CATORCE #3
La noche en que todo cambió, la oscuridad misma se había deslizado silenciosa sobre la torre de Alabashtra, tan quieta que incluso las sombras parecían contener el aliento.
Albion cerró con cuidado la puerta de su alcoba y aguardó unos segundos, con el oído atento a cualquier paso en el pasillo.
No hubo ninguno. Desde que había ocurrido el incidente con la proyección astral de Darclan y el ataque, nada en la torre había vuelto a ser igual.
Solo entonces, cuando supo que estaba a solas, se arrodilló junto a su cama.
Había evitado hacerlo durante días, temeroso de que abrir aquel escondite pudiera significar aceptar, al fin, que todo cuanto le rodeaba se estaba desmoronando y debía hacer algo al respecto antes de que fuese demasiado tarde.
Tras el traslado de Luther Quellcrist, solo era cuestión de tiempo que las líderes de la Orden obligasen a Celestia a fabricar la Alkahest para ellas.
Así que ya no podía retrasarlo más. Necesitaba ver el frasco.
Necesitaba recordar que no había perdido el juicio: que la falsa novicia —la alquimista de sonrisa ladina y voz suave— realmente se lo había confiado.
Que sus advertencias no habían sido un sueño y que, en sus manos, estaba el único ingrediente capaz de lograr la fabricación de la sustancia milagrosa que podía cambiar el destino de la Orden para siempre.
De aquel ingrediente secreto —de nombre todavía desconocido para Albion— dependía la continuación de las mentiras de Hemera, Sinistra y Aurelyan o su derrocamiento definitivo. Por un momento, incluso pensó en destruirlo, fuese lo que fuese. Pero si lo hacía, condenaría a la dama Celestia Arkanides.
Albion deslizó los dedos entre las tablillas del suelo, en el hueco apenas perceptible que Cloud Blanchester había creado en algún momento de su estancia en aquella misma alcoba que él ocupaba desde su muerte, cuando aún creía que tenía secretos que proteger.
La madera cedió con un susurro familiar. El compartimento estaba a oscuras.
Buscó con la mano. Tocó el fondo de madera. Tocó el polvo. No tocó nada.
Nada.
No había rastro de la cajita que contenía la botellita de Celestia. Una punzada helada le recorrió el pecho. Introdujo la mano hasta el antebrazo, palpó cada borde, cada resquicio. La caja con el frasco no estaba.
—No… —murmuró con la voz rota en incredulidad.
Volvió a revisar, ahora con movimientos frenéticos. Quitó más tablillas. Las alineó en el suelo mientras respiraba cada vez más rápido. No había manera de que la caja hubiera desaparecido por sí sola. No podía haberse deslizado. No podía haberse desvanecido sin dejar rastro. Simplemente… no estaba.
Alguien la había tomado y la lista de quienes habían pisado su habitación recientemente era muy larga, pero al mismo tiempo corta si se paraba a pensar quién de todos ellos podía haber averiguado que allí abajo se escondía la caja de Cloud con el secreto más importante de Albion.
Se incorporó despacio con el corazón latiéndole con golpes sordos en las sienes. Solo una persona había usado sus dones en aquel espacio, examinándolo palmo a palmo con los ojos entornados y las manos extendidas, como si el aire mismo conservara secretos: el senescal de la Fuerza Lux.
Ivoriel Edelweiss y su emanación de la ecolectura.
Albion imaginó la escena con una claridad dolorosa: el senescal inclinándose en su habitación el día después del ataque, buscando “rastros”, “ecos de intención”, “impresiones residuales”.
En el fondo, era como si pudiese sentir algo invasivo, frío, como si la presencia de Ivoriel penetrara más allá de lo tangible y siguiese estando allí mismo.
Tan solo eran imaginaciones suyas, pero conservaban una certeza inexplicable, como tantas otras veces le había ocurrido.
No tenía ni la menor duda de que el robo había sido perpetrado por Ivoriel.
«Percibió la caja, la botellita de su interior y la encontró», pensó. «La robó y se la entregó a la luminatriz. Ivoriel es su espía dentro de la torre».
La idea le revolvió el estómago. No solo por el robo, sino por los motivos que pudiese tener para hacerlo.
¿Por qué el senescal tendría interés en el ingrediente de una alquimista encubierta?
¿Por qué era tan leal a la Orden después de saber todo lo que Albion les había contado en el Concilio?
¿Qué asuntos pendientes tenía con Hemera?
Albion no perdió más el tiempo, preguntándose lo que había pasado o por qué, simplemente salió de la habitación con pasos rápidos, casi sin cerrar la puerta tras de sí y se dirigió a la capilla del decimoquinto piso.
La luz de las antorchas parecía temblar a su paso.
Su respiración se tornó más áspera, más impaciente, mientras una mezcla de rabia y temor se arremolinaba en su pecho.
No tardó en toparse con Ivoriel en el pasillo principal del piso quince, conversando con las novicias Roswitt y Neeve. Albion no esperó a que terminasen y les interrumpió de malas maneras.
