CATORCE
Donde se lleva a cabo la fabricación de un elemento misterioso capaz de obrar grandes proezas y se desenmascara a un traidor.
I
La casa familiar de los Registhorn se alzaba en uno de los lados del muro que rodeaba la fortaleza del emperador; era un caserón de piedra oscura y entramados de madera que había resistido guerras, inviernos crueles y generaciones enteras de caballeros.
El aire olía a resina y a lluvia reciente.
Todo seguía igual a como Darclan lo recordaba, antes de marcharse de allí e ingresar en la Orden y, sin embargo, sentía que entraba en un mundo ajeno, un pasado que pesaba sobre él como una armadura demasiado vieja.
Cuando atravesó el umbral en silencio, con la capa gris de exiliado todavía sobre los hombros, el interior estaba tenuemente iluminado por lámparas de aceite y el eco de sus pasos resonó en el corredor largo y estrecho.
Al principio, Darclan sintió cómo las paredes lo observaban, cargadas de retratos de antepasados con armaduras ceremoniales, todos caballeros de la Orden, todos intachables.
Sin embargo, él ya no era uno de ellos.
Había pasado de ser uno de los caballeros mejor considerados de Luxtenebris a ser un paria, un renegado que lo único que podía hacer era volver al seno de su hogar, como si fuese un perro con el rabo entre las piernas, o al menos así era como Darclan se sentía.
Le había prometido a Albion hacer algo al respecto, encontrar a Zelmira y a los Revelados para poder ayudarlo, pero estaba sumido en tal tristeza, que lo único que quería era ver a su padre.
En el fondo del pasillo, en la entrada del salón principal, lo esperaba una figura que apenas se dejaba ver en la penumbra.
Era sir Heron Hossack, un antiguo caballero que también había sido excomulgado por casarse con una novicia.
Su esposa Ygwen y él llevaban viviendo con su padre durante mucho tiempo, siendo sus amos de llaves y cuidadores, así que los Registhorn los consideraban parte de su familia.
—Tu padre te está esperando, Darclan —le dijo el antiguo caballero sir Heron.
El hombre era muy anciano, demasiado cansado para ir a recibirlo hasta la puerta de entrada, pero lo suficientemente emocionado como para aguardarlo en el umbral del salón de la casa.
Conocía desde pequeño a los hermanos Registhorn y siempre los había considerado como a unos nietos, como esa familia que Ygwen y él nunca pudieron llegar a tener.
Por el tono de su voz, parecía muy triste tras conocer la noticia de la expulsión de Darclan de la Orden.
Nadie más aparte del matrimonio Hossack sabía lo que se sentía, ya que ellos habían pasado por lo mismo.
Cuando entró al salón principal de la casa, Darclan no pudo evitar proferirle un abrazo cálido a Heron, que el anciano le devolvió sin dudarlo, un abrazo de unos familiares que llevan tiempo sin verse y el cual resulta confortante en el peor de los momentos.
—Me alegro de volver a verle, señor Hossack —le dijo él.
Al levantar la vista hacia el interior del salón, encontró a su esposa al lado de la chimenea y, junto a esta, sentado cerca del fuego del hogar, estaba su padre.
Akilles Registhorn estaba inclinado en su silla de ruedas artesanal, un artefacto pesado de madera ennegrecida y hierro forjado.
Los reposapiés eran dos tablillas decoradas con símbolos de la Orden, aunque mutiladas por el tiempo.
Sus piernas, cubiertas por una manta gruesa, yacían inmóviles desde aquel accidente que intentaba olvidar cada día que pasaba.
Cuando sus ojos —grises como los de Darclan— lo reconocieron, una chispa viva cruzó su rostro.
—Hijo mío… —La voz, aunque quebrada por los años y la enfermedad, aún tenía la firmeza de un caballero que podría haber llegado a ser senescal e incluso Gran Maestre si su destino no se hubiese visto truncado por aquel incidente—. Cuánto me alegro de verte de nuevo en casa...
Darclan sintió un nudo que le apretaba la garganta.
Se acercó despacio a él, como si temiera que un movimiento brusco pudiera estropear aquel reencuentro.
Llevaba demasiado sin verlo, años incluso, y se sentía avergonzado por ello.
Sentía el peso de la culpa sobre sus hombros, pero no por haber sido excomulgado, sino por el tiempo que había pasado separado de Akilles y los remordimientos de no estar a su lado después de su accidente.
—Padre… he vuelto —murmuró con las lágrimas acumulándose en sus ojos.
El hombre extendió una mano rígida, pero aún fuerte. Darclan la tomó y, durante un instante, ambos quedaron inmóviles, respirando el peso de los años perdidos y de las heridas —visibles e invisibles— que compartían como padre e hijo.
—Heron e Ygwen me han contado lo ocurrido —dijo su padre con un suspiro profundo—. La condena… la humillación pública… y que tu hermano Jetson no movió un dedo para evitarlo.
Akilles no parecía contento con su otro hijo, pero al menos tenía de vuelta a su primogénito y eso, de algún modo, lo consolaba.
