Los Caballeros de Galanthus QUINCE #2
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QUINCE #2

Siguiendo la petición de la dama alquimista, quien confiaba ciegamente en él, Albion extendió la mano hacia la piedra.

Bajo el influjo de la inmutabilidad, su toque no sanaba ni purificaba: invertía su estado ideal.

Era capaz de usar su emanación a la inversa.

Cada partícula ordenada dentro de la piedra se desajustó de forma imperceptible, como un susurro capaz de corromper una plegaria perfecta.

Sintió que el mismísimo orden que había creado la piedra, con sus ingredientes, el oricalco y todos los demás, era empujado y removido por su propia voluntad; la piedra se torcía hacia un equilibrio falso, una quietud condenada.

La Alkahest seguiría pareciendo perfecta, seguiría respondiendo a los rituales, seguiría prometiendo vida eterna, pero su núcleo sería una trampa mortífera para aquellos que quisiesen usarla.

Albion la sostuvo entre sus dedos. El dorado se volvió, por un instante, plateado y frío, antes de regresar a su brillo habitual.

Nadie lo notaría jamás hasta que fuera demasiado tarde.

El poder de inmutabilidad retrocedió como la marea en su cuerpo.

El aire volvió a moverse. Las sombras vibraron.

Los vapores retomaron su danza. Celestia y Jetson aspiraron una bocanada profunda de aire al mismo tiempo y los dos cayeron de rodillas, recuperando poco a poco el control de sus cuerpos.

La piedra alcahestal reposaba otra vez sobre el interior del atanor, intacta. Impecable. Traicionera.

Celestia levantó la vista hacia él. No dijo nada al respecto.

No hacía falta, sabía que Albion Soligant era capaz de aquello y mucho más y un brillo apareció en su mirada.

Él ni siquiera se percató de aquello, pero la alquimista acababa de encontrar a alguien que llevaba mucho tiempo buscando: un posible discípulo al que poder entrenar para ser alquimista también.

~

A su alrededor, el destino del imperio de Galanthus había cambiado sin producir un solo sonido, pero a pesar de lo ocurrido en el Castillo del Trono Carmesí, sir Cephirus Highclere y sir Seraffyn Lushienn tenían clara una cosa: no iban a dejar a su hermano Albion solo ante las líderes de la Orden.

No después de saber que su vida podía correr peligro tras perder el ingrediente secreto que la dama Celestia le había confiado.

Ambos eran capaces de percibir una enorme inquietud que recorría no solo sus corazones, sino toda la torre de Alabashtra, como un augurio de que algo malo estaba a punto de ocurrir.

Y no eran los únicos, sino también las novicias Roswitt y Neeve, que no dudaron en seguirlos.

Los cuatro —caballeros y novicias— avanzaron con paso firme por los pasillos de piedra blanca, ignorando el murmullo de las novicias y sus miradas curiosas que los seguían con prisa.

No habían atendido sus tareas; nadie en la torre lo había hecho desde que el Gran Maestre se había llevado a Albion al castillo del emperador con tanta premura.

Al llegar ante la puerta de Ivoriel, llamaron con varios golpes secos, y esta no tardó en abrirse con un susurro áspero. Al otro lado, el senescal, vestido con una túnica ligera, los observó con un gesto grave que evidenciaba las sospechas de por qué habían ido a verle.

—Endymion se ha llevado a Albion al castillo, ¿verdad? —les preguntó Ivoriel.

—Así es, mi señor... —le dijo Cephirus.

—¿Y qué queréis de mí? ¿Por qué habéis venido los cuatro a verme? —quiso saber él, mientras repasaba con la mirada a las dos novicias, que por algún motivo habían creído oportuno acudir en apoyo a los caballeros.

—Nos preocupa el joven Albion y lo que le pueda ocurrir... ¿no cree que ya ha sufrido bastante? —le espetó Roswitt, apoyando a su amado Cephirus.

—¿Por qué os preocupa Albion, novicia? —dudó Ivoriel.

—Porque desde que llegó, solo ha querido encontrar la verdad y hacerle justicia a uno de los nuestros, a sir Blanchester. Ninguno hicimos nada cuando se marchó, no nos lo permitieron, ni siquiera llorar su muerte. No puede volver a ocurrir lo mismo con Albion —le respondió Roswitt.

—¿Vosotros dos pensáis igual que ella? —quiso saber Ivoriel.

—Puede que haya sido un poco difícil tener que verle ocupar el lugar de Cloud, pero Albion es un hombre honorable, que se mueve por lo que siente su corazón. Siempre supo que ocurría algo en la Orden y, al principio, ninguno quisimos hacerle caso —le respondió Cephirus.

—Sabes que tiene razón y que alguien ha estado moviendo los hilos sin que ninguno nos diésemos cuenta —añadió Seraffyn, cogiendo de la mano a la novicia Neeve, que se acurrucó contra su espalda, mostrando un poco de miedo ante la posibilidad de estar en peligro.

—Pasad —les ordenó a los cuatro, y su voz resonó como un metal gastado.

La estancia estaba saturada por el aroma a tintas viejas y pergaminos húmedos.

Sobre la mesa, una decena de rollos abiertos revelaban diagramas de ecos, mapas energéticos y registros de poder residual.

