo la cocinera—.

No me lo devolvieron para enterrarlo, se quedó en una tierra que no es la suya, en otro país, en una tumba anónima a la que nunca he podido ir a buscar consuelo.

Solo me tranquilizó saber que el doctor Payne lo vio ese último día y se ocupó de rezar por el alma de mi niño.

He llorado tanto que ya no me quedan lágrimas y es verdad que durante un tiempo no quise ni vivir.

Pero… estaban Peter, Brandon y Francis, que no merecían perder a su madre después de haber perdido a su hermano.

Usted tiene a esta preciosa niñita por la que luchar. No se le olvide nunca.

Elisabeth compuso una sonrisa triste. Abigail tenía la extraña habilidad de calmar su ánimo. La cocinera le tendió un pañuelo, que llevaba en el bolsillo del delantal, para que se secase las lágrimas.

—Le prometo que lo intento, que intento ser optimista, pero es que hace años que no hay nada que me ayude.

—¿Quiere que le diga qué fue lo que me ayudó a mí?

Elisabeth asintió. Abigail le tomó las manos.

—Venir a Almond Hill. Salir de Londres y permitir que otro aire nuevo y otra vida me obligasen a vivir nuevas experiencias en las que no hubiera recuerdos de George.

No lo he olvidado, claro está, siempre tendrá un lugar en mi corazón, pero dio un paso atrás.

Lo suficiente para que yo pudiera respirar de nuevo y volver a sonreír.

Las lágrimas de Elisabeth hacía rato que no encontraban la manera de sosegarse.

—Nos vamos a mudar a Chignall —le dijo a la cocinera, cuando se serenó—. Les daré instrucciones a usted y a la señora Durrell para que pongan en marcha con Martin una casa que tenemos allí. Nos marcharemos en cuanto esté lista.

—Quiera Dios que eso ayude y que eso serene su ánimo —le contestó Abigail, apretándole las manos.

Elisabeth quería contarle algo más: estaba recibiendo peticiones de matrimonio. Ser una viuda joven al cargo de un lugar tan magnífico como Almond Hill la había convertido en el objeto de deseo de unos cuantos hombres de la comarca.

—Las peticiones son confusas, porque al no estar mi padre resultan bastante… irregulares. Me lo piden a mí, aunque dando rodeos. La última ha sido hoy mismo. He recibido la carta de un párroco solicitando visitarme.

—¿Piensa considerarlo? —preguntó Abigail.

—Ni loca; ya viví la experiencia de estar casada una vez y no quiero repetirla. Y menos con un párroco que además me dobla la edad.

—Dios santo, yo también estaría espantada si un hombre que me doblase la edad hubiera solicitado visitarme, más que nada porque rondaría los cien años.

Si no le apetece casarse, demonios, no tiene que hacerlo, hoy en día una mujer puede vivir por su cuenta.

Y si no, míreme a mí. Soy feliz desde que enviudé.

—Algunos maridos, cuando mueren, es cuando más felices nos hacen —dijo Elisabeth con una sonrisa teñida de tristeza por la mala vida que le había dado el suyo, que Dios tuviera donde quisiera, pero a ser posible donde no le hiciera daño a nadie más.

—No me cabe ninguna duda de eso.

Un estrépito, seguido de un llanto, se escuchó al otro lado de la puerta.

Las dos mujeres se levantaron para averiguar lo que había sucedido esta vez.

Catherine se había tirado un jarrón con flores encima y estaba empapada, para desesperación del ama de llaves, que no supo cómo disculparse con su señora.

Abigail se despidió de Elisabeth con un ligero asentimiento de cabeza y regresó a la cocina, dejando a la hija mayor del conde de Barton con sus cavilaciones en la biblioteca.

Sábado, 1 de octubre de 1921

Almond Hill

Elisabeth decidió dar un paseo, tras la comida, por los campos que rodeaban la mansión y sus pasos la condujeron a lo más alto de la colina.

En aquella época, el almendro, despojado de todas sus hojas, lucía raquítico.

Solo algunas ramas buscaban el cielo, como manos desesperadas extendiendo a lo alto una súplica.

Lo miró con la tristeza emborronando sus ojos: ese árbol, el que había dado nombre a la propiedad de los condes de Barton, estaba a punto de quedar a su suerte, puesto que acababa de deshacerse del jardinero.

Parecía saberlo, parecía pedir un afligido auxilio. Se sintió tan abandonada como él.

Ya nadie se ocupaba de ella.

Ya nadie velaba por su bienestar.

Quizá eso lograría doblegarla, como había hecho con los once hermanos de ese árbol; quizá, pensó, el almendro intuía que le pasaría lo mismo y por eso sus ramas se elevaban al cielo en una plegaria imaginaria.