CATORCE #6
Ella palideció de inmediato. Sin el ingrediente secreto, jamás podría completar la nueva Alkahest y, por tanto, Hemera y Sinistra nunca le entregarían el Arkanomicón original de Maximus Arkanides que le habían prometido.
—No… no puede ser. Albion, ese ingrediente es… es peligroso, sí, pero también es la única garantía que tengo para recuperar el Arkanomicón de Maximus. El motivo de que aceptase venir a Cair Galad.
—Lo sé —murmuró Albion—. Lo siento mucho, Celestia...
El Gran Maestre Endymion, que había permanecido unos pasos por detrás de Albion, se acercó con la calma solemne que lo caracterizaba.
—No se ha perdido —dijo.
La alquimista y Albion se giraron hacia él, sorprendidos.
El Gran Maestre deslizó una mano dentro de su manto y sacó la pequeña botellita de cristal que contenía la materia misteriosa.
El frasco brilló bajo la luz, era el mismo que Albion había escondido en la caja de Cloud, idéntico al que la alquimista le había confiado.
No cabía duda de que se trataba del ingrediente secreto.
Albion sintió que el mundo se detenía. La alquimista dio un paso atrás y Erebus y Jetson se tensaron.
—¿Cómo es posible…? —Albion apenas pudo terminar de hablar.
El Gran Maestre Braithwhite sostuvo el frasco entre dos dedos como quien posee una reliquia delicada, pero siendo muy consciente de su valor y de que era lo más preciado que Celestia había traído desde Arkanhold, además de su querida doncella Zelmira.
—Ivoriel me dijo que había percibido algo bajo tu cama, me dijo que era demasiado valioso, algo con un enorme poder —confesó Endymion con una serenidad imperturbable, algo común en él, pero que a Albion le pareció muy sospechosa—.
Después de tu ataque, creí que podría estar en peligro, así que no podía dejarlo ahí escondido.
Debía asegurarme de que nadie lo encontrara.
La alquimista entrecerró los ojos con desconfianza.
—¿Y por qué no le avisó de que lo tenía usted, maestro? —le preguntó Celestia con voz helada.
El Gran Maestre la observó sin pestañear. Seguidamente, reparó en el rostro desencajado de su querido Albion, que lo miraba incrédulo, sin poder aceptar lo que Endymion había hecho a sus espaldas, cuando era en quien más confiaba.
—Tendría que habérmelo dicho, no le correspondía a usted custodiar el frasco, sino a mí. Celestia me lo encomendó —le dijo él.
—Si te pidió que lo protegieras era porque no tenía intención de usarla, solo como último recurso... —repuso Endymion—. No existía garantía alguna de que la dama Celestia fuese a emplear este ingrediente para llevar a cabo la piedra alcahestal.
Albion sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No solo por las palabras que estaba diciendo su maestro, sino por el tono que estaba empleando. Era un juicio disfrazado de explicación, una excusa más que una aclaración.
—Ese frasco escapa a su comprensión, sir Braithwhite.
—Celestia apretó los dientes, intentando contener la rabia que sentía ante la osadía de quitarle el frasco a Albion—.
Debe entregármelo inmediatamente —le exigió—, no sabe lo que es ni si yo tenía intención de usarlo o no, todo son suposiciones...
—Esto pertenece al emperador Aurelyan y a las líderes de la Orden —le respondió él—, es lo único que hará que puedan seguir ostentando el poder en Galanthus...
Y manteniendo las cosas tal y como son. Tal y como deberían ser —les dijo Endymion finalmente, descubriendo ante todos, incluidos Erebus y Jetson, que él siempre había estado del lado de Hemera y Sinistra.
Albion lo miró incrédulo y algo en su interior pareció romperse en mil pedazos.
Había confiado plenamente en su maestro desde el primer momento, le había entregado toda su confianza ciegamente, contándole secretos inconfesables e incluso, había empezado a quererlo como a una figura paterna.
¿Por qué estaba actuando de aquel modo? ¿Por qué quería mantener las cosas tal y como estaban?
¿Por qué le había engañado y hecho creer que estaba a favor de descubrir la verdad y descubrir la conspiración?
—Gran Maestre… ¿Fuiste tú quien les dijo a las líderes lo que hablamos en el Concilio? ¿Has sido tú quien ha estado sirviendo en secreto a la luminatriz?
El hombre lo observó y, durante un instante, sus ojos mostraron algo difícil de leer: autoridad, duda, convicción… y una sombra.
—Tan solo he hecho lo necesario —respondió con calma—. Por el bien de todos, por el bien del imperio...
La dama Celestia palideció todavía más. En cambio, Albion sintió que el aire en la sala se volvía espeso.
Ya no era capaz de saber quién era su enemigo, a quién debía enfrentarse o quién su aliado en el que confiar.
Solo sabía una cosa con absoluta certeza, sin el apoyo de Endymion en el Castillo del Trono Carmesí, Albion y Celestia solo se tenían el uno al otro. Estaban solos.
