Capítulo 30 — La revelación inquietante
Esa noche volví a caminar por la casa.
No estaba convencido de mi propia acusación. Algo en la reacción del mayordomo me había hecho dudar. No parecía un hombre sorprendido ni nervioso. Más bien alguien que sabía que la investigación estaba siguiendo un camino equivocado.
Y eso era aún más inquietante.
La mansión estaba casi completamente a oscuras. Solo algunas lámparas permanecían encendidas en los pasillos principales.
Caminé lentamente por el corredor del segundo piso.
Llegué al retrato antiguo que ocultaba el pasaje dentro de la pared.
Miré a ambos lados del pasillo.
Nadie.
Moví el cuadro con cuidado y abrí la abertura.
El corredor oculto seguía allí.
Oscuro.
Silencioso.
Encendí una pequeña lámpara y entré.
El espacio era angosto, apenas suficiente para caminar de lado. Las paredes de madera absorbían el sonido de los pasos y el aire estaba cargado de polvo antiguo.
Avancé lentamente.
El pasaje se extendía paralelo al pasillo principal, con pequeñas aberturas que permitían observar las habitaciones sin ser visto.
Me detuve frente a una de ellas.
Miré.
Era la habitación de invitados donde yo estaba durmiendo.
Continué caminando.
El corredor giraba hacia otra parte de la casa.
Finalmente llegué a otra abertura.
Me incliné para mirar.
Era la habitación de las antiguas empleadas.
La misma zona donde había estado el cuarto vacío de Clara.
Me quedé en silencio unos segundos.
Entonces escuché algo.
Un ruido leve.
Un paso.
Venía desde el interior del corredor.
Apagué la lámpara inmediatamente.
El sonido se acercó.
Alguien caminaba por el pasaje oculto.
Muy cerca.
Me quedé completamente inmóvil.
Los pasos se detuvieron a pocos metros de donde yo estaba.
En la oscuridad apenas podía distinguir una silueta.
La figura permaneció quieta unos segundos.
Luego continuó caminando por el corredor hasta desaparecer en la oscuridad del otro extremo.
Esperé un momento antes de volver a encender la lámpara.
El pasaje estaba vacío otra vez.
Pero ahora sabía algo con absoluta certeza.
Los pasajes ocultos no eran solo una curiosidad arquitectónica.
Alguien los usaba.
Y ese alguien vivía dentro de la casa.