EPÍLOGO
Discípulos
La ciudad tardó días en comprender que el corazón del imperio había dejado de latir.
Las torres gemelas —Alabashtra y Obssidyan— ya no tenían a sus líderes espirituales y el Castillo del Trono Carmesí se había quedado sin gobernantes.
Tan solo eran lugares vacíos, testigos mudos de la caída simultánea de la Casa de Galadred y de la Orden de Luxtenebris, las cuales habían regido la vida de todos los habitantes de la fortaleza del emperador durante generaciones.
Al final, el presagio de sir Cloud Blanchester se había cumplido en cierta manera, solo que, en lugar de la caída de solo una de las dos torres, habían sucumbido ambas, aunque fuese de manera figurada.
Una niebla de incertidumbre flotaba sobre las calles, no solo la que se habían encargado de propagar los disidentes, los Revelados, sino aquella que nacía cuando un pueblo descubría que ya no quedaba nadie al mando. Un vacío demasiado incierto para una ciudad como Cair Galad.
Sin embargo, en medio de ese vacío, Colton Maskwell emergió como una figura inesperadamente necesaria.
Acostumbrado a luchar desde las sombras, ahora caminaba entre los escombros siendo un hombre obligado a mostrarse ante todos, sin temor a que lo arrestasen o lo matasen —como había ocurrido con los Soligant—.
Su propuesta no brotó del deseo de poder, sino de la urgencia: la ciudad estaba al borde del caos, y los caballeros luminoscuros sobrevivientes eran los únicos con la fuerza y disciplina suficiente para impedir que la anarquía la devorara.
Fue así como se convocó la primera asamblea en el antiguo salón del consejo imperial, un lugar que aún olía a incienso frío y a cenizas, restos que había dejado la batalla contra los homúnculos.
La guardia imperial creada por Aurelyan había sido desprogramada por la dama Celestia, la única alquimista capaz de manipular la naturaleza de los autómatas del castillo.
Los muros, antes cubiertos con tapices de los Galadred, mostraban ahora sus piedras desnudas, como si también ellas hubiesen sido liberadas.
No quedaba emperador ni Orden que los reclamara.
Solo quedaba la necesidad de renacer y levantarse de nuevo.
Los restos de la Orden de Luxtenebris —caballeros, escuderos, novicias— se reunieron allí, junto con los Revelados y algunos representantes civiles que Maskwell había logrado organizar, casi todos burgueses, comerciantes y gente influyente de la ciudad.
El vacío de poder se transformó, casi sin que nadie pudiera señalar el momento exacto, en un acuerdo unánime: Cair Galad nunca más tendría emperador.
Y tampoco habría un solo trono. Había demasiados fantasmas vinculados a él.
En su lugar, se instauró un gobierno de múltiples voces.
Tres Magistrados dirigirían la reconstrucción: el propio Colton Maskwell, como representante de los rebeldes y de la voluntad civil; el senescal de la Fuerza Lux, sir Ivoriel Edelweiss, símbolo de la disciplina y justicia; y el senescal de la fuerza Tenebris, sir Wolfram Umbert, guardián del equilibrio y de los secretos que ya no podían volver a ocultarse.
Los tres formaban un triángulo improbable, pero estable, precisamente porque ninguno podía dominar a los otros.
Tres magistrados necesarios para poder levantar la ciudad de nuevo.
Para apoyar a los magistrados, se formó adicionalmente un Senado, compuesto por los caballeros que habían sobrevivido a la caída de la Orden, junto a las novicias que habían demostrado valor en la batalla final.
Eran jóvenes la mayoría, y por eso mismo, estaban menos atados a los viejos dogmas que habían permitido las mentiras del antiguo gobierno.
Sus votos y decisiones serían la nueva ley.
Entre ellos estaba sir Seraffyn Lushienn, quien contrajo matrimonio con la novicia Neeve, adoptando su apellido.
Del mismo modo que sir Cephirus Highclere, que se casó con la novicia Roswitt, la cual se despojó del apellido Lucis, símbolo de que la Fuerza Lux ya no existía.
Por supuesto, se nombró senador a sir Raynear Nightingale, por su valor al ejercer de espía en momentos de guerra.
Y, por último, a sir Luther Quellcrist, por la lealtad a sus compañeros en los peores momentos.
Junto a ellos seis, se sumaron al senado algunos mercaderes, artesanos, banqueros, comerciantes, médicos, abogados e ingenieros elegidos meticulosamente para conformar el nuevo sistema de gobierno.
Con el paso de los días, la ciudad comenzó a respirar de otra manera.
Las estatuas del emperador fueron retiradas, no destruidas, sino guardadas como testimonio de una época que nunca debía repetirse.
Las casas y refugios que la Orden tenía en las otras ciudades del imperio —como en Glassbury— se convirtieron en hospederías, hospitales o escuelas.
