Los Caballeros de Galanthus CATORCE #7
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CATORCE #7

Al cruzar el umbral, la luz vacilante de decenas de lámparas de aceite reveló un recinto vasto, de techo abovedado, cuya piedra oscura parecía haber absorbido siglos de secretos.

Las mesas de roble estaban repletas de alambiques de vidrio soplado, matraces en forma de lágrima, recipientes de barro esmaltado, crisoles ennegrecidos y morteros con restos de metales pulverizados.

Allí era donde los tres cómplices habían urdido sus planes en secreto, donde habían destilado la panacea para convertirla en maná .

Allí era donde habían jugado a ser dioses.

El aire olía a mirra, carbón vegetal y ácidos suaves que burbujeaban en serpentines de cobre.

En las paredes colgaban diagramas de cuerpos humanos seccionados en geometrías doradas, símbolos alquímicos, correspondencias entre planetas y metales, anotaciones en tinta roja que parecían escritas tanto por un estudioso como por un visionario al borde de la locura.

Albion podía imaginar su significado, pero cuando reparó en el rostro de Celestia comprendió que era mucho peor.

—¿Qué es todo esto? —le preguntó Albion a la chica.

—Algo que creía que no se atreverían a hacer... La creación de un ser viviente como Zelmira... Un constructo —reveló Celestia.

En el centro del laboratorio, sobre una mesa circular de mármol negro, aguardaba el atanor imperial: un horno de alquimista tan antiguo que las runas grabadas en su superficie apenas eran legibles.

Su interior ardía con una llama estable y pálida, casi inmóvil, alimentada por algún combustible desconocido para Albion.

El joven caballero sintió que el silencio pesaba tanto como el aire caliente que desprendía el horno.

A su lado, Celestia avanzó con la determinación fría de quien había sido condenada a sabiendas de que su conocimiento era un arma.

Su ropaje de novicia de la Fuerza Tenebris, la identidad que le habían obligado a adoptar, no lograba ocultar la tensión en sus hombros.

Detrás de ellos, observándolos como una estatua viviente, se encontraba la otra líder de la Orden.

La oscuratriz Sinistra, con su manto púrpura casi negro, proyectaba una sombra que parecía extenderse más lejos de lo natural.

No hablaba. No necesitaba hacerlo. Su mera presencia convertía la atmósfera en un juicio silencioso.

Albion y Celestia eran sus instrumentos. Nada más que eso.

—¡Bienvenidos a nuestro laboratorio secreto! —anunció Sinistra de manera triunfal.

Su compañera Hemera le mostró el frasco de cristal que contenía el ingrediente secreto y, por primera vez, Albion vio a la oscuratriz sonreír.

—Sir Soligant lo tenía escondido, Celestia se lo dio para que lo protegiera, pero por suerte Braithwhite dio con él... —le explicó Hemera.

Albion necesitaba saber por qué lo habían implicado en todo aquel asunto, por qué no lo habían expulsado ya de la Orden, en lugar de a Darclan.

—Hay algo que no comprendo... —masculló el muchacho.

—No debes comprender nada, estás aquí porque la alquimista necesita un asistente para llevar a cabo la Alkahest , nada más. Celestia confía en ti y nosotros necesitamos que lleve a cabo aquello por lo que la trajimos... —le dijo Hemera.

—Pero aun así... Necesito saber por qué no me han expulsado de la Orden... Por qué solo mandaron a la proyección astral de Darclan a asustarme... ¿No hubiese sido más fácil quitarme de en medio como hicieron con Blanchester?

Hemera y Sinistra se miraron la una a la otra y comprendieron que el momento había llegado y no había razón para alargar más la incertidumbre de Albion.

—Supongo que tienes razón, querido... —le respondió la luminatriz—, en otras circunstancias nos hubiésemos deshecho de ti... Pero siempre fuiste el ojito derecho de Endymion desde que llegaste y si queríamos que él nos fuese leal, no podíamos tocarte un solo pelo de la cabeza.

—¿Solo por eso? ¿Solo porque Endymion me protegía? —dudó él.

—Cuesta mucho mantener a hombres leales a nuestro lado, la mayoría enloquecen como Blanchester al saber que todo es una farsa, que no existe ningún Deus al que rezar o que la fe Luminoscura se basa en esa ciencia prohibida que nosotras nos aferramos a condenar.

Por eso aceptamos que te convirtieras en caballero y ocuparas el lugar del pobre Cloud.

Ambos tenéis mucho en común, ¿sabes? —le dijo Sinistra—, al igual que tú, sir Blanchester confiaba mucho en Endymion, por eso le contó sus visiones, aquellas que presagiaban el fin de la Orden de Luxtenebris y la caída de las torres gemelas.

