TRECE
Donde se lleva a cabo la investigación del ataque al caballero Albion y se formula una acusación formal con la intención de celebrar un juicio.
I
La noticia del ataque a Albion pronto recorrió la torre como un rumor que se extendía por cada estancia, planta y habitante de Alabashtra en mitad de la noche.
El incidente había despertado a las novicias, las cuales acudieron a ver lo que sucedía casi al momento.
Tanto a Roswitt Lucis como a Neeve Lucis les tranquilizó comprobar que Cephirus y Seraffyn estaban bien y no habían sufrido ningún daño.
Tras la llegada de las demás novicias, por fin hicieron acto de presencia el Gran Maestre Endymion y el senescal Ivoriel.
A Albion no le costó mucho descifrar que el motivo de no haber aparecido antes era porque, seguramente, estaban pasando la noche juntos, lo que evidenciaba las confesiones que su maestro le había hecho a Albion estando en Arkanhold.
No había duda de que Ivoriel y él estaban juntos, tal vez por eso, Braithwhite era capaz de empatizar con los sentimientos de sir Soligant por el caballero Darclan.
—¡Atrás! ¡Dejad paso! —exclamó Endymion mientras atravesaba la barrera de novicias que se apostaban frente al dormitorio de Albion.
En el interior, Albion descansaba sentado en una silla, mientras sus compañeros custodiaban la entrada y ponían orden con ayuda de Roswitt y Neeve ante el revuelo formado en mitad de la noche.
—¿Qué demonios ha ocurrido? —preguntó Ivoriel muy preocupado—, ¿os encontráis todos bien?
—Albion se ha llevado la peor parte —comentó Seraffyn.
Endymion e Ivoriel entraron en su habitación y observaron la escena, todo parecía un poco desordenado, pero no había rastro de heridas o daños personales que lamentar.
—Lo mismo que mató a Cloud ha venido a por mí —declaró Albion con un hilo de voz.
Sus palabras recorrieron la estancia y provocaron el caos en el décimo piso de la torre de la Fuerza Lux, lo que obligó a la novicia Roswitt a tomar el control de la situación con sus hermanas.
—¡Calma, por favor!, el Gran Maestre y el senescal se encargarán de todo... ¡No hay nada que temer! —intentó tranquilizar a todas las jóvenes novicias desde un lado optimista.
Los susurros y cuchicheos se extendieron como un torbellino de miedo y el pánico se instauró en todas ellas.
—¡Será mejor que volváis a vuestros dormitorios ahora mismo! —les espetó Ivoriel a las novicias.
Las chicas empezaron a descender hasta el piso de abajo, donde tenían sus habitaciones y, poco a poco, la entrada a los aposentos de sir Soligant se fue despejando.
—¿Corremos peligro, sir Edelweiss? —le preguntó Roswitt.
—Es pronto para saberlo. De momento, la novicia Neeve y tú bajad y poned orden... No queremos que el miedo se instaure en la torre... más de lo que ya lo ha hecho —les pidió él.
Roswitt le hizo un gesto disimulado a Cephirus y este simplemente se limitó a asentir con la cabeza.
Era como si, en silencio, ambos pudiesen tranquilizarse el uno al otro y decirse que todo estaba bien y no se preocupasen.
Del mismo modo, la novicia Neeve no apartó la vista de Seraffyn, quien le guiñó un ojo.
Cuando todas las novicias, incluidas Roswitt y Neeve, se hubieron marchado, los cinco caballeros de Lux se reunieron en la alcoba de Albion.
—¿Pudiste verle la cara? —quiso saber el Gran Maestre.
—Lo intenté, lo tuve muy cerca de mí, lo sentí arañar mi propia alma, pero la proyección astral estaba demasiado distorsionada —les dijo él.
—Si estaba distorsionada era porque alguien la estaba manipulando en contra de su voluntad —intervino Ivoriel—, sospecho que alguien estaba controlando la proyección astral de otra persona y, seguramente, su dueño ni siquiera sabe que estaba aquí, en tu celda.
Alguien quería hacerte llegar un mensaje, Albion.
—Eso significa que lo que hablamos en el Concilio ha llegado a oídos de nuestras líderes —declaró Albion.
—Ya no estamos en el Concilio, querido —le recordó Ivoriel.
—Sir Edelweiss tiene razón, no puedes volver a decir esto delante de nadie, ni siquiera delante de nosotros.
Cualquier sospecha que tengas, guárdatela para ti hasta que llevemos a cabo la investigación pertinente —le aconsejó Endymion, poniéndole un brazo en el hombro—.
Por el momento, será mejor que duermas con alguno de tus compañeros lo que queda de noche, si es que puedes conciliar el sueño.
—No creo que pueda... —reconoció Albion.
—Dudo mucho que vuelva a aparecer de nuevo —comentó Cephirus—, puedes venir a mi habitación si quieres.
—Gracias... —susurró Albion.
—¿Y cuándo vamos a empezar la investigación? Sugiero que sea con la mayor brevedad posible —insistió sir Seraffyn.
—Yo me encargaré mañana por la mañana. Os necesitaré conmigo a los dos —les dijo Ivoriel—. Tú descansa, Albion. Creo que están siendo días demasiado complicados para ti, especialmente tras lo ocurrido.