—¡Sir Edelweiss! ¡Quiero hablar contigo! —le dijo con una vehemencia inaudita, más autoritaria que otra cosa. No se lo estaba pidiendo, se lo estaba exigiendo.
El senescal, que acostumbraba a imponer con cada mirada, alzó una ceja con un gesto tranquilo.
—Sir Soligant... ¿Ocurre algo?
Las dos novicias se apartaron al ver el rostro tenso del muchacho. Era evidente que había ocurrido algo y no querían verse envueltas en el conflicto que existiese entre los dos.
Albion avanzó hasta quedar frente a él.
—Claro que ocurre algo. Has robado algo de mi habitación —le acusó sin dudarlo ante las dos novicias.
El senescal parpadeó, lento, midiendo la audacia de Albion al realizar aquella acusación.
—Ten cuidado con tus palabras, querido —respondió Ivoriel finalmente, con una calma peligrosa.
—No me das ningún miedo, Ivoriel... Te lo digo con toda la intención —continuó Albion, sin retroceder—.
Usaste la ecolectura en mi habitación tras el ataque de la proyección astral.
Y ahora el objeto que estaba escondido bajo los tablones de madera de mi cama ha desaparecido.
Solo tú has podido encontrarlo, porque nadie sabía de ese compartimento excepto yo... Y Cloud.
Sir Edelweiss entrecerró los ojos, aunque su expresión seguía inscrita en una serenidad sospechosa.
—¿Insinúas que usé mis dones para robarte? ¿Que violé mi cargo y mi juramento por… una baratija cualquiera?
—¡No es una baratija! —le espetó Albion—. Y lo sabes bien...
Ivoriel inclinó apenas la cabeza, como estudiándolo.
—Es, cuando menos, interesante... Confieso que no esperaba verte tan ansioso por incriminarme por algo o echarme las culpas de un crimen tan pronto después del juicio a sir Registhorn. ¿Haces todo esto porque testifiqué en su contra?
Albion sintió que la ira amenazaba con arderle en la lengua, pero se obligó a mantener la compostura, especialmente porque necesitaba recuperar el ingrediente de la dama Celestia.
—Esto no tiene nada que ver con Darclan. Solo quiero que me devuelvas lo que es mío. No tienes derecho a tomarlo ni a ocultármelo. No lo niegues... —insistió él.
Sir Edelweiss dio un paso más hacia él, su sombra lo cubrió como un manto de luz opaca.
—Has tenido mucha suerte de salir vivo del ataque de la proyección astral, y de que el juicio contra Registhorn no te haya salpicado más de la cuenta. Sigues conservando tu lugar como caballero dentro de la Orden, ¿a qué viene todo esto ahora?
Albion apretó los dientes.
—Admite que has cometido un robo en mi habitación, devuélveme la caja que había debajo de mi cama... ¡Hazlo! —gritó Albion perdiendo la paciencia.
Ivoriel le dedicó una sonrisa tenue, incluso inquietante y le dijo:
—Regresa a tu habitación, sir Soligant. Descansa. Nada de lo que buscas está ya en tu poder. Ni volverá a estarlo...
Albion sintió cómo el suelo parecía inclinarse bajo sus pies. El senescal lo había tomado. Lo sabía. Y, por mucho que discutiesen, no tenía ninguna intención de devolvérselo. El caballero retrocedió un paso con el corazón retumbando en su pecho e Ivoriel le dio la espalda.
—Esto… no ha terminado —le advirtió Albion en voz baja, algo que Ivoriel tomó como una amenaza.
El pasillo quedó en silencio solo unos segundos después de que el senescal se girara.
Un silencio tenso y vibrante, similar al instante que precede al estallido de una tormenta, se adueñó del lugar.
Albion sintió cómo la sangre le hervía en las venas.
La rabia, la impotencia y el miedo que llevaba reprimiendo durante días se trenzaron en un impulso visceral que ya no pudo contener, no solo por el robo —que había sido el catalizador del conflicto entre los dos—, sino por lo que había hecho para acusar a Darclan.
En el fondo, por mucho que Albion lo negase, sí que se trataba de eso—.
¡No me des la espalda, Ivoriel Edelweiss! —exclamó.
El senescal de la Fuerza Lux no llegó a girarse del todo cuando Albion, con un movimiento impulsivo, desenvainó su espada.
El sonido del metal cortando el aire resonó como un latido metálico en el pasillo de piedra.
Ante aquella osadía, Ivoriel abrió los ojos, sorprendido, justo a tiempo para alzar la suya y bloquear el primer golpe.
Roswitt Lucis y su compañera Neeve soltaron un grito al ver que los dos caballeros estaban dispuestos a luchar entre ellos, algo que estaba totalmente prohibido dentro de la Orden.
La colisión produjo un choque brillante, una chispa que se apagó al instante…
y, en la misma fracción de segundo, Albion dejó que su don fluyera.