CATORCE #4
Su cuerpo se volvió inmutable. Era la primera vez que la emanación que le había regalado el Sagrado Grial cobraba vida en él mismo.
Los músculos se tensaron de un modo imposible, como si perdieran toda fragilidad humana; la piel pareció endurecerse bajo la luz; los huesos, al reforzarse, emitieron un murmullo interior grave.
No era fuerza bruta: era estabilidad absoluta.
Su cuerpo se convertía en un punto fijo en un mundo que trataba de moverse a su alrededor.
El segundo golpe llegó con una potencia que habría hecho retroceder a cualquier otro caballero, así que Ivoriel apenas consiguió desviarlo y, aun así, sus botas chirriaron contra la piedra.
—¡Sir Soligant, basta! —le pidió la novicia Roswitt.
—Hazle caso a ella... —respondió Ivoriel, retrocediendo mientras su capa blanca se sacudía con cada impacto—. No tienes idea de lo que estás haciendo... ¡No puedes luchar contra mí! ¡Soy el senescal de la Fuerza Lux! ¿Te has vuelto loco?
Albion no respondió. Su silencio era más feroz que cualquier grito y solo podía pensar en lo que Ivoriel Edelweiss había causado con su declaración y con el robo posterior del ingrediente secreto para crear la nueva Alkahest .
Avanzó con pasos breves, firmes, empujando, presionando, forzando al senescal a defenderse.
Su espada era una extensión de su rabia; cada estocada buscaba arrancar una verdad, cada tajo exigía que alguien pagara por todo lo que había perdido: su paz, su seguridad, a Darclan.
Sir Edelweiss resistió, pero del mismo modo que Albion le atacaba, él se resistía a hacerlo.
Era como si no quisiese hacerle daño. Sus movimientos eran más amplios, defensivos, calculados para desviar sin herir.
Se desplazaba hacia atrás con la elegancia de un maestro de armas, pero con la duda en los ojos: un ruego silencioso para que el joven depusiera el arma.
—¡Has sido tú quien ha estado espiando para la luminatriz! ¡Fuiste tú quien les contó a las líderes todo lo que dije en el Concilio! Por eso acusaron formalmente a Darclan, para castigarme... ¿Cómo pudiste hacerle algo así?
—¡Escúchame, Albion! —insistió, deteniendo otra estocada que le habría abierto un tajo en el brazo si no hubiera fallado—.
No te robé nada. ¡Nada! Estás atacando a quien no debes.
Yo solo hice lo que me pidieron, dije lo que vi...
el rostro de Darclan en su proyección astral.
Y tampoco le dije nada a la luminatriz ni a nadie...
—¿Y quién lo haría, entonces? —le espetó Albion, con la voz ronca por el esfuerzo. Su espada avanzó de nuevo, veloz como un latido frustrado—. ¿Quién pudo traicionar el secreto del Concilio del Día y la Noche y saber que escondía una caja bajo los tablones de mi habitación?
Ivoriel parecía inocente, pero Albion se aferraba a la idea de que él era el causante de todo lo ocurrido.
—En Alabashtra, ningún secreto está a salvo...
Siempre ha sido así... Podría haber sido cualquiera de los que estuvimos en la cámara del concilio y tu caja podría haberla descubierto cualquiera también.
No sabes si Cloud le reveló sus visiones a alguien o confió en quien no debía... —le espetó sir Edelweiss.
Por un instante, Albion titubeó. Fue un titubeo diminuto, apenas perceptible, pero suficiente para que el senescal lo apartara con un giro y ganara un poco de distancia.
Albion cargó de nuevo. La espada del senescal tembló al recibir la estocada, como si su portador tuviera que contener no solo el golpe, sino la urgencia de no devolverlo.
Era evidente que podía herirlo si quería.
Podía detenerlo ahí mismo. Pero Ivoriel seguía sin intentar un solo ataque real contra el joven caballero.
—¡Ataca! ¡Defiéndete, maldita sea!
—No quiero dañarte... —le dijo Ivoriel entre dientes, bloqueando otro golpe dirigido a su hombro—. Eres impulsivo, pero no un asesino. Deja caer la espada antes de que alguien resulte herido.
De pronto, Cephirus y Seraffyn aparecieron corriendo por la escalera y se toparon de bruces con el duelo. Habían escuchado los choques de espadas desde varios pisos abajo y habían corrido raudos a ver lo que estaba pasando.
—¡¿Se puede saber qué estáis haciendo vosotros dos?! —exigió saber sir Highclere.
—¡Parad ahora mismo! ¿Es que os habéis vuelto locos? —añadió sir Lushienn.
—Ivoriel es un traidor... Por su culpa Darclan ya no está, y me ha robado algo de mi dormitorio... Sigue las órdenes de la luminatriz en secreto —volvió a acusarle Albion.
A continuación, el caballero sir Soligant empezó a convertir su emanación de la inmutabilidad en un avance devastador.
Sus pies golpearon la piedra como martillazos.
La fuerza inhumana de su don empujó a Ivoriel hacia atrás, obligándolo a replegarse hasta que su espalda chocó con uno de los pilares de la entrada a la capilla.
