Los Caballeros de Galanthus QUINCE
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QUINCE

Donde se descubren secretos y se toman decisiones arriesgadas

para salvar algunas vidas.

I

Mientras las líderes atendían sus asuntos yendo a ver al emperador Aurelyan, a sir Jetson Registhorn le habían ordenado vigilar al caballero Albion y a la alquimista Celestia, a pesar de que los Grandes Maestres seguían encontrándose en el Castillo del Trono Carmesí.

—¿Lo habéis hecho? —les preguntó Jetson a los dos.

—No es asunto tuyo... —le espetó Albion.

—Lo es... Jamás deberíais haberlo hecho, os deberíais haber negado...

—¿Igual que te has negado tú a cumplir con sus órdenes todo este tiempo? —le reprendió Albion—, ¿igual que te negaste cuando te pidieron que usaras la proyección astral de tu hermano para matar a Blanchester? ¡Eres un maldito hipócrita, Jetson! —le insultó él.

Sin embargo, sir Registhorn no dijo nada al respecto, se merecía aquello que Albion le había dicho, pero aun así, sostuvo sus palabras.

—Tienes razón... —repuso él—. Pero ambos sabemos que tú y yo no somos iguales.

Yo no podía negarme, tenía mis propios motivos, pero tú...

Iniciaste esta revuelta contra la Orden, convenciste prácticamente a todos en el Concilio de las mentiras que nos habían estado contando.

Solo tú eras capaz de evitar este mal y, sin embargo, has participado en él.

—La piedra alcahestal no es ningún mal, todo lo contrario... —le explicó Celestia—, solo aquellos que la ven como una herramienta creada para el caos no ven que, en realidad, es un elemento precioso, divino, la máxima expresión de la perfección.

—Puede que tú lo veas así porque eres una alquimista, pero según lo veo yo, esa piedra hará que Aurelyan se recupere de la degradación que sufre y Hemera y Sinistra también. Los tres se recuperarán y volverán a ser indestructibles como lo han sido durante cientos de años.

—Si realmente quieres ayudarnos, si solo eres una víctima más como tantos otros, ¿por qué no nos ayudas a escapar ahora? Demuéstranos que estás arrepentido y que no estás con ellos, Jet... —le pidió Albion.

—Yo no os puedo ayudar, tengo las manos atadas por sir Moonstone. Todo lo que he hecho, todo lo que la oscuratriz me ha pedido, ha sido por él y por...

—¿Por quién? —quiso saber Albion.

—Por su hija Lilia Noctis...

—Espera un momento, ¿Lilia es su hija? —se sorprendió Celestia.

Jetson asintió.

—La amo. Y si no cumplo con lo que ellos esperan de mí, la echarán igual que han hecho con Darclan, o hicieron con tu doncella Zelmira.

Yo no volveré a verla y Erebus tampoco. El Gran Maestre Moonstone es una víctima de las circunstancias también, su secreto es mucho peor que el de cualquier otro.

No puedo fallarle, no puedo fallar a Lilia.

—Elegiste a Erebus y a su hija antes que a tu propio hermano —le acusó Albion—, ¿realmente vale la pena tu traición?

—Darclan siempre ha sido más fuerte que yo —le confesó Jetson—, él no se rendirá tan fácilmente, vendrá a por ti Albion... Volverá para salvarte y a Celestia también.

—¿Cómo estás tan seguro? —dudó la dama alquimista.

—Conozco a mi hermano, he podido manipular su proyección astral y ahondar en la profundidad de sus secretos más inconfesables. Su corazón ya no le pertenece, se lo entregó en cuerpo y alma a Albion prácticamente desde que lo vio por primera vez, arriba en la azotea de Alabashtra.

Sus palabras lograron causar un enorme impacto en Albion, tanto que, por primera vez, creyó a Jetson.

—Lamento mucho todo lo que te ha ocurrido y que te hayas visto obligado a cumplir con la voluntad de Sinistra. Supongo que era cierto lo de que no querías hacerme daño cuando manipulaste la proyección astral de Darclan.

—Me pidieron que te asustase un poco... —reconoció Jetson—, pero nunca tuve intención de herirte... Darclan jamás me lo hubiese perdonado.

—Oh, Jet... ¿qué es lo que has hecho? —se lamentó Albion.

—Déjanos manipular la piedra alcahestal... —le pidió Celestia de pronto—, ellos nunca sabrán que lo hemos hecho y que tú nos has dejado...

—¿Eso se puede hacer? —dudó Albion.

—Solo una alquimista de verdad como yo, con los conocimientos de mi padre, aquellos que él me dejó tras convertirme en su cuarto avatari , puede lograr adulterar la nueva Alkahest .

—¿Qué significa todo eso? —quiso saber Jetson.

—Sinistra es la Nigredo , la primera fase de la transmigración del alma, en ella mi padre volcó parte de su ser, la parte más oscura del alma.