El senescal no esperaba confesar nada de lo que había hecho, pero sus compañeros necesitaban escuchar la verdad directamente de él.

—¿Qué ocurre, mi señor? —quiso saber Cephirus.

—Fui yo —confesó, sin preámbulos—. Fui yo quien le dijo al Gran Maestre que vi un eco del frasco de cristal bajo la cama de Albion. Y, por tanto, Endymion debió ser quien fue a robárselo... Por lo que yo le dije.

Cephirus sintió como si le golpearan el estómago. Seraffyn, en cambio, apretó la mandíbula.

—¿Por qué? —preguntó sir Highclere, aunque en su voz no había ira sino desconcierto.

—Porque lo amo —respondió el senescal, hundiendo los dedos en su pecho—.

Amo a Endymion Braithwhite más que a mi propia vida y lo único que he hecho ha sido cumplir con sus deseos, cada vez que me pedía que cuidara de Albion, cada vez que necesitaba algo que estaba fuera de su alcance, era yo quien hacía el trabajo sucio por él.

Siempre pensé que era lo correcto, que era lo que un amante como yo debía hacer —siguió diciendo Ivoriel—.

Nunca sospeché que nuestro Gran Maestre usaría todas las cosas que yo le decía contra nosotros. O contra el propio Albion.

Se hizo un silencio tenso. El senescal Edelweiss alzó la mirada y, en sus ojos, Cephirus y Seraffyn lograron percibir algo que rara vez se veía en él: miedo.

—Ahora lo entiendo todo —continuó sir Lushienn—. Endymion robó el ingrediente secreto porque sigue siendo leal a la luminatriz y la Orden, no como nos había hecho creer a todos.

Cephirus y Seraffyn intercambiaron tal mirada de complicidad que casi se podía considerar como un pacto tácito.

—Entonces, ¿el Gran Maestre Braithwhite está detrás de todo?… —dudó la novicia Neeve Lucis, sin poder dar crédito a lo que acababa de preguntar.

El senescal cerró los ojos un segundo, respiró hondo y asintió.

—Sí. Creo que lo está. —Su voz se quebró unos instantes cuando comprendió que el hombre al que amaba había jugado con todos ellos, y con él especialmente—. Por eso no puedo quedarme de brazos cruzados más tiempo.

La habitación parecía haber encogido de repente, como si las paredes se hubieran acercado para escuchar la conspiración. El senescal tomó su capa, se la echó sobre los hombros y les hizo un gesto para que lo siguieran.

—¡¿A dónde vas, Ivoriel?! No podemos enfrentarnos a él solos —le dijo Cephirus, creyendo que se había vuelto loco si pensaba actuar sin ayuda.

—No encontraremos más respuestas aquí, a la espera de que alguien haga algo.

No tenemos los suficientes aliados en Alabashtra, por eso debemos cruzar a la torre de Obssidyan mientras las novicias y el escudero Risewind reúnen fuerzas.

Vamos a atacar el Castillo del Trono Carmesí —les dijo Ivoriel a los dos caballeros y a las dos novicias, completamente decidido a llevar a cabo aquella completa locura.

El puente de los caballeros se extendía entre ambas torres como una columna vertebral suspendida en el aire.

El viento nocturno —aún atrapado entre la luz y la sombra— ululaba entre las cuerdas tensas que lo sostenían, y la altura hacía que cada paso resonara con un eco hueco.

Desde allí, las dos torres ya no parecían tan gemelas, sino más bien dos enemigas: una penitente y radiante; la otra, ennegrecida por el hollín de miles de lámparas.

Las novicias Roswitt y Neeve habían cumplido con la orden de su senescal y habían congregado al resto de las novicias de la Fuerza Lux y al único escudero que les quedaba en Alabashtra, el joven Elian Risewind. Entre todos, reunirían armas y caballos para poder atacar el castillo.

Mientras tanto, Ivoriel debía hablar con su igual y pedirle ayuda, solo si el senescal Wolfram Umbert aceptaba unirse a ellos, lograrían hombres suficientes para lograr entrar en el castillo y salvar a Albion de las garras de las líderes y del emperador.

—Es una completa locura... —masculló Seraffyn a medida que atravesaban el puente.

—Lo es... Sin ninguna duda, sir Lushienn —aseveró Ivoriel—.

Pero hemos sido demasiado permisivos hasta ahora, las mentiras han campado a sus anchas por ambas torres y hemos tenido la verdad azotándonos en la cara todo este tiempo.

¡Ya me he cansado de obviarla! Solo está en nuestra mano, en la de todos los caballeros de Galanthus, poner fin al régimen de quienes quieren controlar nuestras voluntades.

—Ojalá Albion pudiera escucharte en estos momentos —comentó Cephirus.

Al llegar a la torre de Obssidyan, un grupo de tres escuderos, entre ellos Cassien Valentine, los recibió con miradas frías, antorchas encendidas y un silencio que pesaba como el aire previo a una tormenta.

Sin embargo, cuando sir Edelweiss pronunció el nombre de sir Umbert, a quien habían ido a buscar con toda su intención, las puertas se abrieron sin oponer resistencia.

Y fue el senescal de la Fuerza Tenebris —con su túnica desgastada y su mirada astuta— quien acudió a recibirlos al instante.