LOS CASOS DE OSVALD TRUMAN Capítulo 2 — La mansión Braund van Vauhter
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Capítulo 2 — La mansión Braund van Vauhter

Llegar hasta la mansión Braund van Vauhter tomó casi una hora.

El carruaje que contraté dejó atrás el centro de Boston y siguió hacia el norte, donde las casas empezaban a separarse unas de otras y los árboles ocupaban más espacio que las calles.

La neblina de la mañana todavía flotaba sobre el río Charles, y el conductor avanzaba despacio por un camino estrecho bordeado por muros de piedra.

—Es allí —dijo finalmente.

Señaló con el látigo.

La mansión apareció detrás de una hilera de robles altos.

Era una construcción grande de piedra gris, de tres pisos, con ventanas altas y un techo inclinado. No parecía una casa moderna; tenía el aspecto sólido y pesado de las residencias levantadas varias décadas antes por familias que querían que su riqueza fuera visible desde lejos.

El carruaje se detuvo frente a la verja.

Pagué al conductor y continué a pie por el sendero que cruzaba el jardín.

El terreno estaba bien cuidado. El césped recién cortado, los arbustos alineados con precisión y un camino de grava que llevaba directamente a la escalinata de la entrada principal.

La casa estaba en silencio.

No se oían voces ni movimiento alguno, a pesar de que según la denuncia allí vivía una familia con tres hijos y varios empleados.

Subí los escalones y golpeé la puerta con el llamador de bronce.

Pasaron unos segundos.

Finalmente la puerta se abrió.

El hombre que apareció llevaba un traje oscuro perfectamente ajustado y guantes blancos. Era alto, delgado, con el cabello gris peinado hacia atrás.

—Buenos días.

Saqué mi credencial.

—Detective Osvald Truman, departamento de policía de Boston.

El hombre examinó la placa con atención.

—Buenos días, detective.

Su voz era tranquila y medida.

—¿En qué puedo ayudarle?

—Estoy investigando la desaparición de una joven llamada Clara Whitmore. Según la denuncia, trabajaba en esta casa.

El hombre no mostró sorpresa.

—Sí, señor.

Abrió la puerta por completo.

—Pase, por favor.

Entré al vestíbulo.

El interior era amplio y silencioso. El suelo estaba cubierto por una alfombra gruesa y las paredes decoradas con retratos antiguos. Una escalera curvada subía hacia el segundo piso y un candelabro grande colgaba del techo.

El mayordomo cerró la puerta con cuidado.

—Mi nombre es Edwin Harrow.

—Encantado, señor Harrow.

—La familia está en casa.

Asentí.

—Me gustaría hacer algunas preguntas.

Harrow inclinó ligeramente la cabeza.

—Entiendo.

Permaneció en silencio un momento antes de añadir:

—Informaré al señor de la casa de su visita.

—Se lo agradecería.

El mayordomo señaló hacia una sala cercana.

—Si desea esperar aquí, detective.

Entré en la habitación.

Era una sala amplia con dos ventanales que daban al jardín trasero. Los muebles eran pesados y antiguos, todos de madera oscura. Sobre una de las paredes colgaban varios retratos de hombres y mujeres que debían pertenecer a generaciones anteriores de la familia.

El mayordomo se detuvo en la puerta.

—Volveré enseguida.

Asentí.

La puerta se cerró con suavidad.

Me quedé solo en la sala.

Saqué la hoja de la denuncia del bolsillo y volví a leer el nombre escrito en la parte superior.

Clara Whitmore.Diecinueve años.Empleada doméstica.

Guardé el papel otra vez.

En ese momento se escucharon pasos en el pasillo exterior.