Los Caballeros de Galanthus EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

—Dejar la ciudad en manos de los magistrados y el senado nos liberará de cargas, especialmente a mí —le dijo Erebus—, lamento mucho lo que ocurrió con Braithwhite, sé que confiabas mucho en él.

—Sus palabras estaban cargadas de un sentimiento que ni Albion ni Darclan habían visto antes en él.

Parecía que, tras liberarse de las cadenas de la oscuratriz y la Orden, Moonstone era un hombre muy diferente—.

Y lamento mucho todo por lo que te hice pasar, Darclan...

Él se limitó a asentir y a ofrecerle su perdón.

—Nada de lo que ocurrió importa ya... Todos tenemos una nueva oportunidad para ser aquellos que queremos ser y no quienes nos obligaron —masculló Darclan.

No había símbolos que le recordaran a la Orden, ni capas, ni espadas que marcaran la autoridad del hombre que antes había comandado caballeros; solo quedaba un padre cansado que había elegido rehacer su vida lejos del eco de la guerra.

Odile llevaba las manos entrelazadas, casi a la altura del pecho, como si temiera que cualquier gesto brusco pudiera quebrar la serenidad recién conquistada con su antiguo amor.

Lilia Moonstone, en cambio, observaba a Darclan con una mezcla de gratitud y melancolía, consciente de que él había sobrevivido al mismo caos que a ella casi la destruye y que era la pérdida de la persona que tenían en común: Jetson.

No intercambiaron palabras largas. Era una despedida que no necesitaba discursos, únicamente la aceptación silenciosa de que cada uno debía seguir un sendero distinto.

Albion inclinó la cabeza ante los tres, con la dignidad tranquila que había ganado a lo largo de su estancia en Alabashtra, siendo primero escudero y luego caballero juramentado.

Su hermana se aferró a la mano de su institutriz Odile unos segundos más de lo necesario, pues intuía que aquel adiós significaba el final de una época y el inicio de otra, más incierta, pero también más libre.

Fue entonces cuando Darclan se adelantó a Albion y su sombra quedó proyectada sobre la piedra humedecida del patio.

Miró a Lilia con una delicadeza que contrastaba con la dureza de su rostro marcado por la batalla.

Entre ellos flotaba un silencio tenso, hecho de recuerdos y pérdidas compartidas.

Lilia fue la primera en bajar la mirada, incapaz de sostenerla cuando el dolor aún era tan reciente.

—Mi hermano —murmuró Darclan con una voz que parecía quebrársele desde dentro—. En sus últimos instantes… antes de morir, dijo tu nombre.

Lilia cerró los ojos, como si las palabras fueran una ráfaga de viento que necesitaba absorber antes de dejarlas marchar.

—Gracias por decírmelo... Me consuela saber que sus últimos pensamientos antes de irse estuvieron dedicados a mí... —repuso Lilia.

Un temblor recorrió sus labios, pero no lloró.

Había llorado demasiado en los días anteriores, tras saber que Jetson había perecido en la batalla contra Sinistra Von Dusk; ahora solo quedaba el peso sereno de la verdad y el recuerdo de un amor que nunca llegó a fraguarse más allá de los muros de Obssidyan.

El antiguo Gran Maestre apoyó una mano en el hombro de su hija, no como comandante, sino como padre, y sintió su dolor.

Al fin y al cabo, Jetson había sido su caballero, un joven leal hasta el último momento.

Odile, por su parte, les dedicó a Albion y Alva una inclinación de cabeza suave, colmada de agradecimiento.

Sin más ceremonia, la familia Moonstone-Childermass emprendió el camino hacia el portón de la casa de los hermanos Soligant, avanzando con paso decidido hacia una nueva vida que aguardaba lejos, tal vez más allá del imperio de Galanthus.

Albion observó cómo se alejaban, con el sol ascendiendo tras ellos y alargando sus sombras hacia la ciudad que dejaban en el pasado.

Darclan, a su lado, respiró hondo y le dio la mano, como si aquella despedida hubiera cerrado la última herida abierta con la Orden.

Ver alejarse a su maestro le brindó aquella anhelada paz que siempre había deseado, pues significaba que nunca más tendría que cumplir con sus órdenes.

Y juntos, en silencio, regresaron al interior de la casa acompañados de la pequeña Alva, listos para afrontar su futuro, que pronto tomaría un camino muy distinto, como les había ocurrido a Erebus, Odile y Lilia.

~

Con la ciudad todavía respirando la calma posterior al fin del imperio de los Galadred, Albion había comprendido que su destino —y el de aquellos a quienes amaba— no estaba ya en las calles que habían visto caer el régimen de Aurelyan y las líderes de la Orden, sino más allá, en el territorio remoto donde la alquimia se transformaba en rito y frontera.

Había sido la propia Celestia Arkanides quien se lo propuso, con la serenidad austera de quien ha perdido demasiado para permanecer en un lugar que solo guarda ecos de guerra.

Allí, en los aposentos privados del emperador caído, les había ofrecido volver con ella a Tierra Santa, a Arkanhold, con el propósito de estudiar los misterios que habían trastocado sus vidas en la torre de Hyperion.

