Los Caballeros de Galanthus CATORCE #5
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CATORCE #5

—Celestia cuenta conmigo, ahora que se ha quedado sin Darclan y sin su doncella Zelmira.

Ella está sola y debo ayudarla a impedir que consigan su propósito.

Si fabrica la nueva piedra alcahestal para ellos, seguirán gobernando el imperio como hasta ahora, o puede que incluso decidan alargar su influencia hasta Occidente —les dijo Albion.

—En ese caso, no puedes encerrarte en tu habitación y rendirte... Debemos actuar inmediatamente —añadió Cephirus.

Agradecía el apoyo de los dos caballeros, pero sin el ingrediente secreto, Albion no le servía de nada a la dama Celestia.

—¿Sabes lo que contenía esa botellita que te confió la alquimista? —quiso saber Seraffyn.

Albion negó con la cabeza.

—Nunca me lo dijo. Pero lo que fuese que había en su interior, parecía vivo... Una sustancia capaz de moverse por sí sola... Tal vez podrías usar tu emanación para localizarla... —le pidió a Seraffyn.

—Mi bio-comunicación solo funciona si sé con lo que me quiero comunicar. Debo conocer el organismo biológico, ya sea una pequeña planta, bacteria, hongo o ser vivo... Mi emanación no te servirá de ayuda —lamentó decirle Seraffyn Lushienn.

Si la situación con Ivoriel hubiese sido otra muy distinta, su ecolectura podría haberles ayudado a ver los ecos que había dejado el ladrón en la habitación de Albion, pero el senescal Edelweiss también se había retirado a sus aposentos y no se había dejado ver en todo el día.

Sin duda, las heridas invisibles que había dejado su enfrentamiento le habían pasado factura, especialmente porque Ivoriel siempre había procurado velar por el joven Albion desde su llegada y él se lo había agradecido acusándole de robo.

De pronto, una sombra más imponente que las suyas se proyectó detrás de ellos.

Los tres se giraron al mismo tiempo para contemplar al Gran Maestre de la Fuerza Lux, que hasta entonces se había quedado al margen del conflicto.

Su presencia era capaz de llenar el pasillo, no solo por su porte, sino por esa autoridad silenciosa que parecía envolverlo como un manto invisible.

—Sir Edelweiss me ha contado lo ocurrido... —dijo Endymion con tono lastimero, como si el enfrentamiento entre dos de sus caballeros le afectase más que cualquier otra cosa, especialmente cuando tenía que ver con Albion, su favorito e Ivoriel, su amante.

—Lo lamento mucho, maestro... Me dejé llevar por la ira y cargué contra él.

—En otras circunstancias, debería procurarte un castigo acorde a tu insubordinación. Igual que sir Moonstone hizo con Darclan. Es tan grave enfrentarse a un senescal de la Orden como al Gran Maestre, ¿lo sabes, verdad, Albion?

Albion asintió.

—Lo lamento mucho, maestro...

—No obstante, caballero —dijo con voz grave—. La novicia Stella Noctis o, mejor dicho, la alquimista Celestia Arkanides… ha solicitado verte. La han trasladado al Castillo del Trono Carmesí y ha pedido que le asistas durante el proceso de fabricación de la piedra alcahestal.

Cephirus y Seraffyn intercambiaron una mirada de alerta. Albion se irguió de inmediato.

—¿La han llevado allí para fabricar la Alkahest ? —Albion se puso nervioso, eso significaba que el momento había llegado y que Celestia necesitaría el ingrediente secreto que él ya no poseía.

Sintió un vuelco en el pecho. ¿Cómo iba a presentarse allí sin lo más importante? ¿Sin aquello que era necesario para poder llevar a cabo lo que Hemera y Sinistra le habían pedido? Sin el ingrediente, Celestia estaba en grave peligro, expuesta a la furia de sus enemigas.

El Gran Maestre Braithwhite le hizo un gesto para que lo acompañara.

—Te custodiaré hasta allí personalmente —dijo Endymion con una firmeza que no dejaba espacio a debate—. La luminatriz me ha pedido que te lleve sano y salvo.

Albion no discutió. Por primera vez en días, la idea de ser vigilado le parecía casi necesaria. Sin embargo, no podía evitar pensar en que, por mucho que quisiesen alzarse contra la Orden y el emperador, Endymion Braithwhite seguía vinculado de alguna manera a Hemera Morningstar.

—Cogeré mis cosas... —repuso Albion ante la mirada atenta de sus compañeros.

—Nos gustaría ir con vosotros, maestro —sugirió Cephirus.

—Eso... ¡Nosotros queremos ir también con Albion! Nos pidió que no nos separásemos de él... —añadió Seraffyn.

—No será necesario esta vez, caballeros... Yo me encargo de él.

Una vez estuvo vestido con su uniforme, su espada y su capa, Albion y el Gran Maestre Endymion descendieron por la escalera en silencio, bajo la atenta mirada de las novicias que se fueron encontrando a su paso; cruzaron el patio de armas iluminado por faroles y montaron un par de caballos que el escudero Elian les había preparado.

Sir Highclere y sir Lushienn se quedaron atrás, observando cómo desaparecían a través de las puertas de la torre de Alabashtra, sin poder evitar pensar en que, en cuanto Albion llegase al Castillo del Trono Carmesí, quedaría a merced de aquellos que habían movido los hilos para separarlo de su amado Darclan y obligarlo a creer en sus mentiras.

