Capítulo 11 — Las otras sirvientas
Regresé a la oficina al final de la tarde.
La neblina que cubría Boston por la mañana se había convertido en una llovizna fina que oscurecía las calles. El edificio del departamento de policía estaba casi vacío a esa hora; la mayoría de los detectives ya había terminado su jornada.
El capitán Doyle seguía en su escritorio.
Le entregué el informe preliminar.
—¿Qué encontró? —preguntó sin levantar mucho la vista.
—Nada concreto.
Doyle asintió, como si esa fuera exactamente la respuesta que esperaba.
—¿La familia?
—Cooperativa.
—¿El personal?
—También.
El capitán dejó el informe sobre la mesa.
—Entonces probablemente la muchacha se marchó.
No respondí inmediatamente.
—Es posible.
Doyle encendió un cigarro.
—Si no hay señales de violencia ni testigos, eso suele ser lo que ocurre.
Asentí.
—Capitán, ¿dónde guardamos los registros de empleo doméstico?
Doyle levantó la vista.
—¿Para qué?
—Quiero revisar algo.
El capitán señaló hacia el fondo de la oficina.
—Archivos municipales. Hay listas de trabajadores domésticos registrados por dirección.
—Gracias.
Caminé hacia la sala de archivos.
Era una habitación grande con estanterías llenas de carpetas y cajas de documentos. Un empleado del departamento estaba organizando papeles detrás de un escritorio.
—Necesito revisar registros de personal doméstico —le dije—. Mansión Braund van Vauhter.
El hombre buscó en un índice grueso.
—Dirección…
Le di la calle.
Revisó unas páginas.
—Aquí está.
Desapareció entre las estanterías y regresó con una carpeta delgada.
—Esto es lo que hay.
Me senté en una mesa y abrí el archivo.
La primera hoja era reciente.
Clara Whitmore — empleada doméstica.
Debajo aparecía la fecha en que había comenzado a trabajar en la casa.
Pasé la página.
Otro nombre.
Margaret O'Neil.
También empleada doméstica.
Fecha de ingreso: ocho meses antes.
Pasé otra página.
Eliza Carter.
Mismo trabajo.
Misma dirección.
Continué revisando.
Había más nombres.
Todos correspondían a jóvenes empleadas que habían trabajado en la mansión durante los últimos dos años.
Ninguna había permanecido mucho tiempo.
Cerré la carpeta y regresé al escritorio del empleado.
—¿Hay denuncias asociadas a estas personas?
El hombre revisó otro registro.
—No.
—¿Ninguna?
—No.
Volví a mirar la carpeta.
—¿Sabe si alguna sigue trabajando en la casa?
—Eso tendría que preguntarlo en la casa.
Asentí.
Regresé a mi escritorio con la carpeta.
La hoja de Clara seguía en la parte superior.
Debajo estaban los nombres de las otras empleadas.
Varias.
Todas habían trabajado en la misma casa.
Todas habían dejado el empleo después de algunos meses.
Ninguna había presentado una denuncia.
La única denuncia existente era la que me había llevado allí esa mañana.
La de los padres de Clara Whitmore.