Hemera es la Albedo , la segunda fase, en ella reside la parte más luminosa y bondadosa de mi padre, aunque no lo parezca.

Aurelyan es el Rubedo , la tercera fase de la transmigración, representa los instintos más básicos de un hombre, sus deseos y sueños.

Y, al margen de esas tres fases, solo un Amo de la Alquimia como mi padre podía ser capaz de crear una más, la Citrinitas , yo misma...

su propia hija, heredera de la Casa de Arkanides.

—Si tú eres una avatari de tu padre y en ti reside parte de su ser, debes hacer algo para evitar que ellos se salgan con la suya, Celestia —le pidió Albion.

—Uno de los usos de la piedra es la creación del elixir de la vida, la llamada panacea .

Es capaz de mantenerles jóvenes si la consumen, aunque con el paso del tiempo, este elixir no ha sido suficiente para seguir alargando sus vidas y esos primeros síntomas de degradación que han experimentado no se pueden detener haciendo uso de emanaciones como la de Albion.

Sin embargo, sí que puedes usar la inmutabilidad para corromper la piedra —le dijo Celestia—.

Entre los dos... Podemos lograr malograrla.

Yo con mis conocimientos y tú con tu poder.

—Pero el poder de Albion es todo lo contrario... La inmutabilidad reside en purificar todo a su alrededor, restaurar su esencia primaria, ¿no? —se sorprendió Jetson.

—Todos los dones que otorga el maná , tras la destilación de la panacea , tienen una dualidad, como la luz y la oscuridad.

Como aquello que Hemera y Sinistra tomaron de las sagradas escrituras de mi padre para crear la doctrina Luminoscura.

En el fondo, todo tiene sentido... Tu don, Albion, puede hacer lo contrario si se lo permites.

Las lámparas de aceite sobre sus cabezas titilaron.

Albion, Celestia y Jetson se habían quedado solos frente al corazón del laboratorio: el horno alquímico del emperador Aurelyan, en cuyo interior reposaba la Alkahest todavía en gestación, resplandeciendo con un leve pulso dorado, como un corazón recién despertado, a la espera de solidificarse.

Albion se sintió por un breve instante como sus enemigos se habrían sentido en algún momento, cuando fueron discípulos de Maximus: un alquimista en potencia.

El laboratorio —un santuario de vidrio, bronce y sombras— parecía antiguo incluso para su tiempo y no pudo evitar recordar la torre de Hyperion y las maravillas que había contemplado allí.

A su alrededor, los armarios de madera oscura custodiaban cientos de frascos etiquetados con caligrafía meticulosa: aqua vitae, azogue rojo, lacrima nigra.

El olor a salitre, incienso y aceites esenciales flotaba en el aire como una plegaria suspendida y, según Celestia, ambos poseían los medios necesarios para adulterar su creación y evitar que Aurelyan y sus socias pudiesen emplear su poder.

Celestia miró de reojo a Albion, como si pudiera percibir la tensión que irradiaba todo su cuerpo.

Él no miraba los instrumentos ni la piedra que latía en el interior del atanor.

Miraba sus propias manos. Sabía lo que iba a hacer.

Y sabía que Celestia confiaba de nuevo en él, como ya había hecho anteriormente, sin apenas conocerlo.

Tenía la extraña sensación, ahora que sabía que era Citrinitas , una fase de la transmigración del alma llevada a cabo por su padre, de que ella podía ver en él algo oculto bajo la superficie de su ser.

La piedra alcahestal, en su estado actual, era pura perfección: un símbolo de equilibrio, una promesa de vida eterna, una sustancia que aspiraba a fijar el orden del universo en un solo punto.

Precisamente por eso, debían evitar que volviesen a emplearla para fines egoístas.

El propio Albion Soligant no podía permitir que ni el emperador ni las líderes —con sus intrigas envueltas en falsos dogmas— obtuvieran ese poder de nuevo.

La luz de la piedra se intensificó, inundando el laboratorio del emperador y proyectando figuras danzantes contra las paredes del laboratorio.

Albion se limitó a cerrar los ojos tan solo un instante.

Y, sin previo aviso, dejó aflorar su inmutabilidad.

El aire a su alrededor dejó de fluir. El calor del atanor ya no onduló a su alrededor, simplemente se detuvo como un mural congelado.

Los vapores que salían de los serpentines se suspendieron a medio movimiento.

Incluso el leve zumbido del laboratorio, producto del metal dilatándose y contrayéndose, se apagó. Todo quedó inmóvil… excepto Albion.

En ese silencio absoluto, los colores parecieron purificarse. Las sombras bajo las mesas retrocedieron igual que animales asustados; los objetos adquirieron una nitidez imposible. La luz se volvió casi cruel.

Tanto Celestia como Jetson, atrapados en el radio de su poder, inhalaron aire bruscamente. Ninguno de los dos podía moverse. Podían ver, podían pensar, pero no decidir lo que hacer a continuación.