Las mismas que con tanto empeño habían difundido por todo el imperio.

El camino hacia el castillo se extendió bajo un cielo grisáceo, cargado de nubes bajas. Albion era incapaz de soportar más la presión en su pecho, así que tras varios minutos de marcha le soltó por fin la verdad a su maestro:

—Sir Braithwhite… debo confesarle algo antes de llegar.

El hombre giró ligeramente la cabeza sin perder el ritmo del caballo.

—Sabes que puedes contarme lo que sea, aquello que te perturbe.

Albion apretó las riendas con fuerza.

—El ingrediente secreto que la alquimista me entregó en Arkanhold, antes de partir de la torre de Hyperion…

lo he perdido... O me lo han robado... Creí que podría haber sido Ivoriel, pero al parecer me equivoqué.

—El Gran Maestre no respondió de inmediato.

Sin embargo, Albion continuó, sintiendo que cada palabra era como arrancarse un peso incrustado en la piel—: Sin ese ingrediente, la dama Celestia no podrá llevar a cabo la fabricación de la Alkahest y temo que Hemera, Sinistra y el emperador puedan hacerle daño por mi culpa.

—¿Por qué crees que serían capaces de hacerle daño si se supone que ella es la única que puede ayudarles? —le preguntó el Gran Maestre—. Ellos no son capaces de hacer su propia piedra alcahestal, no solo por el ingrediente, sino por los conocimientos que necesitan para poder llevarla a cabo.

—Celestia me dijo que no debía caer en manos equivocadas.

Un silencio espeso cayó entre ambos, roto tan solo por el trote rítmico de los caballos. El Gran Maestre no le ofreció consuelo esta vez, ni reprimenda. Nada. Solo se limitó a guardar silencio. Demasiado.

Al llegar al Castillo del Trono Carmesí, los guardias autómatas los dejaron pasar sin demora.

Inmediatamente, fueron conducidos a una sala lateral, austera y luminosa, donde esperaban varias personas, entre ellas la alquimista Celestia Arkanides.

Pero también estaba el Gran Maestre Erebus y, para sorpresa de Albion, le acompañaba sir Jetson Registhorn.

La joven falsa novicia estaba sentada en una silla, custodiada por sus dos guardianes, Erebus y Jetson. Sus ojos, intensos y oscuros, se clavaron en Albion en cuanto lo vio entrar y se levantó al instante para recibirlo.

—¡Albion! —exclamó con una mezcla de alivio y urgencia—. Por fin...

Albion avanzó hacia ella, pero se detuvo al notar la tensión súbita en el rostro de sir Moonstone y en la expresión demacrada y culpable de Jetson.

—Me alegro de verte, Celestia... —le respondió él, pero no podía quitarle el ojo de encima al hermano de Darclan, especialmente porque llevaba sin verlo desde el Concilio.

—Habéis tardado mucho, Endymion —le dijo Erebus con su habitual tono de desdén—. Las líderes de la Orden aguardan y el emperador está ansioso.

—¿Qué hace Jetson aquí? —quiso saber Albion—, ¿es que te han convertido en la mascota del Gran Maestre de Tenebris?

—Cierra la boca, Albion... No tienes ni idea de lo que dices —se defendió Jetson.

—¡Tú sí que no tienes ni idea! ¡Por tu culpa han expulsado a tu hermano! ¡Tú fuiste quien controló su proyección astral en contra de su voluntad! ¡La usaste para matar a Cloud Blanchester y para amenazarme a mí! ¡Admítelo, maldito cerdo! —le espetó Albion sin poder evitarlo.

—Tranquilos los dos —intervino Erebus—. No permitiré una pelea entre dos hermanos de la Orden en mi presencia.

—No somos hermanos... Un hermano de la Orden jamás traicionaría a otro, y mucho menos si es su hermano de verdad, su hermano de sangre.

—Controla a tu cachorrillo, Endymion, desde que le quitaron su juguete parece demasiado nervioso... —comentó Erebus, refiriéndose a Darclan—, tal vez deberías dejar que jugase con algún otro caballero de la Fuerza Lux, puede que ese senescal tan atractivo...

—No es asunto tuyo, Gran Maestre Moonstone, lo que mis caballeros hagan en la intimidad, del mismo modo que no es asunto nuestro lo que los tuyos hacen... ¿O realmente quieres hablar de transgresiones? —le espetó Endymion, desafiante.

Era la primera vez que Albion era testigo de un desacuerdo entre los dos maestres, pero era evidente que Endymion no iba a dejar que ridiculizase a Albion delante de él y, mucho menos, a Ivoriel.

Al ver que había molestado a su compañero, Erebus levantó las manos con gesto conciliador.

—Está bien, está bien... No creemos más tensión entre nosotros. Estamos aquí para cumplir con la voluntad de nuestras líderes y nuestro emperador —intentó calmar los ánimos Erebus Moonstone.

—Dime qué ocurre, Celestia... —le dijo Albion.

La alquimista bajó la voz, con un tono que ocultaba miedo ante la presencia de los Grandes Maestres y del caballero sir Registhorn.

—El frasco… ¿lo has traído?

Albion cerró los ojos un instante, sintiendo el peso de la culpa, y negó con la cabeza.

—Lo perdí. O me lo han robado.