LOS CASOS DE OSVALD TRUMAN Capítulo 26 — La sirvienta que escapó
63%

Capítulo 26 — La sirvienta que escapó

Los registros de empleo que había revisado la noche anterior incluían varios nombres. La mayoría no tenía dirección actual ni información útil. Sin embargo, uno de los formularios estaba más completo.

Margaret O'Neil.

La dirección figuraba en un barrio al oeste de Boston.

Salí de la oficina temprano y tomé un carruaje hacia esa parte de la ciudad. El trayecto fue largo. A medida que nos alejábamos de las zonas elegantes, las calles se volvían más estrechas y las casas más pequeñas.

El conductor se detuvo frente a una vivienda modesta de ladrillo.

Toqué la puerta.

Pasaron unos segundos antes de que se abriera.

Una mujer joven apareció en el umbral. Debía tener poco más de veinte años. Su expresión cambió ligeramente cuando vio mi placa.

—¿Policía?

—Detective Truman.

—¿Qué ocurre?

—Quisiera hacerle algunas preguntas. ¿Es usted Margaret O'Neil?

La mujer dudó un momento antes de responder.

—Sí.

—Trabajó hace un tiempo en la mansión Braund van Vauhter.

Su expresión cambió por completo.

No fue miedo exactamente.

Fue incomodidad.

—Sí —dijo finalmente.

—Estoy investigando la desaparición de una joven llamada Clara Whitmore.

Margaret bajó la mirada.

—No la conocí mucho.

—Pero trabajaron en la misma casa.

—Sí.

—¿Puedo hacerle algunas preguntas?

La mujer miró hacia el interior de la casa antes de abrir un poco más la puerta.

—Está bien.

Entré.

La casa era pequeña y sencilla. Una mesa de madera ocupaba el centro de la habitación principal y una estufa calentaba el lugar.

Margaret se sentó frente a mí.

—¿Cuánto tiempo trabajó en la mansión? —pregunté.

—Casi cuatro meses.

—¿Por qué dejó el trabajo?

La mujer tardó en responder.

—Porque no me gustaba ese lugar.

—¿Por qué?

—No sabría explicarlo.

Saqué la libreta.

—Inténtelo.

Margaret cruzó las manos sobre la mesa.

—La casa es… extraña.

—¿Extraña cómo?

—Demasiado silenciosa.

—Eso no parece motivo suficiente para dejar un trabajo.

La mujer respiró hondo.

—Por las noches se escuchaban cosas.

—¿Qué tipo de cosas?

—Pasos.

La palabra quedó flotando en el aire unos segundos.

—¿Pasos?

—Sí.

—¿De quién?

Margaret negó con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Dónde los escuchaba?

—En los pasillos.

—¿Intentó ver quién era?

—Una vez.

—¿Y?

La mujer levantó la vista lentamente.

—No había nadie.

Cerré la libreta.

—¿Se lo dijo a alguien?

—No.

—¿Por qué?

—Porque nadie me habría creído.

Hubo un momento de silencio.

—¿Fue esa la razón por la que dejó el trabajo?

Margaret dudó.

—No solo eso.

—¿Qué más?

La mujer me miró directamente por primera vez.

—Una noche escuché pasos fuera de mi puerta.

—¿Y?

—La puerta se abrió.

—¿Quién estaba allí?

Margaret tardó varios segundos en responder.

—Nadie.

La habitación quedó en silencio.

—Al día siguiente dejé la casa —dijo finalmente.

—¿Se despidió de alguien?

—No.

Guardé la libreta.

—¿Volvió alguna vez?

—No.

—¿Sabe algo sobre Clara Whitmore?

La mujer negó con la cabeza.

—Solo que trabajaba allí después de mí.

Me levanté.

—Gracias por hablar conmigo.

Margaret asintió.

Cuando salí a la calle el cielo seguía gris.

Caminé unos metros antes de detenerme.

Había escuchado la misma historia dos veces.

Primero de una niña.

Ahora de una antigua empleada.

Pasos en la noche.