Los uniformes de los caballeros luminoscuros, antes inflexibles símbolos de obediencia ciega, se transformaron en uniformes de protección para los nuevos guardianes de la paz, quienes fueron rebautizados simplemente como caballeros de Galanthus.
No fue un proceso limpio ni inmediato. La transición estuvo marcada por disputas, por heridas que tardarían en cerrarse y por una desconfianza acumulada durante generaciones.
Pero bajo la guía de los tres Magistrados y el Senado renovado, la ciudad comenzó a recomponer su propia identidad, ya no impuesta desde arriba, sino levantada desde el esfuerzo colectivo de quienes habían sobrevivido al colapso.
Y, a medida que la capital emergía lentamente de entre sus ruinas, se hizo claro que aquel fue el comienzo de una era sin precedentes: una era en la que el poder se compartía, en lugar de ser impuesto.
Una era nacida no de la pureza ni de la obediencia, sino del caos, del dolor…
y finalmente, de la libertad y la verdad.
En cuanto al Gran Maestre Moonstone, lejos del bullicio de la capital en reconstrucción, encontró un final distinto al de sus iguales.
A diferencia de sir Braithwhite, él había abandonado la batalla antes de que alcanzara su punto más cruel.
Lo había hecho no por cobardía, sino por la súbita certeza de que su última lealtad era hacia su hija Lilia y no hacia la Orden.
Con Lilia aún consternada por las revelaciones de aquella noche —descubrir que Erebus era su padre y que su madre había sido una novicia de la Fuerza Tenebris como lo era ella—, los dos se exiliaron temporalmente cerca de Amberdeen, siguiendo senderos que solo los antiguos caballeros luminoscuros conocían.
Allí, en una cabaña escondida entre abedules, esperaron a que las cosas se calmasen para poder regresar y buscar a la señorita Odile Childermass, a la que Erebus no tardó en localizar sirviendo como institutriz en casa de Alva Soligant, la hermana de Albion.
Allí los había estado esperando ella, la mujer que había renunciado a su voto de novicia para criar a las hijas de otros y educarlas, como le había ocurrido con la propia Alva; la única opción que tuvo para poder rehacer su vida en silencio y sola.
Ahora, Odile tenía la posibilidad de cuidar a su propia hija, aquella a la que le habían obligado a dejar en la torre de Obssidyan.
A pesar del descubrimiento de Lilia sobre quién era su madre, la reunión fue sobria, casi silenciosa, cargada de una calma difícil para quienes habían vivido años envueltos en intrigas y sombras.
La señorita Childermass representaba un fragmento del mundo que no había sido devorado por la guerra.
El Gran Maestre, despojado ya de título y propósito, encontró en ese retiro una existencia modesta, donde el peso de sus antiguos pecados solo se aligeraba en la medida en que Lilia recuperaba la sonrisa perdida, con el único consuelo de haber encontrado a sus padres, pero con la pena de haber perdido a su amor, Jetson Registhorn.
En el nuevo hogar de los Soligant, aquel que la Orden —o, mejor dicho, Endymion Braithwhite— les había proporcionado, mientras la ciudad intentaba reinventarse a sí misma, tres vidas marcadas por la oscuridad hallaron una paz que ninguna Orden, ningún emperador y ninguna batalla hubiera podido ofrecerles.
Erebus recuperó a Odile y, ambos, juntos, a su pequeña Lilia.
—Supongo que es lo mejor para Lilia y para vosotros... —les dijo Albion a Erebus y Odile—, empezar de nuevo lejos...
Albion los había recibido en el patio de la nueva casa de los Soligant, donde Darclan y él por fin se habían instalado tras dejar la Orden y las torres. Como personas libres después de todo.
Ante ellos, tres figuras que ya no pertenecían a ese mundo renacido: el antiguo Gran Maestre, la institutriz y la novicia que nunca había sabido la verdad sobre quién era, aguardaban en un equilibrio frágil entre su pasado y el porvenir incierto que los reclamaba lejos de Cair Galad.
Junto a Albion, su hermana observaba con pena, envuelta en un chal demasiado grande para su edad, y Darclan, que se mantenía unos pasos detrás de su amado; su mera presencia bastaba para dotar de solemnidad la despedida.
Erebus y él se lanzaron miradas que bastaban para decirse muchas cosas sin necesidad de palabras.
Como un maestro y un discípulo que habían pasado por mucho, demasiado.
—Así es... La señorita Childermass y yo lo hemos hablado y creemos que alejar a Lilia de aquí es lo mejor para los tres, como familia y como forma de reconectarnos los unos con los otros y conocernos. Hay mucho que hacer —le dijo Erebus,
—Seguro que encontraréis la forma... Como Darclan y yo esperamos hacer con Alva —se sinceró Albion.