—Mañana cuando despiertes, ven a verme a mis aposentos —le pidió su maestro—. Mientras tanto, Ivoriel, Seraffyn y Cephirus se encargarán de descubrir algo relacionado con la proyección que te ha atacado.
Endymion e Ivoriel cruzaron sus miradas y parecieron estar de acuerdo con lo planteado. Cephirus instó a Albion a coger algo de ropa y algún que otro enser y se lo llevó con él a la habitación contigua.
—Tranquilo, yo vigilaré para que puedas descansar —le dijo él con un tono paternal, como si en lugar de ser su fiel compañero, hubiese adoptado la figura de padre.
—Sé que no va a volver —le confesó Albion una vez entraron en su alcoba—. Pero temo que puedan ir a por Darclan o a por alguno de vosotros...
—Tú fuiste quien inició todo esto, Albion, eres quien está poniendo en jaque la continuidad de la torre. Admito que me aterra la idea de que la Orden no exista, pero después de todo lo que está ocurriendo, creo que no sería tan malo... —le respondió Cephirus.
Del mismo modo que ellos se habían retirado, Endymion, Ivoriel y Seraffyn subieron a sus habitaciones de nuevo.
Solo que, esta vez, el senescal se metió en su habitación, igual que sir Lushienn, y el Gran Maestre subió hasta el piso doce solo, con el único pensamiento de que aquella entidad astral había interrumpido la noche que había decidido pasar con su amante.
A la mañana siguiente, el senescal de la Fuerza Lux volvió a la estancia de Albion apenas despuntaba el alba, envuelto en una capa que aún cargaba el frío de los pasillos superiores.
Su presencia, solemne y precisa, llenó el dormitorio como una campana silenciosa.
Detrás de él, Cephirus y Seraffyn aguardaban sin hablar, todavía con la sombra del sobresalto de la noche anterior en los ojos.
Por petición del Gran Maestre, Albion había sido trasladado temprano a la enfermería, así que Cephirus apenas había podido despedirse de él, aunque estaba tranquilo porque se encontraba en manos de la novicia Roswitt, quien se aseguraría de que no había sufrido ningún daño durante el ataque.
La proyección astral había dejado una habitación marcada por el temblor de algo que no debería existir en el plano de los vivos. Una entidad capaz de asesinar sin remordimientos, sin consciencia.
El senescal Edelweiss alzó una mano enguantada y la posó sobre el dintel de la puerta bajo la atenta mirada de los caballeros que iban con él. Cerró los ojos y el aire entero pareció contener el aliento.
No acostumbraba a usar su emanación, de hecho, rara vez lo hacía delante de sus compañeros, pero un ataque a uno de los suyos, en la propia torre, era algo que no podían pasar por alto, así que a Ivoriel no le quedó más remedio que emplear su don: la ecolectura.
La lectura de ecos le permitía captar pensamientos residuales en lugares donde habían ocurrido eventos intensos.
No mera clarividencia, como en el caso de sir Blanchester, sino la capacidad de leer las marcas que los pensamientos o emociones dejaban impregnadas en la materia invisible, en el ambiente.
Todo suceso violento, toda emoción extrema o todo acto cargado de voluntad dejaba un residuo, una vibración que él podía captar como quien recoge un eco en una caverna profunda.
Cuando el senescal inspiró, las motas de polvo vibraron en el aire.
—No habléis —les susurró a los dos, sin necesidad de mirar tras él.
Entró con cautela en la habitación de Albion, despacio, como si cada paso atravesara capas invisibles de la realidad.
Pasó una mano sobre el suelo donde Albion había caído, después sobre la cama, aún deshecha y, finalmente sobre el muro donde la proyección astral se había disuelto.
Sus dedos apenas temblaron, dominaba con maestría su don, aunque no lo usara en público.
El eco de lo ocurrido la noche anterior llegó hasta él sin previo aviso.
Primero, parecido a un murmullo distante: un zumbido leve, una presión fría detrás del cráneo.
Luego, en ráfagas abruptas: el olor metálico de la espada que había intentado alcanzar con sus dedos Albion; una sensación de vacío absoluto; un destello de odio refinado.
Y, finalmente, la imagen fragmentada de un rostro…
unos ojos que no eran ojos, una voluntad que no era humana del todo.
No una presencia encarnada por accidente, sino un ataque deliberado.
Una orden llevada a cabo por alguien. Fue como algo demasiado fugaz para tomarlo en serio, pero Ivoriel creyó reconocer aquel rostro, el dueño de la proyección.
No obstante, también pudo percibir que aquella entidad tenía un propósito y, tal y como había afirmado el propio Albion, no era matarlo, sino asustarlo.
El senescal abrió los ojos al fin, exhalando aire como si hubiera visto demasiado y, en parte, así era.
Aunque no podía estar totalmente seguro de si aquel rostro fugaz era real.
A veces, los ecos se desdibujaban y podían resultar muy confusos.
—Habla, sir Edelweiss —dijo Cephirus impaciente, pero sin atreverse a acercarse a él por si interrumpía el uso de su emanación.