Tras el nombramiento de los Magistrados y del Senado, y la reciente marcha de Erebus Moonstone y su familia, Albion no tardó en aceptar y, por ende, Darclan tampoco.

Incluso la pequeña Alva, con la determinación silenciosa que siempre había llevado en la mirada, aceptó sin miedo, como si intuyera que su futuro se hallaba inscrito en esa senda extraña, pero luminosa que se extendía más allá de Cair Galad y cruzaba todo Galanthus.

—Estoy deseando que conozcas Arkanhold... Sé que te va a encantar —le dijo Albion a su hermana.

—¿Viviremos con la alquimista que trajisteis tras vuestra cruzada? —quiso saber Alva.

—Así es... En la torre de Hyperion, junto con muchos otros estudiosos de la alquimia, ingenieros y personas que nos enseñarán todo lo que debemos saber sobre la alquimia, para que esta no vuelva a cometer estragos —le explicó su hermano.

—La dama Celestia nos quiere como sus discípulos... —masculló Darclan.

—Tal vez, ese siempre ha sido nuestro destino. Desde el primer momento en que llegamos a Arkanhold... Creo que los dos sentimos algo diferente en aquel lugar, el mismo que nos permitió ser quienes queríamos ser —le recordó Albion a su amado.

—Apenas queda nada aquí para nosotros... —repuso él.

—¿Y tu padre? —apuntó Albion.

—Está en buenas manos con los Hossack, sé que Heron y su esposa Ygwen lo cuidarán bien. Aunque no negaré que me preocupó ver su reacción tras conocer la noticia de la muerte de Jetson.

—La pérdida de un hijo es mucho más dura que la pérdida de un padre. Pero todo pasará... Tal vez, cuando llevemos un tiempo instalados en Hyperion, podamos traer a tu padre con nosotros... Cuidaremos de él con más recursos de los que hay aquí en Cair Galad.

La propuesta de Albion satisfizo a Darclan, que se quedó mucho más tranquilo al saber que existía una posibilidad de poder cuidar de su propio padre en el futuro y no dejarlo solo en la ciudad.

La marcha a Arkanhold se organizó sin ceremonias.

Celestia reunió sus pertenencias con la precisión de quien embalaba fragmentos de un mundo que solo ella era capaz de reconstruir, la mayoría eran cosas que Hemera, Sinistra y Aurelyan le habían robado a su padre siglos atrás y que pertenecían, por tanto, a la Casa de Arkanides.

Por supuesto, logró recuperar de las torres gemelas los dos fragmentos del Arkanomicón original —aquello que le habían prometido a cambio de ir hasta allí y que nunca le habían dado— y, por último, decidieron llevarse el cuerpo sin vida de la emperatriz Crisantha, a la que esperaban poder revivir gracias a la alquimia.

Junto a ella caminaba la doncella Zelmira, su querido artificio de piel pálida y movimientos suaves, cuya lealtad era absoluta, como si un hilo invisible la uniera a su ama alquimista.

Ambas supervisaron el sellado del cuerpo de la antigua emperatriz, perfectamente preservado pese a la corrupción que había marcado su muerte.

Lo envolvieron en telas impregnadas con ungüentos de conservación, lo introdujeron en un arca de vidrio reforzado con filamentos de oro, y Celestia declaró, sin necesidad de palabras, que lo estudiarían para comprender su naturaleza, como hacían con todos los otros artificios creados en Hyperion.

El viaje hacia Tierra Santa —si es que todavía se la podía considerar como tal— comenzó al amanecer.

Albion Soligant, aún marcado por la batalla, pero con la mirada firme, observó la fortaleza del emperador ante él, un lugar que lo había visto nacer, caer y levantarse en muy poco tiempo; Darclan, cuyo luto reciente se mezclaba con una calma nueva, se aferraba a su mano como si Albion fuese lo único que le quedaba y valía realmente la pena proteger; la pequeña Alva, fascinada por cada parte que formaba la aerogóndola, no dejaba de seguir a Zelmira mientras cargaba todo lo que habían logrado reunir de las torres y el castillo en su transporte.

En cambio, la dama Celestia protegía el arca transparente donde yacía la emperatriz artificial con cierto recelo, preguntándose cómo Aurelyan había sido capaz de crearla, aunque ya conociese la respuesta: gracias a la primera Alkahes t.

La aerogóndola permanecía intacta a las afueras de la ciudad, flotando con la habitual dignidad silenciosa que la caracterizaba, cual ave mecánica que respira vapor y luz tenue.

Antes de partir, el pequeño grupo se reunió con quienes habían sobrevivido a la caída del imperio y habían formado, en muy poco tiempo, un lazo más fuerte que muchos juramentos: sus amigos.

El senescal de la Fuerza Lux, ahora Magistrado Edelweiss, fue el primero en avanzar hacia ellos. Su túnica blanca estaba manchada del polvo del camino hasta allí, pero conservaba la dignidad de alguien que había sobrevivido a una revolución e instaurado la paz en Cair Galad con una fe renovada.