Capítulo 9 — El jardinero
El jardín se extendía mucho más allá de lo que se veía desde las ventanas de la casa.
El sendero de grava terminaba cerca de los árboles y luego continuaba como un camino de tierra que bordeaba el terreno. Desde allí se podía ver la parte trasera de la mansión completa, con sus tres pisos de piedra gris y las ventanas alineadas como si observaran todo lo que ocurría en el jardín.
Caminé hacia el fondo.
El aire olía a tierra húmeda y hojas caídas. El otoño ya había empezado a cambiar el color de los árboles.
Cerca de la línea de robles vi a un hombre trabajando con una pala.
Era más joven de lo que esperaba, quizá unos treinta años. Tenía las mangas arremangadas y las botas cubiertas de barro. Cuando escuchó mis pasos dejó la pala apoyada en el suelo.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes.
Saqué la credencial.
—Detective Osvald Truman.
El hombre asintió.
—Thomas.
—¿Usted es el jardinero?
—Sí.
Miré alrededor.
—Tiene mucho terreno que cuidar.
El hombre levantó los hombros.
—Es parte del trabajo.
Saqué la libreta.
—Estoy investigando la desaparición de una joven llamada Clara Whitmore. Trabajaba aquí en la casa.
El jardinero tardó unos segundos en responder.
—La recuerdo.
—¿La veía con frecuencia?
—A veces pasaba por el jardín.
—¿Hablaban?
—Muy poco.
—¿Cuándo fue la última vez que la vio?
Thomas pensó un momento.
—Hace unas semanas.
—¿Recuerda el día?
—No.
—¿La vio salir de la casa?
—No.
Anoté la respuesta.
—¿Ella solía venir al jardín?
—A veces.
—¿A qué?
—A tomar aire.
Miré el terreno.
—¿Venía sola?
—Sí.
Guardé la libreta un momento.
—¿Recuerda algo extraño en esos días?
El jardinero negó con la cabeza.
—No.
Se agachó para recoger la pala.
—Aquí casi nunca pasa nada.
—¿Nunca?
El hombre clavó la pala en la tierra.
—Es una casa tranquila.
Observé el terreno otra vez.
Desde ese punto se podía ver el lado posterior de la mansión, varias ventanas del primer piso y una pequeña puerta de servicio que probablemente conducía al interior de la casa.
—¿Qué hay detrás de esos árboles? —pregunté.
El jardinero miró hacia la zona que señalaba.
—El límite de la propiedad.
—¿Nada más?
—Nada.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros.
El viento movía las ramas de los robles y las hojas secas caían lentamente al suelo.
Cerré la libreta.
—Gracias por su tiempo.
El hombre asintió.
—De nada.
Regresé caminando hacia la casa.
La mansión parecía aún más grande vista desde el jardín.
Las ventanas reflejaban la luz gris del cielo y el edificio permanecía inmóvil, como si no tuviera prisa por revelar nada.