LOS CASOS DE OSVALD TRUMAN Capítulo 31 — La última pieza
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Capítulo 31 — La última pieza

Regresé a mi habitación sin hacer ruido.

No intenté seguir a la figura. El pasaje era demasiado estrecho y la oscuridad demasiado densa para arriesgarme a una persecución sin conocer bien el recorrido.

Pero algo había cambiado.

Hasta ese momento tenía teorías. Sospechas. Respuestas que no coincidían.

Ahora tenía una certeza.

Alguien utilizaba los pasajes ocultos de la mansión.

Y lo hacía durante la noche.

Me senté en la silla junto a la ventana y repasé todo lo que había descubierto desde el primer día.

La denuncia de los padres de Clara.

Las otras empleadas que habían trabajado en la casa.

Las desapariciones silenciosas.

Los pasos en los pasillos durante la noche.

Los corredores ocultos dentro de las paredes.

Abrí la libreta.

Había varios nombres anotados en diferentes páginas.

El barón.

La baronesa.

El mayordomo.

El ama de llaves.

El chofer.

El jardinero.

Todos vivían en la casa.

Todos conocían sus rutinas.

Todos podían moverse por ella.

Pero solo uno de ellos había estado cerca de cada parte de la propiedad.

Dentro de la casa.

Y también fuera.

Cerré la libreta lentamente.

Me levanté y caminé hasta la ventana.

Desde allí se veía el jardín oscuro extendiéndose hasta la línea de árboles.

El lago estaba oculto entre las sombras.

En ese momento comprendí algo que hasta entonces había pasado por alto.

Durante toda la investigación había estado mirando hacia el interior de la casa.

Las habitaciones.

Los pasillos.

Los sótanos.

Pero la mansión no terminaba en sus paredes.

Había un lugar más.

Un lugar que pertenecía a la propiedad.

Un lugar apartado.

Un lugar donde algo podía desaparecer sin que nadie lo notara durante mucho tiempo.

El lago.