Capítulo 19 — Una pista en la cocina
Después de hablar con el mayordomo decidí recorrer nuevamente la planta baja de la casa.
A veces las pistas no aparecen en los grandes salones ni en los lugares evidentes. Suelen encontrarse donde nadie presta demasiada atención.
Seguí el pasillo hasta llegar a la cocina.
Era una habitación amplia con una mesa grande de madera en el centro, una estufa de hierro contra la pared y varios armarios colgados arriba. El lugar estaba limpio y ordenado, como si cada objeto tuviera un sitio asignado desde hacía años.
La señora Whitaker estaba allí.
Estaba cortando verduras sobre una tabla cuando levantó la vista.
—Detective.
—Buenos días.
—¿Necesita algo?
—Solo hacerle unas preguntas más.
La mujer dejó el cuchillo a un lado y se limpió las manos con el delantal.
—Adelante.
Miré la cocina.
—Clara trabajaba aquí con frecuencia, ¿verdad?
—Sí.
—¿En qué tareas?
—Limpiar, preparar algunas cosas, ayudar cuando era necesario.
Me acerqué a la mesa.
—¿La vio aquí el último día que trabajó?
—No lo recuerdo con exactitud.
—¿Quién preparó la cena esa noche?
La mujer pensó unos segundos.
—Probablemente yo.
—¿Clara ayudó?
—Es posible.
Observé la mesa con atención.
Había varios utensilios de cocina alineados contra la pared. Todo parecía perfectamente ordenado.
Demasiado ordenado.
Mis ojos se detuvieron en algo pequeño sobre un estante.
Un delantal.
Era sencillo, de tela clara, igual a los que usaban las empleadas domésticas.
Señalé hacia él.
—¿De quién es?
La señora Whitaker miró el estante.
—De Clara.
—¿Todavía está aquí?
—Sí.
—¿Por qué?
La mujer frunció ligeramente el ceño.
—No sabría decirle.
Me acerqué y tomé el delantal.
La tela estaba limpia.
—Si Clara se marchó de la casa —dije—, ¿por qué dejaría esto aquí?
La ama de llaves no respondió inmediatamente.
—Tal vez olvidó llevárselo.
—Tal vez.
Coloqué el delantal nuevamente sobre el estante.
Las empleadas domésticas que se marchaban solían llevarse sus pocas pertenencias.
Ropa.
Objetos personales.
Cualquier cosa que fuera suya.
Pero ese delantal seguía allí.
Miré nuevamente la cocina.
Todo estaba en orden.
Exactamente como si Clara hubiera estado trabajando allí el día anterior.
Cerré la libreta.
—Gracias, señora Whitaker.
La mujer asintió.
Salí de la cocina y regresé al pasillo.
La casa seguía tan silenciosa como siempre.
Pero ahora tenía algo más.
Una pequeña duda que empezaba a crecer.
Si Clara realmente había decidido marcharse de la casa…
¿por qué dejó allí algo que usaba todos los días?