Los Caballeros de Galanthus EPÍLOGO #3
100%

EPÍLOGO #3

—Nunca pensé que vería este día —dijo, mirando a Albion con un respeto que no había existido entre ellos al inicio—. Te debo más de lo que podría pagarte...

Albion negó suavemente con la cabeza.

—No me debes nada. Lo que hicimos fue necesario… todos lo sabíamos —le dijo él, dándole un abrazo y fortaleciendo ese vínculo que los uniría por siempre. Pues, en el fondo, Ivoriel siempre se había preocupado por él. A su manera.

Detrás de Edelweiss, el antiguo senescal de la Fuerza Tenebris, ahora Magistrado Umbert, se acercó también a su compañero Darclan.

—Todavía estáis a tiempo de ser nombrados senadores y quedaros en la ciudad —les dijo Wolfram, aferrándose a la idea de que Albion y Darclan no se marcharan.

—Ya está decidido, Wolfram... —le dijo Darclan—.

Nuestro destino nunca ha estado aquí, ahora lo sabemos.

Vosotros, en cambio, habéis decidido adentraros en un lugar donde pocos se atreven a poner el pie.

El gobierno de una ciudad entera, incluso de un imperio, no es nada fácil —dijo inclinando la cabeza hacia él a modo de despedida—.

Tenéis mi respeto, Magistrado Umbert. Y mi admiración —añadió mirando a Ivoriel, quien se irguió con solemnidad hacia él.

—Cuidaos mutuamente, mejor de lo que yo supe cuidar a Endymion —repuso el Magistrado Edelweiss.

—Prometo hacerlo —respondió Darclan, con una seriedad que hizo sonreír a Ivoriel y también al propio Albion.

Los siguientes en acercarse a ellos para despedirse fueron Cephirus y Seraffyn, caminando hombro con hombro.

Roswitt y Neeve, sus esposas, los acompañaban, con las manos entrelazadas con las de ellos.

Llevaban aún restos de vendajes en los brazos y el olor a medicina fresca se mezclaba con el perfume tenue de las hierbas que Roswitt Highclere había usado para curar a todos los heridos después de la batalla.

—Si volvéis —le dijo Cephirus a Albion, golpeándole amistosamente el hombro—, al menos espero que sea con historias impresionantes.

—Preferiblemente sin criaturas alquímicas intentando arrancarte la cabeza —puntualizó Roswitt.

—Eso será un poco difícil, ya que volvemos al lugar donde nació la alquimia... Solo espero no tener que enfrentarme a tres homúnculos como ellos de nuevo —le respondió Albion.

—Si ocurre algo, no esperes que los caballeros de Luxtenebris vayan a salvaros... —bromeó Seraffyn.

—Prefiero recurrir a los caballeros de Galanthus, mis amigos... —repuso Albion refiriéndose a ellos. Nunca más volverían a ser caballeros luminoscuros.

—No le hagas caso a Seraffyn —intervino Luther—, los caballeros de Galanthus acudiríamos en vuestra ayuda si fuese necesario.

—Quellcrist... —le respondió Albion con un tono solemne, ofreciéndole la mano para estrechársela y borrar cualquier resquicio de rencor que pudiese quedar entre ellos—. Sin rencores...

—Sin rencores... Amigo —le dijo Luther con una sonrisa cansada, pero sincera.

Cephirus inclinó la cabeza hacia la dama Celestia.

—Cuida de ellos también. Albion y Darclan son fuertes, pero cargarán fantasmas a sus espaldas como todos nosotros —sus ojos se suavizaron—, necesitarán un propósito nuevo y espero que puedan encontrarlo en Arkanhold.

La dama alquimista asintió.

—En la torre de Hyperion tenemos maneras de cultivar ambos tipos de fuerza —respondió, y su tono no dejaba lugar a dudas—, tanto la fuerza física como la mental.

Allí Albion podrá dominar su inmutabilidad y aprender alquimia, mientras que Darclan dominará la proyección astral y el control de su emanación.

La doncella Zelmira observó la escena con los ojos inmóviles, pero algo en la inclinación de su cabeza sugería una comprensión silenciosa de lo que significaba aquella despedida para todos.

La decisión que habían tomado Albion y Darclan de dejar todo atrás tampoco era fácil, pero en el fondo la artificio se alegraba por sus amigos.

Cuando todos los abrazos y palabras se habían dicho ya —o eso creían—, Raynear Nightingale se abrió paso entre los presentes. Era el único que no se había despedido adecuadamente de su amigo Darclan.