Igual que ha estado haciendo contigo, Endymion también traicionó la confianza de Cloud y nos contó sus visiones.

Por eso sabíamos que debíamos acallarlo, era un peligro...

—Y mandasteis a la proyección astral de Darclan a matarlo... Controlada por Jetson, ¿verdad que sí? —quiso saber Albion.

—Descubrir que Darclan poseía un segundo don o, mejor dicho, un primer don antes de ingresar en la orden y beber del Sagrado Grial, fue algo que no contemplábamos desde un principio.

Pero enseguida, Jetson nos dio la solución, él podía controlar las auras y, por tanto, podía controlar la proyección de su hermano sin que él lo supiese.

Fue el plan perfecto para deshacernos de Blanchester y para asustarte a ti... —le confesó Hemera finalmente.

—No me creo que no me matarais solo por satisfacer el deseo de Endymion de no hacerme daño. ¿Tanto le importo para que no podáis hacerme daño? —les espetó Albion, enfadado por todas las revelaciones que las líderes de la Orden estaban haciendo sin temor alguno.

Parecía que revelar todo aquello al fin no podía hacerles daño. Como si supiesen que Albion no iba a salir de aquel laboratorio con vida y ya diese igual confesarlo todo ante él.

—Es por lo que hizo... Aquello que atormenta al Gran Maestre Braithwhite como un mal que se apodera de su ser sin remedio alguno.

—¿Lo que hizo?

—¡No las escuches, Albion! —exclamó Celestia—, harán lo que sea por engañarte, igual que hicieron con su maestro, con Maximus Arkanides.

—Al menos nosotras te estamos contando la verdad... Pregúntale a tu amiga Celestia quién es en realidad... No es una simple alquimista, o la heredera de la Casa de Arkanides, ella es mucho más...

—¿De qué hablan?

Celestia negó con la cabeza.

—No quise decírtelo antes, para que pudieses confiar en mí. Ellas solo intentan desviar tu atención. No les hagas caso, Albion... Sé que tú eres más listo que ellas.

—¡Menuda embustera estás hecha, querida! —le espetó Sinistra Von Dusk.

—Dímelo, Celestia... Podré soportarlo. No puede ser peor que todo lo que he averiguado hoy.

Ella le cogió de la mano y lo miró a los ojos.

—Lo único que nunca te dije fue que, en realidad, soy la hija de Maximus, y al igual que ellas y Aurelyan, poseo una parte de su alma.

Cuando mi padre transmigró, una parte de su alma se quedó en forma de aura espectral vagando por el mundo, una parte que estaba destinada a mí.

Gracias a eso, fui instruida en las artes alquímicas y logré llevar a cabo «La Gran Obra» de mi padre, algo que él esperaba que sus discípulos hiciesen en su nombre.

—Entiendo los motivos que tuviste para no contármelo, querías proteger el legado de tu padre y su secreto. Lo que sir Braithwhite o ellas han hecho es mucho peor, incluso lo que Jetson le ha hecho a su propio hermano.

—¡Dejaos de palabrerías y poneos a hacer lo que realmente importa! —les gritó Sinistra.

Con todo, Albion se había quedado sin saber el motivo por el que no le habían matado aún, aquello que atormentaba al Gran Maestre Braithwhite como un mal capaz de apoderarse de su ser.

Hemera le entregó finalmente el frasco de cristal a Celestia y ella colocó sus manos sobre la mesa más grande del laboratorio para disponer todos los ingredientes necesarios para lograr la fabricación de la Alkahest .

Respiró hondo y miró de soslayo a Albion, quien estaba allí para ser su ayudante, tal y como Hemera y Sinistra habían manifestado.

El frasco que había recuperado para dicho propósito reposaba en el centro de la mesa de trabajo bajo estricta vigilancia por parte de las líderes.

Su contenido, espeso como resina y brillante como luz líquida, pulsaba con un fulgor demasiado vivo para ser inerte.

Lo que contenía se llamaba oricalco, y era un metal líquido legendario capaz de manipular el icor —ikhor— , la materia inmortal de la que, según la alquimia, estaba formada el alma humana.

Por tanto, el oricalco era un ingrediente fundamental para la fabricación de la piedra alcahestal, capaz de muchas cosas, como pronto iba a descubrir Albion.

El joven caballero lo miró con la misma mezcla de reverencia y temor que había sentido desde el principio, cuando Celestia se lo entregó antes de partir de la torre de Hyperion. Tal y como sospechaba, el oricalco no pertenecía al mundo tal como lo conocían.