De pronto, la luminatriz Hemera apareció en la sala donde aguardaban su llegada y los descubrió en mitad de las confesiones y revelaciones. Al ver que sir Braithwhite sostenía el frasquito de cristal entre sus dedos, la mujer se acercó peligrosamente a él y le pidió que se lo entregase.
—Yo me haré cargo, querido... —Hemera dibujó una sonrisa de oreja a oreja en su rostro—, has hecho muy bien en traerlo, así nos aseguramos de que estos dos no tramen nada que pueda poner en peligro la fabricación de la nueva Alkahest .
—¡Dígame, maestro! ¿Por qué lo ha hecho? ¿Por qué sirve la voluntad de la luminatriz Hemera y sus cómplices? —le preguntó Albion, completamente roto por aquella traición.
Endymion le lanzó una mirada furtiva y solo pudo decir:
—Por un futuro mejor...
IV
Hemera Morningstar dejó a los Grandes Maestres y a sir Jetson custodiando el acceso al laboratorio secreto de Aurelyan y guio a la dama Celestia y a sir Albion a su interior.
Portaba con mucho cuidado el pequeño frasco de cristal que contenía el ingrediente secreto y más importante para fabricar la piedra alcahestal.
El único elemento que siempre habían anhelado y que nunca habían podido conseguir por sus propios medios, lo único que el Amo de la Alquimia, Maximus Arkanides, no había compartido con sus discípulos.
Mucho antes de que Hemera, Sinistra y Aurelyan decidiesen robar las pertenencias más valiosas de Maximus, los tres fueron jóvenes muy prometedores en la ciudad de Arkanhold.
Habían dejado a sus familias tiempo atrás para aprender alquimia con uno de los mejores y los tres se sintieron muy afortunados cuando Maximus los tomó bajo su ala.
Sin embargo, los aires de grandeza y su afán por lograr la gloria, hicieron que los tres tramasen un plan para robar la piedra alcahestal de su maestro y su Arkanomicón, el libro donde registraba todas sus creaciones, teorías y pensamientos, una especie de diario personal, solo destinado a compartirlo con aquellos que aceptasen llevar a cabo lo que él llamaba «La Gran Obra».
Maximus los consideraba su legado y, por supuesto, los tres aceptaron la condición de su maestro y se prestaron a trabajar con él en «La Gran Obra», pues suponía la culminación de todos sus conocimientos y el paso previo a convertirse en auténticos alquimistas.
Aunque la creación de la Alkahest simbolizaba la perfección en su máxima expresión, la iluminación y la felicidad celestial, capaz de obrar grandes proezas, lo cierto era que lo que realmente quería lograr Maximus era la transmigración del alma.
El propio Maximus Arkanides comprobó consigo mismo que las artes alquímicas podían servir como canal para lograr esta transmigración tan deseada por él y otros Amos de la Alquimia de su tiempo.
En medio de «La Gran Obra», contrajo una terrible enfermedad, ocasionada por el uso de su piedra —la misma que ahora tenían Hemera, Sinistra y Aurelyan y que los consumía lentamente—.
Ni siquiera la propia piedra alcahestal era capaz de curar dicha enfermedad, así que en un intento por aferrarse a la poca vida que le quedaba, Maximus logró la transmigración de su esencia vital, de su alma a otros estados existentes. A estos los llamó avataris .
La primera de los avataris fue Sinistra Von Dusk, la cual simbolizaba la primera fase de la transmigración, conocida como Nigredo , la oscuridad o ennegrecimiento.
La segunda fue Hemera Morningstar, ella simbolizaba la segunda fase conocida como Albedo , la luz o blanqueamiento.
Por último, Aurelyan Galadred simbolizó la tercera fase de la transmigración del alma, conocida como Rubedo , el enrojecimiento.
Los tres avataris , en lugar de completar «La Gran Obra» de su maestro y lograr convertirse en alquimistas, decidieron jugar a ser dioses y robaron la piedra y el libro que contenía sus fórmulas para marcharse muy lejos.
Fue en Cair Galad, una tierra sin demasiada importancia, donde los tres crearon su propia comunidad ideal.
Aurelyan se autoproclamó emperador y Hemera y Sinistra sus líderes espirituales, creando su propia fe y usando las propiedades de la Alkahest para construir su mundo ideal y perfecto, donde los tres fuesen sus propios dueños.
Una mentira digna de los mayores manipuladores de la historia del imperio galanthino.
El laboratorio alquímico secreto del emperador se hallaba oculto tras un tramo de escaleras en espiral que descendía más allá de los cimientos del Castillo del Trono Carmesí.
Albion nunca había imaginado que algo semejante pudiera existir bajo el corazón de la fortaleza del emperador: un santuario antiguo, reservado no solo a la alquimia prohibida, sino al conocimiento que había sido extirpado de la memoria de Maximus Arkanides hacía generaciones.