Capítulo 22 — El pasillo oculto
Me quedé unos segundos frente a la puerta del sótano.
La casa estaba completamente silenciosa otra vez.
Probé el picaporte.
Seguía cerrado.
No escuché ningún movimiento al otro lado.
Esperé.
Nada.
Después de unos minutos regresé lentamente hacia la escalera. Si alguien había estado allí, ya no quedaban señales.
Subí al segundo piso.
El corredor estaba igual que antes: oscuro, inmóvil, sin un solo sonido.
Caminé hacia mi habitación, pero me detuve antes de llegar.
Había algo que no había notado durante el día.
En una de las paredes del pasillo había una línea irregular en la madera, apenas visible bajo la luz débil de la lámpara.
Me acerqué.
Pasé la mano por la pared.
No era una grieta.
Era una junta.
Como si dos paneles de madera se encontraran allí.
Presioné ligeramente.
Uno de los paneles cedió apenas unos milímetros.
Me detuve.
Miré el pasillo detrás de mí.
Seguía vacío.
Volví a presionar el panel.
Esta vez se movió un poco más, revelando una abertura estrecha.
Detrás había oscuridad.
Una abertura lo suficientemente ancha como para que una persona pudiera pasar.
La abrí un poco más.
Del otro lado apareció un espacio angosto.
Un corredor.
Un pasillo oculto dentro de la pared de la casa.
Encendí una pequeña lámpara de aceite que estaba sobre una mesa cercana y acerqué la luz.
El corredor era estrecho y polvoriento. El suelo de madera estaba cubierto de polvo antiguo, pero no completamente intacto.
Había marcas.
Huella de pasos.
Recientes.
Me quedé observándolas en silencio.
El pasillo oculto se extendía hacia el interior de la casa, perdiéndose en la oscuridad.
Cerré el panel lentamente.
No era el momento de explorarlo todavía.
Regresé a mi habitación y cerré la puerta.
Me senté en la silla junto a la ventana.
Ahora sabía algo importante.
La mansión tenía lugares que no aparecían a simple vista.
Pasillos ocultos.
Espacios por donde alguien podía moverse sin ser visto.
Y alguien los estaba usando.