LOS CASOS DE OSVALD TRUMAN Capítulo 1 — La carta del caso
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LOS CASOS DE OSVALD TRUMAN

LOS CASOS DE OSVALD TRUMAN

Por Elio Vic

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Capítulo 1 — La carta del caso

Recibí el caso en una mañana fría de noviembre.

La neblina cubría Boston con esa humedad que parece quedarse pegada a los edificios de ladrillo. Desde la ventana del departamento apenas se distinguían los carruajes que cruzaban la calle.

Yo llevaba tres semanas en el cuerpo de detectives.

Tres semanas no alcanzan para ganarse reputación, pero sí para aprender una cosa:los casos interesantes casi nunca llegan a los novatos.

Por eso me sorprendió cuando el capitán Doyle dejó un pequeño sobre mi escritorio.

Ni siquiera se sentó.

—Truman.

Levanté la vista.

—Sí, señor.

—Tiene una denuncia.

El sobre era delgado. Apenas una hoja doblada dentro.

—¿De qué tipo?

El capitán encendió un cigarro.

—Desaparición.

Eso no tenía nada de extraordinario.

En Boston desaparecía gente todos los días.

Abrí el sobre.

Dentro había una sola hoja.

Una denuncia formal firmada por una pareja de inmigrantes irlandeses.

Leí en voz baja.

—Clara Whitmore… diecinueve años…

El capitán se apoyó en mi escritorio.

—Trabajaba en una casa.

Seguí leyendo.

—Como empleada doméstica.

Doyle asintió.

—Exacto.

Llegué a la última línea.

—Mansión Braund van Vauhter.

Miré al capitán.

—¿Quiénes son?

Doyle se encogió de hombros.

—Gente con dinero.

—¿Problemas antes?

—No que yo sepa.

Volví a mirar la hoja.

La denuncia era breve.

Los padres afirmaban que su hija llevaba tres semanas sin dar noticias.

Y que la última vez que la vieron estaba trabajando en esa casa.

Nada más.

Ni acusaciones.

Ni sospechas.

Solo una petición sencilla:

“Queremos saber qué ocurrió con nuestra hija.”

Doblé la hoja otra vez.

—¿Quiere que vaya a hablar con la familia?

Doyle negó con la cabeza.

—Primero con los empleadores.

—¿La mansión?

—Sí.

Guardé el papel en el bolsillo del abrigo.

—Entiendo.

El capitán dio una última calada al cigarro.

—Truman.

—¿Sí?

—Probablemente no sea nada.

—¿No?

—Las muchachas jóvenes cambian de trabajo todo el tiempo.

Asentí.

Era cierto.

Las casas grandes de Boston empleaban decenas de sirvientas que iban y venían cada temporada.

Tomé mi sombrero.

—Entonces supongo que solo debo hacer algunas preguntas.

Doyle se apartó de mi escritorio.

—Exactamente.

Caminé hacia la puerta.

Antes de salir miré otra vez el nombre escrito en la hoja.

Clara Whitmore.

Una joven de diecinueve años.

Desaparecida.

Tal vez había dejado el trabajo.

Tal vez había encontrado algo mejor.

Tal vez simplemente había decidido no volver.

En aquel momento pensé que la visita a la mansión sería una formalidad.

Un par de preguntas.

Un informe.

Nada más.