Los Caballeros de Galanthus DOCE #3
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DOCE #3

—Pido perdón por mi retraso —se vio obligado a decir Darclan delante de todos—, pero mis actuales circunstancias me han impedido bajar a la cámara antes —se justificó él.

Cualquiera de los caballeros que osase llegar tarde al Concilio, debía pedir disculpas con el cáliz de plata entre sus manos —un objeto que se asemejaba mucho al Sagrado Grial— y esperar a que sus hermanos le perdonasen.

—Podéis sentaros, sir Registhorn —le dijo Endymion Braithwhite—, te disculpamos —añadió con solemnidad.

Solo de ese modo podía dar comienzo el Concilio del Día y la Noche de una vez.

—Todos te perdonan por tu tardanza —añadió Erebus Moonstone, aunque él era el culpable de la misma, en realidad.

Dejándose llevar por el momento, Albion fue el siguiente en hablar, sin que nadie le hubiese cedido la palabra todavía.

—¡¿Es que la Fuerza Tenebris ha perdido el juicio, maestro Moonstone?! —explotó Albion—. ¿Por qué habéis arrestado a Darclan?

Al ver su reacción, Ivoriel le dio un codazo y lo mandó callar.

—Cierra la boca ahora mismo, no tienes la palabra y el Concilio no ha empezado aún. Como vuelvas a hablar sin permiso te echarán a patadas y no podrás exponer tus asuntos, ¿lo has entendido? —le riñó Ivoriel.

Una mirada totalmente acusadora proveniente del Gran Maestre Erebus se posó sobre él, como agujas dispuestas a sacarle las entrañas. El Concilio era una ceremonia solemne y ninguno de ellos podía tomársela a la ligera.

—Disculpad a sir Soligant, ya lo conocéis... es un joven demasiado entusiasta —intervino Endymion en su nombre. Parecía que aquello se estaba convirtiendo en una constante y que el Gran Maestre de Lux velaba por los intereses del joven Albion con un interés inaudito.

—Ya empieza a ser demasiado cargante —gruñó Erebus entre dientes.

—Ahora que ya estamos todos —comenzó a decir Braithwhite— y contamos con la presencia de sir Darclan Registhorn, podemos dar por iniciada esta solemne reunión.

Perdonamos su tardanza y nos hacemos cargo de su actual y delicada situación, pero que esta no sea motivo de que el Concilio del Día y la Noche no se pueda llevar a cabo en el día de hoy.

Todos profirieron un golpe seco en la mesa, menos Albion, que no sabía lo que estaba haciendo; lo único que quería era asestar una estocada con su espada a los grilletes de Darclan y liberarlo.

¿Por qué le estaban haciendo eso? ¿Por haber ayudado a la dama Celestia y a Zelmira?

¿O tal vez Erebus había descubierto que los dos habían mantenido una aventura amorosa durante la cruzada?

Albion sintió un nudo en el estómago y no pudo quitarle la vista de encima a Darclan.

Inevitablemente, recordó el primer momento en que se conocieron y en cómo él le apartaba la mirada para evitar encontrarse con sus ojos.

En aquella cámara subterránea, el que se había convertido en su amante, volvía a actuar del mismo modo y eso lo aterró mucho más que el hecho de enfrentarse libremente a los problemas que asolaban a la Orden.

El Concilio había comenzado.

Uno a uno, los caballeros iban a levantarse para exponer sus preocupaciones.

En otros tiempos, muchos de ellos habían aprovechado concilios como aquel para hablar de señales en los cielos, de susurros en los pasillos de la torre, de rituales interrumpidos, de desapariciones inexplicables y símbolos que habían vuelto a aparecer tras décadas de reposo.

Normalmente, se hacía mención a la creciente inquietud entre los iniciados, los rumores que se extendían entre las dos Fuerzas, los miedos que amenazaban con quebrar la frágil unidad de la Orden.

Pero, en aquella ocasión, nadie pensaba decir nada de todo aquello.

—Aquel que quiera hablar en primer lugar, puede hacerlo libremente —empezó a decir el senescal Edelweiss—, este es un lugar para la sinceridad y para exponer aquellos miedos que asolan nuestros corazones.

Lo que se diga aquí, quedará sellado entre estos muros de piedra, aquí abajo en las profundidades de la tierra.

Cada palabra que Ivoriel decía caía igual que el peso de una piedra en el centro de un estanque, generando ondas que alcanzaban todos los rincones de la sala y a los asistentes a la sagrada reunión.

Los rostros de los caballeros permanecieron inmóviles, pero las manos tensadas sobre la mesa revelaban el nerviosismo general, especialmente el de Albion, que estaba sentado a su lado.

Los asuntos que realmente importaban estaban a punto de exponerse sin miedo, y sir Soligant esperaba tener apoyos, al menos, de sus propios compañeros. La muerte de Cloud Blanchester lo había cambiado todo y había muchas incógnitas que resolver todavía.

La sensación que predominaba era de algo que emergía lentamente, algo que llevaba tiempo moviéndose en silencio bajo los cimientos de la Orden y que por fin comenzaba a hacerse visible: la duda de si algo de todo aquello tenía sentido.

—Me gustaría tomar la palabra en primer lugar, si el Concilio me lo permite —dijo Albion, esta vez sin dejarse llevar por sus sentimientos.

—Está bien, sir Soligant. Empezaremos contigo... —le dijo Endymion, que no pudo evitar ver a Erebus escrutándole con la mirada.