CATORCE #8
Celestia abrió al fin el frasco. Un aroma metálico, ligeramente dulce, llenó el aire y despertó algo en el fuego que avivaba el horno alquímico atanor, que emitió un crujido sutil, como si reconociera la sustancia, ansioso de rodearla con sus llamas.
El atanor se empleaba para transmitir calor de manera uniforme; era cuadrado, tenía casi dos metros de longitud y sus paredes eran gruesas.
Generalmente, cada alquimista construía su propio horno según sus necesidades y a medida, pero aquel era una copia exacta del original de Maximus.
Solo entonces, cuando la alquimista comprobó que el oricalco no había sufrido ningún daño estando en posesión de sir Braithwhite, comenzó el proceso. Sin palabras. Tan solo gestos precisos que fue haciéndole a Albion en cada momento.
Celestia trituró minerales disueltos en alcohol destilado, los vertió en el crisol y añadió fragmentos de sal que chispearon al tocar la mezcla.
Albion la ayudó a mantener las llamas del horno estables con los fuelles laterales, tanto que hasta la luz azulada de su interior pintó su rostro de sombras afiladas.
Cada fase que la dama Celestia llevaba a cabo parecía exigir no solo técnica, sino una voluntad férrea.
Por un momento, creyó que la materia misma se resistía a ser transformada.
Tras la primera mezcla, por fin reunió todos los ingredientes para formar la nueva Alkahest . Primero, mercurio rojo; luego, pirita y azufre; a continuación, ácido tartárico; por último, el ingrediente secreto: el oricalco.
El calor creció y el aire vibró dentro del atanor. La mezcla, primero líquida, se volvió sólida, luego ardiente, luego casi transparente. Albion pensó que la nueva piedra estaba intentando encontrar su verdadera forma, como si fuese un ser vivo que estaba naciendo y no sabía realmente cómo era.
Las líderes de la Orden se inclinaron hacia adelante sin acercarse del todo.
Habían visto a su maestro llevar a cabo aquella misma fabricación, pero ya casi lo habían olvidado.
La luminatriz entrecerró los ojos, como quien intenta ver a través del tiempo.
La oscuratriz ni siquiera pestañeó, no quería perderse aquel milagro de la alquimia.
Albion notó cómo el atanor respondía al ingrediente secreto, latiendo como un corazón antiguo que despertaba de un largo letargo. Un susurro, quizá un eco, recorrió el laboratorio; no provenía de ninguno de los presentes.
Celestia alzó la voz apenas, más bien un suspiro que una frase.
—Último paso.
Su ayudante Albion asintió. Sujetó el recipiente con pinzas de hierro y lo situó con cuidado en mitad del horno.
Los materiales a calcinar debían ser colocados con suma cautela dentro del horno en una cazuela de arcilla lo más resistente posible, a fin de que pudiese resistir la fuerza de aquel fuego, incluso hasta lograr la combustión total de la Alkahest que estaban fabricando.
El fuego rodeó la mezcla y provocó que el líquido tocase la superficie y, por un instante, todo se volvió blanco. Un estallido silencioso. Una expansión de luz que no quemaba, pero atravesaba todo el horno e irradiaba hacia el exterior. El atanor tembló.
Cuando la luz cedió, en el recipiente no quedaba una mezcla, sino un núcleo sólido, del tamaño de un puño, que irradiaba un calor suave y dorado. No era un mineral propiamente dicho. Ni mucho menos un metal. Era algo vivo, pulsante, como si cada latido resonara con la estructura secreta del mundo.
La piedra alcahestal estaba ante ellos. Recién nacida. Recién maldita.
Albion contuvo el aliento.
La dama Celestia retrocedió, exhausta.
En cambio, las líderes dieron un paso adelante, al fin, como depredadoras que olfatean su presa. Incluso el laboratorio entero pareció inclinarse hacia ese objeto imposible.
—¿Ya está? —quiso saber Sinistra.
—Parece que la Alkahest está viva... —observó Hemera.
Albion sintió un presentimiento oscuro, un vértigo en la base de la columna vertebral, habían ayudado a crear algo que cambiaría el destino del imperio de Galanthus otra vez y que permitiría a sus enemigas seguir difundiendo mentiras de doctrinas Luminoscuras, Deus y cualquier otra cosa que quisiesen.
Tenían el poder de nuevo al alcance de sus manos.
—Todavía no —les respondió Celestia. No se sentía orgullosa de haber llevado a cabo aquello tan sagrado para ellas, pero no había tenido alternativa—.
La piedra debe solidificarse primero, antes de poder usarla para cualquier cosa, antes de convertir los metales en oro, o de crear el elixir de la vida para lograr rejuvenecimiento y alargar la vida, curar enfermedades o generar cualquier sistema de energía posible.
—¿Puede hacer todas esas cosas? —se sorprendió Albion.
—Y muchas más... —repuso Celestia—. Como crear un artificio.
—Muy bien, en ese caso, esperaremos a que se solidifique... —aceptó Sinistra—, le pediré a sir Jetson Registhorn que os mantenga vigilados mientras tanto.
—Nosotras iremos a avisar a Aurelyan de que la Alkahest está lista —añadió Hemera.
—¿Y qué hay del Arkanomicón de mi padre? ¿Las escrituras originales? —quiso saber Celestia—. ¿Vais a ir por ellas también?
Las dos mujeres la miraron al mismo tiempo y le dedicaron un gesto de desdén, como si pareciesen ofendidas al creer que no iban a cumplir con su promesa de entregarle a cambio el Arkanomicón.
—Sí... —susurró Hemera—, vamos a eso también.