Los Caballeros de Galanthus TRECE #2
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TRECE #2

El senescal apartó la mano del muro, caminó hacia el centro de la estancia con un gesto lento y medido y observó los rostros de sus compañeros.

—Creo que Albion tenía razón al pensar que no querían matarlo, sino asustarlo. No he sentido la ira asociada al asesinato —sentenció al fin—. Esto fue dirigido. Moldeado al antojo de quien la controlase. Forjado con una intención muy clara —dictaminó seguidamente.

Seraffyn frunció el ceño.

—¿Pero has visto algo? ¿A alguien?

Ivoriel dudó de si nombrarlo en voz alta sin asegurarse primero de que aquel eco era real y no un fragmento olvidado o una interferencia.

—No estoy seguro —susurró él.

—¿Cabe la posibilidad de que la proyección fuese de alguien y otro la controlase a su voluntad? ¿Es posible que la misma persona que la dirigía, la hubiese hecho aparecer sin que su dueño, su huésped original, lo supiese? —quiso saber sir Lushienn.

—Podría ser una posibilidad —respondió Ivoriel—.

La proyección tenía un origen más espiritual que mental.

Ha sido enviada, o controlada, a partir de alguien con poder para fracturar su propia conciencia y proyectarla más allá del cuerpo.

Ese poder no pertenece a ninguno de los caballeros luminoscuros, que sepamos... —les explicó él.

Cephirus palideció.

—¿Crees que se puede deber a la alquimia? —preguntó sir Highclere.

No había manera de saberlo, especialmente porque desconocían si alguno de ellos poseía esa segunda emanación, la de desincronización existencial, estar parcialmente “fuera” de la realidad, invisible y etéreo por momentos. Recorrer el plano astral a voluntad propia.

—La emoción más intensa que dejó, y cuyo eco he podido leer, ha sido la confusión. Y miedo. Pero no de Albion —añadió Ivoriel, mirando el aire en el que aún parecía flotar algo invisible—. Sino de la propia entidad. Creo que no quería hacerle daño realmente, estaba muy confundido. Aterrado incluso.

Sir Edelweiss se acercó a Cephirus y Seraffyn y bajó el tono de la voz, por si alguna novicia curiosa merodeaba cerca y podía escucharlos hablar.

—Empiezo a pensar que este aviso, justo después de celebrar el Concilio, solo puede significar que quien ordenó el ataque cree estar perdiendo el control de la Orden y de nuestra fe. Es un grito desesperado por sostener el poder —susurró el senescal.

Hasta entonces, era el único de la Fuerza Lux que se mostraba escéptico, pero tras usar su don se había percatado de algo muy sutil: ese sentimiento de miedo y confusión del ente.

Entonces, más que nunca, la versión de Albion parecía la más creíble.

Alguien estaba manipulando a otra persona con esa segunda emanación.

—Entonces, ¿todos estamos de acuerdo en que este ataque no fue un aviso improvisado y fue un mensaje? —añadió Seraffyn.

Tanto el propio Ivoriel como sir Cephirus asintieron. Las luces del dormitorio parpadearon con una corriente de aire que nadie había provocado. El senescal, pese a su seguridad a la hora de usar la ecolectura, se tensó un instante.

—Siento que el eco ya se desvanece. No podré extraer más una vez se haya disipado…

pero lo que he visto basta para inquietar a cualquier mente sensata.

—Ivoriel reparó en un pequeño detalle, algo que había pasado por alto, un diminuto eco proveniente de debajo de la cama.

Sin apenas darle importancia, una imagen clara y nítida de Albion escondiendo algo bajo los tablones de la cama le hizo fijarse detenidamente en ello, pero optó por no decir nada al respecto—.

Creo que, dado lo ocurrido, deberíamos asegurarnos de que nadie vuelva a atacar a Albion.

—No pudimos ayudar a Cloud, no volverá a ocurrir lo mismo con el muchacho —dijo Cephirus.

—Y encontrar a quien es capaz de proyectarse astralmente —añadió Seraffyn.

El senescal les sostuvo la mirada. Su expresión era grave, casi ritual.

—Lo haremos. Pero escuchad bien... quienquiera que haya manipulado esta proyección se encuentra entre nosotros, en una de las torres gemelas. Alguien con poder y... con mucho que perder.

—¿Y si somos alguno de nosotros tres? —planteó Cephirus.

El silencio cayó sobre los tres hombres como un telón final. El eco se había disipado, pero la amenaza apenas acababa de tomar forma, agazapada entre las sombras dispuesta a volver a atacar.

—Seraffyn es capaz de comunicarse con seres vivos como hongos, esporas, bacterias incluso con plantas y animales pequeños.

He tenido tiempo suficiente para estudiar su emanación y no hay registro alguno de que la manipulación de proyecciones astrales esté relacionada con la bio-comunicación.

Y tú, Cephirus, eres capaz de usar la sinestesia empática, la capacidad de percibir emociones ajenas y verlas como colores, sonidos o incluso texturas.

Ninguno de vosotros hizo esto, además, ambos estabais con Albion cuando sucedió.

—¿Y qué hay de vos, senescal? —le desafió Cephirus, sabiendo que se arriesgaba demasiado a ello.

—Yo solo leo ecos de lo que otros dejan a su paso...

—masculló él, echando un último vistazo al escondite secreto debajo de la cama de Albion, donde había escondido el ingrediente más importante para formular la sustancia conocida como Alkahest —.

Será mejor que clausuremos el dormitorio por el momento y que sir Soligant pase un par de noches más vigilado por sir Highclere.

—Me parece bien, aunque dudo que a él también se lo parezca —repuso Cephirus antes de salir de la alcoba, seguido de Seraffyn y, por último, del senescal.

Los tres cerraron el portón e Ivoriel se sacó una llave del interior de su levita para cerrar el cerrojo hasta nueva orden.

Tan solo él tenía la potestad de hacer algo así y privar a un caballero de su refugio, pero tras la lectura de ecos que había llevado a cabo, había demasiadas incógnitas que resolver y sir Edelweiss esperaba poder averiguar algo más sin que sus compañeros estuviesen husmeando tan cerca.

Tal vez, hasta confirmar la identidad de quien se encontraba tras la proyección, si andaba en lo cierto.