Capítulo 5 — Los niños de la casa
La baronesa caminaba delante de mí por el pasillo con paso tranquilo. La casa seguía igual de silenciosa que cuando había llegado, como si cada habitación estuviera separada del resto por una distancia mayor de la que realmente existía.
Doblando un corredor llegamos a una puerta entreabierta.
—Aquí suelen estudiar —dijo la baronesa.
Golpeó suavemente antes de abrir.
La habitación era amplia y estaba iluminada por dos ventanas grandes que daban al jardín lateral. En el centro había una mesa larga cubierta de libros, cuadernos y lápices.
Tres niños estaban sentados alrededor.
El mayor levantó la vista primero. Debía tener unos catorce años y su postura era más seria que la de un muchacho de su edad.
—Ben —dijo la baronesa—, este es el detective Truman.
El muchacho se puso de pie con educación.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes —respondí.
Las dos niñas permanecieron sentadas observándome con curiosidad.
—Ellas son Camille y Pauline —añadió la baronesa.
La mayor de las dos niñas, Camille, parecía tener unos doce años. Tenía una expresión despierta y los ojos atentos, como si estuviera acostumbrada a notar detalles.
La menor, Pauline, debía tener alrededor de diez años. Era la única que parecía algo incómoda con mi presencia.
—El detective quiere hacer algunas preguntas —dijo la baronesa con naturalidad.
Ben asintió.
—Está bien.
La baronesa me miró.
—Los dejaré conversar.
Salió de la habitación cerrando la puerta detrás de ella.
Los tres niños siguieron observándome.
Saqué mi libreta.
—No les tomaré mucho tiempo.
Nadie respondió, pero el mayor parecía dispuesto a colaborar.
—Estoy investigando la desaparición de una joven llamada Clara Whitmore. Trabajaba aquí en la casa.
Ben pensó unos segundos.
—Sí, la recuerdo.
—¿La veían con frecuencia?
—A veces.
—¿En qué parte de la casa trabajaba?
—En la cocina o en los pasillos.
Anoté la respuesta.
—¿La vieron el último día que estuvo aquí?
El muchacho frunció ligeramente el ceño.
—No estoy seguro.
Miré a las niñas.
—¿Y ustedes?
Camille respondió primero.
—Yo sí.
—¿Cuándo?
—Una noche.
—¿Recuerdas cuál?
—No.
—¿Dónde la viste?
La niña dudó un momento antes de responder.
—En el pasillo.
—¿Qué hacía?
—Caminaba.
—¿Hacia dónde?
Camille se encogió de hombros.
—No lo sé.
Pauline seguía en silencio.
—¿Tú la viste? —le pregunté.
La niña dudó.
Luego negó con la cabeza.
—No.
Ben miró a su hermana menor un instante, pero no dijo nada.
Guardé la libreta.
—¿Clara hablaba con ustedes alguna vez?
—A veces —dijo Ben.
—¿De qué hablaban?
—De cosas normales.
—¿Parecía preocupada por algo?
—No.
Camille levantó la vista.
—Una vez estaba asustada.
Ben la miró rápidamente.
—No estaba asustada.
La niña insistió.
—Sí estaba.
Me incliné ligeramente hacia adelante.
—¿Por qué dices eso?
Camille dudó un momento antes de responder.
—Porque estaba mirando hacia la escalera.
—¿Qué escalera?
—La del fondo.
—¿Qué tiene esa escalera?
Ben respondió antes que su hermana.
—Nada.
El muchacho habló con rapidez, como si quisiera cerrar el tema.
—Es solo una escalera que baja al sótano.
Anoté mentalmente la información.
—¿La usan mucho?
—No.
Miré nuevamente a Camille.
—¿Clara dijo algo cuando estaba allí?
—No.
—¿Solo estaba mirando?
La niña asintió.
—Sí.
Cerré la libreta.
—Gracias por ayudarme.
Ben se puso de pie nuevamente.
—¿Encontrará a Clara?
—Eso espero.
El muchacho asintió con seriedad.
Abrí la puerta y salí al pasillo.
El silencio de la casa seguía siendo el mismo.
Pero ahora sabía algo más.
En alguna parte de la mansión había una escalera que conducía al sótano.