Darclan cerró los ojos para sentir la calidez de las manos de su padre, ásperas y arrugadas. Las palabras dolían más que cualquier sentencia judicial.
—Lamentamos mucho lo que te ha ocurrido, joven Darclan —le dijo la señora Hossack con su habitual tono maternal.
También era muy anciana, aunque pequeña y redonda. Vestía con un delantal gris y sus ojos siempre parecían conocer más de lo que decían. En comparación con su esposo y con Akilles, ella parecía la más jovial de los tres habitantes de la casa Registhorn.
—Aunque no nos sorprende —continuó su anciano esposo—. Tu hermano siempre te tuvo celos. Desde niños... —recordó Heron.
Tanto Heron como Ygwen conocían bien a un hermano y al otro.
Darclan levantó la mirada, incrédulo ante las palabras del señor Hossack.
Hasta que entraron en la Orden, había creído que Jetson y él se habían llevado bien, como dos hermanos que tienen cosas en común, más que resentimiento el uno por el otro.
Al parecer, había cosas de las que Darclan no se había percatado —o recordaba— y los Hossack sí.
—¿Celos de mí? ¿Por qué? —quiso saber él—. Creía que mi rivalidad con Jetson había surgido al ingresar en la Orden y querer seguir los pasos de nuestro padre. No recuerdo que nos llevásemos mal siendo niños.
Akilles estudió el rostro de su hijo igual que quien observa una verdad demasiado obvia. Amaba a sus dos hijos, pero como Jetson acostumbraba a recordarle constantemente, Darclan parecía ser su favorito.
—Creo que el señor Hossack se refiere a lo que eres.
A lo que puedes hacer —explicó, entrelazando las manos sobre la manta que cubría sus piernas—.
Jetson siempre quiso ser el perfecto hijo, el perfecto caballero, el perfecto discípulo.
Pero fuiste tú quien nació con algo que él no. Con una facultad innata.
—Padre... ¿te refieres a que ya desde niño era capaz de crear una proyección astral…? —susurró Darclan en un hilo de voz, incrédulo ante aquella posibilidad.
Su padre asintió despacio.
—Así es... —confirmó finalmente.
—Creía que lo había recibido tras beber del Sagrado Grial, como mi emanación de absorber auras... —se sorprendió él.
—No es un don procedente del maná , Darclan.
No se lo debes a la Orden, ni a ningún milagro de Deus .
Manifestaste la proyección astral ya de niño, antes de que pudiésemos nombrarla.
A veces te veía moverte sin moverte… hablar sin hablar.
Dejabas rastros tuyos por toda la casa. No eran imaginaciones mías.
Sin embargo, nunca fuiste consciente de ello y decidí ocultártelo por tu bien. Aunque Jetson lo descubrió.
Darclan sintió que le faltaba el aire. El mundo parecía oscilar entre las mentiras y la verdad como si hubiera perdido el equilibrio. Nada de todo lo que le estaba ocurriendo parecía real del todo y, sin embargo, lo era.
—¿Por qué nunca me lo dijiste? —preguntó, apenas audible—. ¿Por qué creíste que lo mejor era ocultármelo?
—Ya te lo he dicho, quería protegerte, hijo mío.
Esperaba que al entrar en la Orden ellos te guiarían mejor de lo que yo era capaz —respondió su padre con amargura—.
Pero supongo que tu hermano le habló de lo que podías hacer a la oscuratriz y ellos decidieron controlarte.
Estaban más interesados en tus habilidades que en tu bienestar.
Y Jetson… —Desvió la mirada con el gesto endurecido—.
Él no soportaba que, sin proponértelo, fueras más que él.
Por mucho que los dos fueseis caballeros y tuvieseis emanaciones, tú siempre tendrías un don innato que él no poseía.
Una punzada de dolor —un antiguo recuerdo postergado desde la infancia— atravesó a Darclan al darse cuenta, finalmente, de que todas las sospechas de Albion eran ciertas y de que era incapaz de dudar ya de que el culpable de todo fuese Jetson.
—Nunca quise competir con él —susurró.
—Lo sé —dijo Akilles Registhorn, volviendo a mirarlo—. Pero él sí. Y ahora, tu caída es para él una victoria. Una victoria amarga… pero victoria al fin.
El silencio se extendió entre padre e hijo, solo roto por el crujido de la casa bajo la lluvia, que había empezado a azotar toda la región como un augurio de lo que estaba por venir.
Darclan solo pudo bajar la vista y observar sus manos encallecidas por años de entrenamiento, ahora vacías de propósito. Su padre, en un gesto inesperadamente tierno, levantó la mano y le tocó la mejilla para acariciársela como solo un padre que ama a un hijo es capaz de hacer.
—No estás acabado, Darclan —susurró Akilles—. La Orden no es tu destino. Tienes un poder que ellos temen y no comprenden. Que han intentado controlar para sus fines. Y ahora… por fin eres libre de usarlo para hacer el bien de verdad.