—No me gustan las despedidas —gruñó—. Pero vosotros dos… —Miró a Albion y Darclan— os habéis ganado ese derecho.

Albion se limitó a inclinarse respetuosamente. Mientras que Darclan avanzó un paso y tomó la mano de su compañero.

—Lo sé. —Darclan apretó los dientes en un gesto que, para él, era casi una muestra de afecto—. Gracias por todo, por ayudarme a rescatar a Albion —dijo, sin adornos y sin vacilaciones.

Y, entonces, llegó el momento de subir a la aerogóndola.

Alva se volvió para mirar a todos los que dejaban atrás con sus ojos brillando de la emoción.

Tal vez, era la única de todos ellos que comprendía aquel viaje mejor.

Cair Galad solo había supuesto para su hermano y para ella la pérdida de sus padres y dejar aquel lugar suponía dejarlos también a ellos.

—¿Volveremos alguna vez, hermano? —le preguntó a Albion con la inocencia de quien todavía cree en los retornos completos.

Él la tomó suavemente por los hombros.

—Tal vez —supuso él, aunque sabía que al pasado rara vez se regresaba intacto. Y, para todos ellos, Caird Galad estaba a punto de convertirse en eso, en su pasado.

Cuando los motores etéreos de la aerogóndola se encendieron y las hélices suspendidas comenzaron a emitir un zumbido resonante, la comitiva en tierra retrocedió un par de pasos.

El aire vibró. Las cuerdas tensas del casco metálico se iluminaron con destellos azulados con Zelmira al volante como su capitana.

—¿Preparados? —preguntó, apoyando una mano en el arca donde yacía el cuerpo inerte de la emperatriz Crisantha y sonreía de oreja a oreja a su ama—. ¡Volvemos a casa, mi señora! —exclamó emocionada.

—Volvemos... —susurró Celestia.

Albion entrelazó los dedos de su mano con los de Darclan.

—Juntos —le dijo mientras clavaba su mirada en los ojos de su amado, aquellos en los que se había fijado la primera vez que se vieron.

—Como prometimos —añadió Darclan.

La aerogóndola ascendió lentamente, alejándose de la tierra que había sido su prisión, su campo de batalla y, finalmente, su liberación.

Abajo, Ivoriel, Wolfram, Cephirus, Seraffyn —con sus esposas—, Raynear y Luther los observaron hacerse pequeños contra la luz del amanecer, mientras su transporte se elevaba poco a poco sobre sus cabezas.

Cuando la nave tomó altura suficiente, Alva apoyó la frente contra la barandilla y exclamó:

—¡Adiós!

El viento se llevó la palabra, y el mundo silencioso bajo ellos aguardó, expectante, mientras se alejaban hacia una tierra donde comenzarían de nuevo.

Los campos de galantos, que alguna vez estuvieron bajo la sombra de estandartes imperiales, ahora se abrían ante ellos como un paisaje desnudo, libre de símbolos, casi expectante.

Tras un día entero de viaje, cuando las colinas de camino a Tierra Santa se hicieron más escarpadas, Albion comprendió la magnitud del salto que estaban dando.

Él, un caballero sin Orden; Darclan, un excomulgado que había visto renacer su vida entre ruinas; Alva, una niña forjada por la pérdida de sus padres, pero milagrosamente intacta gracias a su institutriz; Celestia, la alquimista que había sostenido el mundo cuando este amenazaba con quebrarse; y Zelmira, el ser viviente que había creído en el amor de sus amigos y en la devoción hacia su ama y se había mantenido anclada a todos ellos con esperanza.

El grupo entero se dirigía hacia un lugar donde la alquimia dejaba de ser una herramienta política para convertirse en conocimiento puro, indómito, capaz de reconstruir o derrumbar.

Donde la torre de Hyperion los esperaba al otro lado del horizonte, envuelta en rumores y en la luz cambiante de un saber antiguo.

Y, en ella, tal y como Celestia les había pedido, lord Delfos Rocklesby y el señor Tycho Steelward aguardaban su regreso, listos para que su señora tomara, al fin, tres discípulos.

Albion, Darclan y Alva.

Mientras el sol descendía sobre la sombra insólita que proyectaba la aerogóndola, Albion sintió que por fin se movían en dirección a algo que no era guerra, ni venganza, ni obediencia… sino un futuro que, por primera vez, podían vivir desde la verdad.

FIN.