Albion estaba dispuesto a arrancarle una confesión como fuese, así que levantó la espada para realizar un golpe descendente.
Un golpe que podría haber roto metal incluso.
Un golpe que podría haber destrozado por completo a Ivoriel.
Sin embargo, el senescal, en un último intento, no elevó su espada hacia el ataque y la dejó caer ligeramente, exponiéndose a su ataque, rindiéndose irremediablemente.
—Si me matas —murmuró—, vivirás para lamentarlo. No por mí… sino por la ira que estás dejando que te gobierne.
Albion dudó.
Tan solo un segundo.
Un latido.
Y la hoja se detuvo a medio camino, a escasos centímetros del cuello de Ivoriel. El silencio cayó pesadamente entre ellos, roto solo por la respiración acelerada de Albion, los gritos ahogados de Roswitt y Neeve, y el aliento contenido de sus amigos.
La espada de Albion temblaba entre sus manos, notando su emanación fluir por todo su cuerpo. Él mismo temblaba.
—Yo... ¿por qué? ¿Por qué tuviste que decir que viste el rostro de Darclan? Él no se lo merecía.
—La sentencia que ha recibido Darclan es mucho más benevolente que cualquier otra.
Si no hubiese dicho que vi su rostro, lo hubiesen mantenido encerrado en las mazmorras de Obssidyan mucho más tiempo, hasta que hubiesen encontrado otro modo de deshacerse de él —le dijo Ivoriel al fin, con total sinceridad, casi dolorosa—.
Yo no te he robado nada de tu habitación.
Te lo juro por mi cargo. Te lo juro por mi vida.
O por la amistad que en algún momento hayamos podido tener... Si es que la teníamos.
Albion dio un paso atrás, desconcertado, como si el mundo entero diera un vuelco bajo sus pies.
—Si él no te robó eso que dices —continuó Cephirus, acercándose a Albion y posando una mano sobre su hombro—, entonces… alguien más quería que creyeras que lo hizo.
El joven caballero sintió que un escalofrío, más profundo que cualquier otro que hubiese podido sentir en su vida, lo atravesaba de la cabeza a los pies.
El ataque de la proyección astral…
Las acusaciones contra Darclan…
La desaparición oportuna de la caja…
Todo estaba relacionado de algún modo, pero no terminaba de encajar las piezas.
Cuando Albion bajó su espada, rindiéndose al fin ante la posibilidad de que su compañero caballero no fuese el culpable, Ivoriel lo observó un instante más, midiendo su respiración, evaluando si el peligro había pasado.
Las palabras de Cephirus Highclere quedaron suspendidas en el aire mientras Albion, aún jadeante, comprendía que acababa de luchar contra la persona equivocada…
y que alguien, desde las sombras, había empezado un juego del que él era solo la primera pieza. Un títere dejándose manipular.
III
Se había dejado llevar por el odio, sin pensar en las consecuencias de sus actos o en que realmente Ivoriel fuese el culpable que buscaba. Todo apuntaba hacia él, pero sus compañeros tenían razón y, quizá, alguien más había estado jugando con todos ellos desde las sombras. La pregunta era: ¿quién?
La lista era larga si cualquiera que viviese en la torre de Alabashtra podía ser el ladrón, incluso las novicias o el escudero Elian Risewind.
Albion estaba verdaderamente preocupado por haber perdido la botellita que le confió Celestia Arkanides, así que no había vuelto a salir de su habitación desde entonces.
Preocupados por él, Cephirus y Seraffyn fueron a hacerle una visita al día siguiente del incidente con Ivoriel.
—Abre la puerta, Albion... —le pidió Cephirus—, queremos hablar contigo.
Pero Albion no quería hablar con nadie.
—Como no abras la puerta, la echaremos abajo, te lo juro... —le amenazó Seraffyn.
Sin otra alternativa, Albion cruzó su habitación y les abrió la puerta.
—¿Qué queréis ahora? —les respondió él con mala gana.
—Desde que volviste de la cruzada has pasado más tiempo aquí encerrado que con nosotros.
Sabemos que has pasado por mucho y que todo lo que le ha ocurrido a Darclan te ha afectado demasiado, pero él está fuera y tú sigues aquí dentro.
¿No se suponía que querías encontrar la verdad?
¿No se suponía que querías descubrir lo que la luminatriz y oscuratriz habían estado haciendo a espaldas de todos? —le espetó Cephirus.
—Esa era la idea..., pero la dama Celestia, la novicia Stella, me encomendó cuidar de un ingrediente sumamente importante, algo que ni Hemera ni Sinistra debían encontrar. Guardé la botellita en la caja de Cloud y la escondí bajo la cama y ahora ha desaparecido y yo le he fallado a Celestia...
—Deja de lamentarte, Albie —le dijo Seraffyn—, has logrado mucho más que otros, que incluso Cloud. Él fue un cobarde y huyó... Tú te has quedado, con todo lo que eso supone. Pero nos tienes a nosotros —le recordó el caballero.
Albion sabía que podía contar con sus compañeros, con sus amigos, pero mientras sus enemigos, Hemera, Sinistra y Aurelyan, tuviesen a Celestia bajo su control, ninguno de ellos podía hacer nada.