Capítulo 7 — El ama de llaves
El mayordomo me condujo hacia la parte trasera de la casa.
Los pasillos cambiaban ligeramente a medida que avanzábamos. Las alfombras desaparecían y el mobiliario era más sencillo. Era evidente que habíamos dejado atrás las habitaciones principales y entrábamos en la zona destinada al servicio.
Harrow se detuvo frente a una puerta.
Golpeó dos veces.
—Señora Whitaker.
—Adelante —respondió una voz firme desde dentro.
Entramos.
La mujer que estaba en la habitación debía rondar los sesenta años. Tenía el cabello gris recogido con precisión y llevaba un vestido oscuro con delantal blanco perfectamente planchado. Estaba revisando una libreta sobre una mesa pequeña.
Levantó la vista.
—Señor Harrow.
Luego me observó con atención.
—¿Quién es?
—El detective Truman —dijo el mayordomo—. Viene por el asunto de Clara Whitmore.
La mujer cerró la libreta con calma.
—Ya veo.
Saqué mi credencial.
—Buenos días, señora Whitaker.
—Buenos días.
Su voz era seca pero correcta.
—Entiendo que usted supervisa el trabajo del personal doméstico.
—Así es.
—Entonces probablemente conocía bien a Clara Whitmore.
—Sí.
Saqué la libreta.
—¿Cuánto tiempo trabajó aquí?
—Unos tres meses.
—¿Cómo era como empleada?
—Cumplía con su trabajo.
—¿Tuvo algún problema con alguien de la casa?
—No.
Las respuestas eran directas, sin rodeos.
—¿Cuándo fue la última vez que la vio?
La mujer pensó unos segundos.
—Hace unas tres semanas.
—¿Ese día trabajó normalmente?
—Sí.
—¿Y después no volvió a aparecer?
—No.
Anoté la respuesta.
—¿Dijo algo antes de irse?
—No.
—¿Le mencionó algún problema personal?
—No.
La mujer me observaba con una mirada firme, como si evaluara cada pregunta antes de responder.
—Señora Whitaker —dije finalmente—, ¿las empleadas se marchan con frecuencia de esta casa?
La mujer se encogió ligeramente de hombros.
—En este tipo de trabajo ocurre.
—¿Sin avisar?
—A veces.
—¿Y Clara?
—Simplemente dejó de presentarse.
Guardé la libreta por un momento.
—¿Había otras empleadas cuando ella trabajaba aquí?
—Sí.
—¿Siguen trabajando en la casa?
—No.
—¿También se marcharon?
—Sí.
—¿Recuerda sus nombres?
—Tendría que revisar los registros.
Asentí.
—Me gustaría verlos.
La mujer tomó la libreta de la mesa.
—Puedo buscarlos más tarde.
Antes de irme hice una última pregunta.
—Señora Whitaker.
—Sí.
—¿En todos estos años que lleva trabajando aquí… alguna empleada ha vuelto después de marcharse?
La mujer me miró fijamente.
Su expresión no cambió.
—No.
Cerré la libreta.
—Gracias por su tiempo.
Salí de la habitación acompañado nuevamente por el mayordomo.
El pasillo estaba igual de silencioso que antes.