Capítulo 4 — La baronesa Constanza
El mayordomo me condujo por el pasillo hasta otra sala de la casa.
Era más luminosa que la anterior. Dos ventanales altos dejaban entrar la luz gris de la mañana y en el centro había una mesa redonda con varias sillas tapizadas.
—La baronesa lo recibirá aquí, detective —dijo Harrow.
Asentí.
El mayordomo salió sin hacer ruido, cerrando la puerta con cuidado.
Esperé de pie unos minutos observando el lugar. Había varios retratos familiares en las paredes y un piano en una esquina. Sobre una mesa lateral descansaban algunos libros y un jarrón con flores frescas.
La puerta se abrió.
La mujer que entró debía tener unos treinta y seis años. Llevaba un vestido claro y caminaba con una serenidad natural, como si la presencia de un detective en su casa fuera algo completamente normal.
—Detective Truman.
Su voz era suave.
—Baronesa.
—Constanza, por favor.
Me ofreció la mano y la estreché.
—Mi esposo me ha explicado el motivo de su visita.
Nos sentamos frente a frente.
—Estoy investigando la desaparición de una joven llamada Clara Whitmore.
—Sí, la recuerdo.
—Trabajaba aquí como empleada doméstica.
—Así es.
Saqué mi libreta.
—Sus padres dicen que no tienen noticias de ella desde hace tres semanas.
La baronesa inclinó ligeramente la cabeza.
—Comprendo que estén preocupados.
—¿Usted hablaba con ella con frecuencia?
—No demasiado. En esta casa las tareas del personal las organiza el ama de llaves.
—Pero la conocía.
—Claro.
—¿Cómo era?
La baronesa pensó un momento.
—Tranquila. Educada.
—¿Parecía tener problemas con alguien?
—No.
—¿La vio el día que dejó la casa?
—No sabría decirlo con seguridad.
Anoté la respuesta.
—¿Recuerda algo inusual en esos días?
—No.
La baronesa hablaba con naturalidad, sin mostrar incomodidad.
—En casas grandes como esta —añadió— el personal cambia con cierta frecuencia.
—¿Las muchachas se marchan sin avisar?
—A veces.
Cerré la libreta por un momento.
—¿Vivía aquí dentro?
—Sí.
—¿En las habitaciones del personal?
—Exactamente.
Miré hacia los ventanales que daban al jardín.
En la distancia se veía parte del terreno de la propiedad y algunos árboles altos que bordeaban el límite del jardín.
—Tiene una casa muy grande, baronesa.
Ella sonrió ligeramente.
—Demasiado grande para mi gusto.
—¿Cuántas personas viven aquí actualmente?
—Mi esposo, nuestros tres hijos y el personal de la casa.
—¿Sus hijos están aquí hoy?
—Sí.
La baronesa se levantó.
—Si desea conocerlos, probablemente estén en la sala de estudio.
Guardé la libreta en el bolsillo.
—Me gustaría hablar con todos los que viven en la casa.
—Por supuesto.
Caminamos hacia la puerta.
Antes de salir la baronesa se detuvo un instante.
—Detective.
—¿Sí?
—Espero que pueda tranquilizar a la familia de esa muchacha.
Asentí.
—Eso intento.
La baronesa abrió la puerta.
El pasillo estaba silencioso otra vez.